ARTÍCULO

Maj Sjöwall y Per Walöö

 

La novela policíaca europea no anglosajona tiene en realidad su comienzo en los folletones de Eugenio Sue, especialmente en Los misterios de París, en los que el joven Rodolfo corre toda clase de aventuras para socorrer a los ofendidos y humillados por los poderosos, los malvados y los truhanes de toda laya, mientras busca a los raptores de su hija desaparecida. No se trata de una novela policíaca, pero sí es una novela de aventuras que ya no transcurre en los escenarios habituales (islas, mares, bosques o montañas), sino que es una apoteosis del melodrama en el territorio de los bajos (y también altos) fondos de la gran ciudad. Quien utilizará la aventura urbana para crear una específica dinámica sospechoso-detective será su compatriota Victor Hugo en Los miserables. La inolvidable figura del atribulado Jean Valjean de terrible pasado perseguido por el obsesivo policía Javert nos remite a un duelo que será clásico. En su novela, sin embargo, Hugo atiende mucho más al retrato de un tiempo y una sociedad dentro de una historia llena de acontecimientos y aventuras de toda clase, también bastante melodramática. Balzac se aventura, asimismo, a crear un detective, el Vautrin de Le père Goriot, inspirado en la figura real del célebre detective parisiense llamado Vidocq. E incluso Dumas padre se aventura a crear a un jefe de la Sûreté, bajo el nombre de monsieur Jackal en Les mohicans de Paris. Bajo ese aire de mundo criminal y aventuras sin cuento es donde empieza a germinar lo que será más adelante la novela policíaca continental, que denomino así para diferenciarla de la inglesa y norteamericana.
Poco antes de que Conan Doyle se embarcara en su admirable serie de crimen y misterio, apareció en París un inspector de la Sûreté llamado Lecoq, experto en disfrazarse de mil modos, hombre de acción y detective deductivo, como el propio Sherlock Holmes. ¿De dónde surge este pre-Sherlock? No es una copia del personaje de Conan Doyle, pues éste aparece por vez primera en 1887 y Lecoq debuta en 1866. En sus novelas, Émile Gaboriau crea por vez primera con Monsieur Lecoq a un detective de serie, esto es, protagonista de un conjunto de novelas (L’affaire Lerouge, Le dossier no. 113, Monsieur Lecoq). Ya no se trata de un investigador ocasional, sino de seguir las aventuras e investigaciones de un policía en varios episodios. El antecedente de Lecoq es el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, juntamente con el Vautrin de Balzac; ambos, Vautrin y Lecoq, se inspiran en el policía real que fue Vidocq, mencionado antes. Pero lo verdaderamente relevante es que en esta etapa del roman policier la aventura va unida a la investigación y los personajes detectivescos corren peligros diversos, se enfrentan valientemente a los desalmados y, además, muestran su fino olfato y su inteligencia deductiva. La lucha contra el crimen lo es en su pleno sentido, pues los detectives se juegan la vida corriendo toda clase de peligros.
Tras la estela de Holmes, fundador y fijador del género, que también tiene que verse las caras con desalmados dispuestos a acabar con él, se moverán los detectives británicos y norteamericanos de los años veinte, pero ellos irán siendo cada vez más deductivos y menos aventureros. ¿Alguien imagina a Poirot, a lord Peter Wimsey o a Philo Vance batiéndose en persona con criminales de toda ralea? En cambio, en Francia, la aventura y la investigación seguirán yendo parejas. Gaston Leroux, el primer gran autor policíaco francés, publica en 1907 un libro fundacional, El misterio del cuarto amarillo, donde se propone por primera vez uno de los enigmas clásicos del policial: el misterio de la habitación cerrada. Su continuación vino en El perfume de la dama negra y en ambos se presenta Rouletabille, un joven reportero descarado, jovial, dotado de toda clase de extraordinarias cualidades detectivescas y protagonista de toda una serie. Leroux incidió también con fortuna en el género de misterio con una obra imperecedera, creadora de un mito, El fantasma de la Ópera. Junto a todos ellos surge también otra figura unida a la aventura y el misterio: el villano criminal, pero atractivo, halló fortuna en las manos de Marcel Allain y Pierre Souvestre, también a principios del siglo XX, con las correrías de Fantomas. Este tipo de personaje, el del delincuente-protagonista que conquista las simpatías del público, tiene representantes tan ilustres como el Rocambole de Ponson du Terrail, cuya clase de aventuras ha llegado a crear un adjetivo (rocambolesco) y, sobre todos, el número uno, el creador del mito del ladrón de guante blanco: el Arsenio Lupin de Maurice Leblanc.
