ARTÍCULO

Lector, mi semejante, mi hermano

Viking, Nueva York, 1996
372 págs.
 

Desde hace un par de décadas, a medida que el campo de estudio de los historiadores se ampliaba de manera vertiginosa, la investigación acerca del pasado de la lectura adquiría definitiva carta de naturaleza. Como afirma Robert Darnton en un estupendo artículo«Historia de la lectura», recogido en Formas de hacer historia, editado por Peter Burke, Madrid, Alianza Editorial, 1993. Para hacerse una somera idea de algunos de los diferentes tratamientos que admite el estudio histórico de la lectura, ver también Guglielmo Cavallo, Libros, editores y público en el Mundo Antiguo (Alianza Editorial, Madrid, 1995), Roger Chartier, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna (Alianza Editorial, Madrid, 1993), y la compilación de Armando Petrucci, Libros, editores y público en la Europa moderna (Edicions Alfons el Magnànim, Valencia, 1990). Para la historia de la lectura en España, además de libros ya clásicos, como los de Jean François Botrel y Maxime Chevalier, son interesantes, entre muchos otros, algunos trabajos incluidos en los tres volúmenes aparecidos hasta la fecha de El Libro Antiguo Español, editados por M.ª Luisa López Vidriero y Pedro Cátedra, y publicados (1988, 1992 y 1996) por la Universidad de Salamanca. , ahora ya sabemos que la lectura tiene una historia, y que esa historia no ha sido siempre y en todas partes la misma. La información –o el goce, o cualquier otro resultado no mensurable– que extraemos de los textos mediante complejísimos procesos en los que intervienen multitud de facultades y destrezas humanas, es inmediatamente clasificada, seleccionada, procesada e interpretada por el lector de cada época. Leer es haber leído, decía Leo Spitzer. Y, puesto que los esquemas interpretativos, los lugares y los contextos en los que tiene lugar esa especial actividad del espíritu han sido tan diferentes a lo largo del tiempo, la historia de la lectura como proceso general es poco más, hasta la fecha, que un conjunto de conjeturas basadas en estudios macro y microanalíticos. Se han investigado tendencias y hábitos de lectura en países concretos, pero las generalizaciones no resultan siempre satisfactorias a la hora de establecer comparaciones entre unas naciones y otras. Se han estudiado, también, en el extremo opuesto, centenares de bibliotecas particulares que pueden ofrecer información acerca del perfil de su titular e, incluso, acerca del valor simbólico que se confiere en cada época al objeto libro, aunque nuestra propia experiencia nos dice que los volúmenes que se poseen no son un criterio fiable en cuanto a lo que de verdad se ha leído. Gaos lo expresaba así: Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura.

Sabemos ya bastante –especialmente en períodos y países concretos– acerca del quién y el qué de la lectura. Incluso acerca del cuándo y el dónde. Pero sabemos muy poco acerca de otras grandes preguntas. ¿De qué modo se realiza esa particular relación que establecemos con los textos y mediante la que elaboramos significados? ¿Son diferentes los procesos cognitivos de los que leen en sistemas de escritura diferentes a los nuestros? ¿Ocurre básicamente lo mismo –fisiológica e intelectualmente– cuando leemos un anuncio que cuando leemos lo que juzgamos significativo? ¿En qué consiste, realmente, leer?

The History of Reading, de Alberto ManguelDe quien ya se había publicado en traducción española una Guía de lugares imaginarios (en colaboración con Gianni Guadalupi, Alianza Editorial, Madrid, 1992) y una obra de ficción, La puerta de marfil (Anaya & Muchnik, Madrid, 1993). El autor, argentino de nacimiento, es ciudadano canadiense y escribe sus obras en inglés., un libro que ha obtenido cierta repercusión crítica en el mundo anglosajón, no tiene la pretensión de contestar esas preguntas, ni siquiera, supongo, la de proporcionar un riguroso análisis histórico de la lectura. Pero todas esas cuestiones, y muchas más, quedan en él planteadas, al tiempo que se ofrecen respuestas e informaciones acerca de la evolución histórica de la lectura, a sus modos e instrumentos, a su desarrollo y sus dificultades, a las diferentes técnicas y, sobre todo, a su enorme, inacabable anecdotario. Su territorio es el del ensayo y su objetivo es el lector culto, no el especialista.

