ARTÍCULO

De los peligros que acechan a los antiguos filósofos

Anagrama, Barcelona
Trad. de Edgardo Dobry
208 págs. 11,54 €
 


Ciertamente el profesor Canfora goza de merecido prestigio como historiador del mundo antiguo. Ha escrito numerosos ensayos y varios libros, y algunos están traducidos al castellano hace poco. Por ejemplo, Ideologías de los estudios clásicos, La biblioteca desaparecida, y Julio César: un dictador democrático. Es un reconocido profesional de la historiografía antigua con ideas propias, ideología marxista, una extensa bibliografía y un ágil estilo narrativo. Sus obras han conseguido una notoria y amplia difusión, favorecida por estas cualidades.

Éste, recién traducido y editado en Anagrama, reúne media docena de ensayos sobre unos cuantos filósofos antiguos y sus conflictos con el poder y la política de su entorno. El título español del libro (Una profesión peligrosa) recoge el de su último ensayo, referido al feroz linchamiento, a manos de una turba de cristianos fanáticos, de la filósofa platónica Hipatia en Alejandría, en 415 d.C. Pero resulta, en mi opinión, muy exagerado referirlo a todo el libro 1 , y mucho más desajustado parece el subtítulo de «La vida cotidiana de los filósofos griegos», añadido en esta edición. Porque los peligros de la filosofía como profesión se manifestaron sólo en muy contados casos: en estos que aquí se examinan, y algún otro en época romana que, en efecto, podría añadírseles. La condena de Sócrates, el destierro de Jenofonte, la venta de Platón como esclavo, los apuros de Aristóteles, las desdichas de Lucrecio y, en fin, la muerte de la docta Hipatia, parecen evidenciar los conflictos de los filósofos con las presiones políticas de su tiempo. Pero, miradas más de cerca, las divergencias de esos conflictos saltan pronto a la vista: Sócrates fue condenado por un tribunal popular en la democracia ateniense; Platón fue esclavizado y vendido por un tirano de Sicilia (pero no tuvo ningún problema en su Atenas patria); es dudoso que Jenofonte fuera considerado un filósofo serio o de profesión (aunque a él le gustaba verse como tal); los disgustos de Aristóteles fueron debidos no a su modo de pensar, sino a su condición de meteco filomacedonio; y las desdichas de Lucrecio son meras suposiciones. En fin, si a Hipatia la asesinaron bestialmente unos monjes enfurecidos en Alejandría, hay que reconocer que los buenos tiempos de la Filosofía antigua habían quedado muy atrás y la atmósfera cristiana de la época no propiciaba la libertad intelectual. Es decir, para entonces, en efecto, el de filósofo era un oficio peligroso, además de un tanto anacrónico. El título queda bien, pues, referido sólo a este último ejemplo.

Los seis casos estudiados tienen en común el hecho de reclamar la atención a los apuros de algunos famosos pensadores y los poderes de su tiempo. Es un mérito de Canfora subrayar que los filósofos habitan en un determinado contexto social, y no en un mundo abstracto de puras ideas, como a veces insinúan los manuales de filosofía. Como ciudadanos pueden atraer la inquina de sus vecinos o verse sometidos a la censura de los poderosos. Dicho esto, creo que exagera un tanto en su suspicacia, y que Voltaire tenía razón cuando elogiaba la tolerancia intelectual de la antigua Atenas. Como el libro de Canfora está destinado a un público muy amplio, suele simplificar bastante, con algún texto citado de por medio, cuando a él le interesa agudizar su punto de vista. Esto sucede, por ejemplo, al tratar de la famosa muerte de Sócrates, un caso trágico, como dijo Hegel, visto de modo demasiado simplista. O con la supuesta implicación de Aristóteles en la repentina muerte de Alejandro en Babilonia. (Si ya es muy dudoso el envenenamiento de Alejandro por Antípatro, la supuesta implicación de Aristóteles en esa maliciosa conjura carece de todo crédito, aunque algún texto antiguo la apunte.) En torno a esa muerte hubo desde muy pronto demasiados chismorreos interesados, y eso sí es un dato irrefutable.

El estilo de Canfora tiende a sacar excesiva punta a ciertos textos citados un tanto al sesgo. Este hábito que puede facilitar la lectura lleva a sugerir interpretaciones excesivas o simplistas. Daré unos pocos ejemplos de un método poco atento a la precisión filológica.

En las páginas 11-12, escribe: «esta memorable noche y madrugada de la primavera de 416, serena y licenciosa, que Platón recoge minuciosamente en El banquete no debe llevar a engaño. Aquel era el estilo de los "grandes" de la ciudad y su séquito de intelectuales; del que, como es obvio, Sócrates formaba parte». En todo lo que sigue, trata esa reunión «de tanta gente guapa» como un hecho real que Platón retratara como testigo y casi como taquígrafo. Pero, como es bien sabido, Platón en 416 tenía sólo catorce o quince años y probablemente no conocía todavía a Sócrates. Cuando escribió su famoso diálogo, hacia 380 a.C., es decir, treinta y cinco años después, Platón se inventó la reunión y sus comensales de acuerdo con sus propias ideas sobre ellos, y sobre Alcibíades, por supuesto. (La presenta, para marcar distancias, como el relato referido antaño por Aristodemo a Apolodoro, quien a su vez nos lo refiere.) En la página 26: Platón lo dice claramente en la Carta séptima: «lo hicieron comparecer [a Sócrates] por ateísmo»... «En cualquier caso, "ateísmo" era una palabra enorme».

01/08/2002

 
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