Toda esta larga retahíla de nombres y obras va a acabar desembocando en un escritor extraordinario que recibe y modifica específicamente esta tradición apoyándola en el género negro norteamericano de primera generación para crear una obra tan extensa como europea: Georges Simenon. Con él nace, en los años treinta, un detective singular, bien distinto a todos los conocidos anteriormente, un hombre apacible, gris, meticuloso, monógamo, cachazudo y tenaz, que caza a sus sospechosos a base de paciencia y una afinada astucia de hombre de pueblo: el comisario Maigret, que va a convertirse en el prototipo del policía continental que ni se sumerge en la violencia de corte norteamericano ni en el juego de enigmas del policíaco británico de entreguerras. Junto a Simenon, un escritor tan prolífico como excepcional, hay otros dos nombres de verdadera importancia: Stanislas-André Steeman, autor de la mejor novela que se ha escrito sobre los crímenes que suceden entre la niebla londinense: El asesino vive en el 21. Su estilo, con ser más cercano a la novela británica, sigue siendo continental. A él se une Léo Malet, creador del detective Nestor Burma. Estos dos últimos autores mantienen la presencia de la aventura en la mayoría de sus relatos y Malet será, en fin de cuentas, el verdadero precursor de la novela negra francesa que quince años después, en 1945, Marcel Duhamel alternará en la famosa colección Série noire con toda la gran novela hard-boiled estadounidense, es decir, las novelas de detectives cargadas de sexo y violencia que vienen escribiéndose desde los años de la Gran Depresión. Bajo esa denominación genérica se incluyen el thriller o relato de suspense, el thriller psicológico e incluso las novelas de consumo barato denominadas pulp fiction.
Simenon conoció perfectamente la novela negra norteamericana y escribió en ese estilo obras tan notables como Los hermanos Rico, y enseguida percibió que tras el hard-boiled o novela negra había una crítica implacable de los desajustes sociales, el ejercicio del poder y la cínica impavidez del dinero, pero no entró en ella como lo hicieran el comisario San Antonio y otros demasiado apegados al estilo estadounidense, sino que creó y abrió la puerta a una línea original y autóctona. Y de su comisario Maigret, el fundador de esa línea, desciende con toda legitimidad una suerte de hijo natural: el comisario Martin Beck creado en 1965 por la pareja sueca Maj Sjöwall y Per Walöö, una contrafigura de los Marlowe y compañía, una línea a seguir que ha venido evolucionando hasta nuestros días, bien distinta de la línea marcada por Malet –que llega hasta Fred Vargas– o de la crueldad y el sadismo que impregnan el género negro actual.
Concebido y desarrollado a lo largo de diez novelas, Martin Beck está siendo lanzado de nuevo en España y ya va por la sexta novela, Asesinato en el Savoy, que es la que voy a utilizar para presentarlo. Martin Beck es un funcionario de policía, en concreto, comisario de la Brigada Nacional de Homicidios de Estocolmo. Está casado desde hace dieciocho años y en esta novela acaba de separarse de su mujer, Inge, aprovechando que su hija, Ingrid, se va de casa a vivir con su novio. El otro hijo, Rolf, de catorce años, decide permanecer con su madre. Beck lleva veinticuatro años en la policía, su matrimonio ha sido infeliz, es un fumador empedernido que, cuando no se encuentra resfriado, padece del estómago y es un hombre más bien gris y triste al que su oficio de policía ha impedido llevar una relación familiar suficientemente afectiva y atendida. Es, por tanto, con años de antelación, el prototipo del policía cansado y descreído en un mundo en el que los valores morales y el civismo están de capa caída. Tiene una buena relación de compañerismo con sus colegas, en especial con Lennart Kollberg, su mejor amigo dentro y fuera del cuerpo. Sin embargo, le fastidia la escasa formación de los nuevos policías y hay una pareja de zoquetes, Kristiansson y Kvant, que representan el aspecto más rudo de la torpeza del policía de a pie. El grupo de policías que intervienen es un catálogo excelente de actitudes, virtudes y defectos, desde un idiota como Paulsson o un duro e insensible Gunvald Larsson, pasando por el joven y animoso Skacke, aún no quemado por el oficio, hasta el inspector jefe Per Månsson, criado en un barrio obrero, que se ha ganado su estatus profesional empezando desde abajo.