Manguel se acerca a la lectura desde su propia experiencia personal y desde su particular historia como lector. Por eso su relato tiene la fuerza y la expresividad de una crónica en la que se va desplegando, entre digresiones y anécdotas, ese proceso que comenzó haces 6.000 años, cuando alguien (probablemente la misma persona que los escribió) pudo interpretar los signos grabados en unas tablillas de barro. Y, a partir de ahí, Manguel estudia todo lo que se relaciona con la lectura: la evolución de los soportes –desde la tablilla al libro pasando por el volumen (rollo) y el codex–, la organización y la catalogación de los libros, el papel de los escribas, las primeras bibliotecas, la revolución del tipo móvil y la multiplicación de las ediciones, la aparición del libro de bolsillo, las formas que históricamente ha revestido la censura y la prohibición de leer, la lectura colectiva, el robo de libros.

La historia de la lectura, como la de la escrituraSobre la escritura se ha publicado recientemente en castellano (Editorial Destino, Barcelona, 1996) el hermoso libro generalista de Andrew Robinson Historia de la escritura. Sigue leyéndose con provecho el manual de Ignace J. Gelb Historia de la escritura (Alianza Editorial, Madrid, 1976). Un libro fundamental, y aún no traducido, es Histoire et pouvoirs de l'écrit, de Henry-Jean Martin publicado en 1988 por la Librairie Académique Perrin; la edición norteamericana, publicada por The University of Chicago Press en 1994, incluye importantes correcciones y añadidos., comienza a mediados del cuarto milenio antes de Cristo en Asia Menor. Dos mil años más tarde, y mediante un complicado proceso de abstracción en el que los signos de la escritura pictográfica se fueron estilizando para representar no sólo los objetos a los que se referían, sino también las ideas asociadas y los sonidos de las palabras con las que eran mencionados en el lenguaje, nacía la escritura cuneiforme. Y, al tiempo, el estupor mágico con que en la sociedad antigua se veneraba a la lectura. Los antiguos mesopotámicos creían que los pájaros eran animales sagrados y que las huellas que dejaban en la arena (semejantes a los signos de la escritura cuneiforme) eran la escritura de los dioses: los que supieran leerlos tendrían acceso a las intenciones divinas.

Manguel fue, a finales de su adolescencia, uno de los lectores que Borges utilizó para «leer» desde su propia oscuridad. Las consideraciones a partir de este episodio de su biografía le proporcionan, por ejemplo, el pretexto para analizar la lectura en voz alta y la lectura silente como diferentes momentos históricos de la evolución del arte de leer en Occidente. La sorpresa con que san Agustín contemplaba a san Ambrosio mientras éste leía un texto sin emitir sonidos nos anuncia expresivamente lo que va a constituir una verdadera revolución: hasta entonces la lectura tenía mucho que ver con el sonido. Sólo a partir del siglo VIII (aunque ya san Isidoro de Sevilla declaraba que la lectura silenciosa ayudaba a la reflexión), con el desarrollo y la extensión de la puntuación y la separación de las palabras, puede hablarse de la lectura individual tal como la practicamos. Y de esa misteriosa e intransferible comunión que se establece siempre entre cada lector y cada texto.

A History of Reading es una introducción suficiente a un asunto cada vez más importante. En un mundo en el que se está produciendo en el campo de la comunicación una revolución tecnológica que deja en mantillas a la que tuvo lugar con el nacimiento de la imprenta, y cuyas consecuencias sobre nuestra civilización son todavía impredeciblesUna interpretación pesimista –pero muy argumentada y, por tanto, estremecedora– del futuro de la lectura y, en general, del futuro de la cultura escrita, la ofrece Sven Birkerts en su libro The Gutenberg Elegies: the Fate o Reading in an Electronic Age (Faber & Faber, Londres, 1996). , el libro de Manguel se presenta como una panorámica muy bien documentada y sugerente de la lectura y de casi todo lo que tiene que ver con ella. Que lo haga, como han subrayado los críticos británicos, a partir de su propia condición de lector, no es malo. Como tampoco lo es que la narración progrese entreverada de anécdotas e historias menores. Al curioso lector que somos todos le fascina saber, por ejemplo, que Alejandro Dumas dio su permiso para llamar montecristo a una marca de habanos porque a los obreros de la tabaquera «El Fígaro» les encantó escuchar, mientras trabajaban, la lectura de su más célebre novela. O que el visir Abdul Kassem Ismael (siglo XI ) resolvió la angustia que le producía separarse durante sus viajes de su magnífica biblioteca, cuando consiguió que 400 camellos aprendieran a caminar en el riguroso orden alfabético que imponían los 117.000 volúmenes catalogados que transportaban sobre sus lomos. Y es que los que aman al libro saben de lo que son capaces.

01/04/1997

 
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