ARTÍCULO

Una ocasión perdida

Anagrama, Barcelona, 1997
 

Con un discurso narrativo semejante al de los diarios y al de las memorias, aunque sin registro de fechas, la última novela de Soledad Puértolas deja la palabra a la voz interior del personaje para que su pensamiento, a través de la memoria y la reflexión, resuma en forma de confidencia el trayecto de su vida desde la infancia hasta la intuición cercana de la muerte. No es nueva esta estructura de desvelamiento íntimo del yo narrador en la reciente narrativa española; antes al contrario, parece responder a una tendencia literaria cada vez más frecuente entre nuestros novelistas que, recordando por un lado al monólogo interior, si bien despojado de su habitual organización caótica, y por otro a la subjetividad de la lírica, que escarba en los fondos de la conciencia, permiten a la primera persona del relato reconstruir los restos de una memoria tamizada y expresar sin pudor los jirones sentimentales de una experiencia maltrecha.

Su estructura es, en el fondo, una variante del esquema circular, tan antiguo como Lazarillo de Tormes, que sitúa al personaje narrador en el punto que completa el círculo recorrido desde un qué y un cuándo del recuerdo hasta otro qué y otro cuándo del presente, para contar, en la novela clásica, sus adversidades en un mundo social hostil, y en las actuales, sus desventuras y conflictos interiores, emocionales y sentimentales, en contraste o reflejo con los demás.

Como Lázaro, la protagonista de Una vida inesperada confiesa su condición de narradora, sus deseos de hablar, de contarle su vida a alguien y hablar de las personas que conoce o ha conocido. La diferencia estriba en que, en este caso, no hay destinatario ni confidente ajenos a ella, sino que cuando habla de los demás está dirigiéndose y explicándose a sí misma, como si su voz se mirara en un espejo que le devuelve su propio eco. El pensamiento ordena la voz y el eco con una afluencia constante de recuerdos personales, pero también con un flujo discontinuo de referencias y saltos temporales que se repiten sin cesar, y distribuye en el espejo las imágenes superpuestas de los rostros y los fantasmas que van configurando su propio reconocimiento.

De esta forma, la protagonista recupera con tenacidad e insistencia su aprendizaje sentimental y su paseo cotidiano por la vida, en compañía de muy variados personajes, para trazar unas señas de identidad que pueden coincidir con las de muchos lectores, y sobre todo, con el sentimiento compartido de muchas lectoras. Porque Soledad Puértolas ha construido un personaje muy atractivo para el autoconsuelo –más aún cuando, después de las dificultades, al final de la novela aparecen el sosiego y la tranquilidad deseados y alguien con quien disfrutarlos–, una mujer en busca de una felicidad imposible, frustrada por los demás y por ella misma. Su carácter de víctima se ha modelado sin duda en el choque con los demás, en su falta de consonancia con los hombres y mujeres que han formado parte de su experiencia vital desde la infancia a la madurez; pero mucho más en su conflicto interior, en su reconocimiento como ser extraño y raro que poco a poco se aísla de todos y de todo hasta llegar a una sensación de vacío irreversible.

Todo, sin embargo, tiene, como digo, su arreglo y su premio. La progresiva desilusión de esta mujer, que se escribe en un tiempo obsesivo y envolvente, se jalona de pequeñas y grandes circunstancias que van minando su débil entereza al lado de su madre y su abuela, de sus amigas del colegio y los hombres a los que ha amado o deseado, de sus compañeros en actividades políticas y de su hijo, auténtico refugio tras separarse de su marido. Ellos marcan los límites del espejo donde se contrastan tanto los sentimientos más íntimos como los asuntos más triviales de la protagonista, es decir, por un lado, los desasosiegos de su espíritu y, por otro, los pormenores intrascendentes y cotidianos. No obstante, la llegada de un final feliz, unas luces a la salida del túnel que aclaran la oscuridad pasada, mitiga el desaliento y compensa tanto tiempo soportado en espirales.

Aquí es donde la fuerza de la protagonista como personaje novelesco se desmorona. Soledad Puértolas había conseguido a lo largo de la novela atrapar posiblemente al lector con un relato, aunque alargado innecesariamente, dialéctico y desazonador. En sus manos estaba la historia de una mujer contra cuya aparente debilidad y escondida fortaleza se hacían trizas la frivolidad y la inmoralidad ajenas. Mientras a su lado los demás personajes eran peleles en la feria de las vanidades o pisaverdes de bisoña conciencia moral, ella daba palos de ciego buscando algo que la salvara de la desorientación. Esto, que ocurría en el pasado, era suficiente para dotarla de un carácter novelesco y verosímil. Sin embargo, la salvación propuesta en el presente –una vida asentada y ordenada, sin sobresaltos, repartida entre el trabajo de funcionaria en una biblioteca, las visitas diarias a la piscina de un polideportivo y la tranquilidad hogareña–, lejos de proseguir en la línea dialéctica apuntada, convierte al personaje en un simulacro de sí mismo y en una figura plana de la burguesía acomodada de ayer y de hoy.

Una vida inesperada es, sin duda, una novela desaprovechada a causa de una solución ideológica fácil y complaciente con las lectoras. Mucho nos tememos que su previsible respuesta comercial ha pesado más en la mente de la novelista que el riesgo necesario en todo creador para enfrentarse a su obra, un riesgo que no admitiría, creemos, un desenlace tan políticamente correcto como éste.

01/10/1997

 
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