El estilo de Sjöwall y Walöö es impecablemente eficiente. Párrafos cortos, fraseo rápido, diálogos abundantes que llevan el peso de la acción (pues la acción es siempre más verbal que física), ausencia de imágenes literarias a cambio de una gran precisión en la descripción de tono realista. Un ejemplo nos puede dar idea: «Las casas son bajas y pintorescas –pintadas o enlucidas en alegres colores–; los jardines frondosos se llenan con el aroma de las bayas, las flores y el verdor exuberante; y las calles, estrechas y tortuosas, conservan en general su empedrado. El tráfico de coches que entran y salen de los ferries, ruidoso y pestilente, pasa por las afueras de la ciudad, así que en su casco viejo, entre el puerto y la carretera, reina todavía una relativa tranquilidad». Las opiniones o reflexiones de los policías tienden tanto a dibujar o reforzar a cada personaje como a dejar ver con discreción y justeza el telón de fondo en que se desarrollan las historias, que es la Suecia de mediados de los años sesenta hasta principios de los setenta. En esa sociedad, que tanta influencia tuvo en el modelo europeo de bienestar, apuntan una serie de problemas que, poco a poco, han ido cobrando presencia visible, cada vez más duramente, hasta llegar a inundar nuestra propia actualidad con su visibilidad: la drogadicción, la delincuencia armada y la delincuencia económica, la ferocidad del dinero, la mentira política, etc. Es un mundo degradado que opera como escenario tras los personajes y los sucesos criminales que estas novelas nos narran, donde los asesinos son también víctimas de una sociedad insolidaria e injusta. De hecho, son Sjöwall y Walöö quienes abren la puerta a esa novela negra que acaba imponiéndose en toda Europa y que opera como literatura de denuncia, aunque sin llegar a los descarnados ejemplos actuales. En sus libros no encontraremos ni violencia ni sexo explícitos, ni truculencia, ni esa morbosa fijación en la brutalidad, el horror gratuito y la psicopatía que tan gratos resultan a la novela negra actual y, sin embargo, nos hablan de la dureza y la injusticia que anidan en una sociedad de fachada feliz. A su vez, la paciencia y meticulosidad de Beck impregna el ritmo de todos los libros con una maraña de pistas y detalles, la mayor parte de los cuales no llevan a ninguna parte, que tranquilizan, por así decirlo, la acción (de hecho, la investigación de cada caso suele pasar más tiempo estancada que en acción) y nos permiten contemplar a un grupo de seres humanos que ejercen el oficio de policías al igual que cualquier otro ciudadano –atrapado por el trabajo, la cotidianidad y la necesidad de un sueldo– ejerce el suyo.
Por lo tanto, en cuanto al escenario, los autores se adelantan a los tiempos que estamos viviendo o, mejor dicho, los enuncian cuando estaba gestándose la forma que actualmente tienen estos conflictos. Por eso resultan hoy tan extraordinariamente actuales sus novelas. Lo que se agradece, sin embargo, es que prescindan del lado más aparatoso y truculento que tiene la mayor parte de la novela negra en la actualidad. La línea de Beck la siguen hoy personajes como Montalbano, Wallander o Brunetti, que no abdican de la denuncia social, pero que tienen los pies firmemente plantados en una ficción mucho más creíble que la del impacto gratuito y escandaloso del killer de serie o el sadismo tenebroso. Este detective europeo es un hombre escéptico, en efecto, tanto como podían serlo los Spade o Archer, pero con una diferencia: la dinámica de la acción de una Norteamérica vital y bullente, de un país que con todas sus contradicciones está convirtiéndose en un imperio, es bien distinta a la de un continente tan viejo y tocado por la Historia como es Europa.
Sjöwall y Walöö pertenecían al Partido Comunista, pero nunca cayeron en la crítica fácil ni en el didactismo político. Su mirada al lado oscuro de la sociedad sueca se posa en ella con la misma agudeza con que cualquier autor percibe la podredumbre moral del mundo contemporáneo, pero también con la discreción de quien no está dispuesto a abrumar al lector con consideraciones ajenas a la literariedad de la ficción en que se embarcan. Las motivaciones humanas de cualquier suceso criminal, sea el que sea, están siempre en primer plano e impregnan necesariamente los hechos y el entorno. Sus novelas siguen siendo una lectura estimulante y el caldo de cultivo de todo lo que ha venido detrás. La creación de la figura de Martin Beck es imprescindible para entender el camino de la novela negra europea en su vertiente más exigente y de más alta calidad.

01/01/2011

 
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