ARTÍCULO

«Ispanistas y hanglófilos»

 

Percy Hopewell pertenece al prestigioso club de estudiosos y viajeros británicos enamorados de España. Intrépidos exploradores que nos abruman, acogotan y avergüenzan con sus desmesurados conocimientos sobre nuestro país. Caballeros que, desmintiendo el famoso tópico sobre la flema inglesa, se entregan con pasión a su deporte favorito: recopilar informaciones que los nativos consideramos irrisorias (es bien sabido que los nativos demostramos un notorio desafecto por nuestras cosas, salvo en algunas zonas periféricas, donde en los últimos años se ha desarrollado una repentina y voraz devoción por la patria). Estos catedráticos oxonienses han captado a la perfección las esencias patrias. Y no vale restarles méritos haciéndose eco del malicioso rumor: a saber, que no serían ni intrépidos ni aventureros ni amantes de Iberia, sino cobardes que han puesto pies en polvorosa, huyendo de la temperamental climatología y otros rigores que aquejan a su herética isla. Desde luego, no es este el caso de Percy Hopewell, quien demuestra ser tan buen conocedor de su país de adopción como amante del de su origen.
El libro que nos ocupa recoge algunos de los reportajes que el autor escribió por encargo de El Semanal en los años noventa del pasado siglo. Los textos describen paseos por lugares diversos de nuestra geografía y conforman una suerte de guía turística sanamente escorada, humorística y abordada con criterios poco habituales. En suma, un desenfadado divertimento, escrito astutamente con el ojo –y el bolígrafo– clavado en la audiencia, que no es otra que la del suplemento dominical (se agradece que el académico haya aceptado ponerse al servicio de un género menor y divulgativo, pudiendo dedicarse a escribir libros más sesudos, tipo tocho, como los de sus colegas).
A lo largo de veinte capítulos, Hopewell despliega un alegre plumaje de anécdotas extravagantes, personajes chiflados, colorido costumbrismo e informaciones graciosamente inútiles. De todo hay, incluidas algunas pistas para shopping, gastronomía y alojamiento. El conjunto desprende una leve y afable ironía indefectiblemente británica, pero la mímesis del autor con el alma ibérica es casi perfecta, y sus escritos tienen también reminiscencias de aquel humor noble, añejo y elegante de La Codorniz. Esto es muy loable y denota un instinto certero pues Hopewell, además de foráneo, sería demasiado joven para conocer La Codorniz (yo sé de ella porque mi padre la tenía siempre de guardia en un taburete frente a la taza del inodoro: aparentemente, su atril de lectura preferido).
De vez en cuando, el autor se siente obligado a recordarnos que es británico y entonces menciona la neblina londinense, la atroz comida inglesa o ciertas afamadas prácticas sexuales de sus compatriotas. El recordatorio es útil, porque su capacidad de integración es tal que el lector podría confundirse y la idea convoca de inmediato un tirabuzón sugerente. El autor podría estar vendiéndonos dos a precio de uno: la idea que un inglés tiene de España y la idea que un español tiene de la que un inglés tiene de España. Juguetona propuesta de espejos múltiples, mediante la que Hopewell engañaría al lector, pero en ningún caso le ofendería, pues le estaría haciendo cómplice de su propio ingenio. Claro que también existiría la posibilidad de que el lector fuera un cándido rematado y ni siquiera se enterara. En ese caso, nadie saldría perjudicado –ojos que no ven...– y todos tan contentos.
Y si el corpus del libro de Percy Hopewell es altamente recomendable, no puede decirse lo mismo de su prólogo, escrito por Tomás García Yebra. No sólo su conocimiento del autor es muy superficial, sino que tampoco se ha leído el libro que prologa con tanto descaro. Para empezar, la descripción que hace del autor está cargada de tópicos: que si la excentricidad, el tweed, en suma, bobadas. Después, mucho más grave, asegura que el autor se presentó una mañana en la redacción «chapurreando» el español. Y ahí se delata, porque estas crónicas no han sido traducidas del inglés, sino escritas directamente en castellano, un castellano impoluto que a ratos parece beber en fuentes tan prestigiosas como puedan ser Josep Pla o Benito Pérez Galdós (salvando las distancias entre los dos: el primero como afilado reportero, el segundo como costumbrista y castizo). Y nadie que sólo «chapurree» nuestra lengua osaría escribir de modo tan veraz y preciso, tan de punto y seguido, tan directo. Hopewell se expresa en forma telegráfica, económica y eficaz, luego periodística en el sentido más admirable de la palabra. Pero también sabe embellecer y dignificar los relatos, vistiéndolos aquí y allá con imágenes que son hermosas, originales y humorísticas, en función de lo que requiera el momento. En suma, demuestra un dominio perfecto del español y negarle esta virtud es una puñalada trapera por parte de su introductor.
El libro, pues, se lee con facilidad y placer. Y a su autor sólo cabría hacerle un reproche. Debería haber aclarado qué clase de relación le une con Annie Chapman. Pues, por mucho que la señorita sea la quinta víctima de Jack el Destripador –y por ello goza de todas nuestras simpatías, faltaría más–, es sumamente incorrecto que ande por ahí dando tumbos con ella y, al mismo tiempo, dedique el libro a su sufrida mujer, una tal María de la que ni siquiera se digna dar el apellido. Bad, very bad.

01/09/2010

 
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