ARTÍCULO

Una épica sin poesía

Anagrama, Barcelona, 1997
 

Hay libros que viven de su reputación, de lo que han representado en un momento histórico particular o de lo que parecían anunciar. Lasiniciales de la tierra integra esa categoría. Como Los hijos del Arbat en la ex Unión Soviética en tiempos de Mijail Gorbachov, la novela de Jesús Díaz fue acogida en Cuba como la novela de una perestroika tropical que nunca llegó a cuajar. Se trata aquí, pues, de una reedición. Y, en este caso, los años no han pasado en balde aunque, según el poeta disidente Raúl Rivero, el libro se sigue negociando clandestinamente en la isla por una respetable cantidad de dólares, un poco por debajo de los de Lydia Cabrera, de los de Guillermo Cabrera Infante o los de Reinaldo Arenas, pero muy por encima de los de Zoe Valdés. Desde entonces (1986), año del inicio de la llamada «rectificación de errores» (que algunos llamaron la «castroika» o, en lenguaje más popular, la «troika de Pérez»), seguida, después de la caída del bloque del Este, por el «período especial en tiempos de paz», no poco ha llovido sobre la isla. El diluvio ha acabado por sumergir hasta el cuello al autor de Las iniciales dela tierra, quien acabó por elegir, como tantos otros, el camino del exilio. Decisión que no ha sido fácil y que le ha costado tiempo hacer pública, ya que pensaba poder reformar el sistema desde dentro. Cineasta, filósofo marxista, cuentista, Jesús Díaz ha sido, antes que nada, un hombre de poder o al servicio del poder, lo que es (casi) lo mismo. Ahora ya forma parte de los disidentes exiliados y dirige, desde Madrid, la revista Encuentro dela cultura cubana, destinada a promover el diálogo entre las dos orillas. ¿Qué puede haber pasado por la cabeza de ese hombre, cuántos combates homéricos se han debido librar en su cerebro antes de que diera el paso definitivo hacia este mundo? Esta novela, así como un libro posterior, Las palabras perdidas, brinda un inicio de respuesta.

Nada más que un inicio, sin embargo. Digamos enseguida que Las iniciales de la tierra ha sido una novela sobrevalorada, alzada hasta la categoría de emblema ahí donde sólo hay un testimonio (uno más) sobre la iniciación de un joven confrontado a los tiempos febriles de la Revolución (así con mayúsculas, como un Leviatán abstracto personificado en una figura inmediatamente mitificada). El joven en cuestión, Carlos Pérez Cifredo, se tiene que someter al juicio de una asamblea, que deberá determinar si es capaz de aspirar a la categoría de «trabajador ejemplar» (o de militante del Partido, da lo mismo, «los mejores entre los buenos», como decía el Che Guevara). Frente a la planilla en blanco, como el escritor frente a la página en blanco, Jesús Díaz, alias Carlos Pérez Cifredo, recuerda toda su vida, desde los tiempos de «antes» (de la Revolución, claro está) hasta la zafra de 1971, llamada «de los diez millones», que sólo fueron seis o siete (¿qué importa?). Recuerda también sus errores, sus dudas, sus hesitaciones entre los intereses «superiores» del país y sus relaciones con su familia, sus amigos, sus novias. No se trata del Juicio Final, sino de algo mucho peor.

Las iniciales de la tierra pretende ser una novela casi épica, donde pululan las explosiones, como la del barco La Coubre en 1960, las caminatas forzadas de 62 kilómetros para los futuros milicianos, las declaraciones de amor, que no podían faltar: Carlos: «Te quiero. Patria o muerte». Gisela: «Yo también. Venceremos». Sin darse cuenta, tal vez, Jesús Díaz muestra hasta dónde puede haber llegado el adoctrinamiento de varias generaciones, cuya vida privada ha sido aniquilada en aras de la ideología. Hay una escena en el libro en que los estudiantes pasean por las calles de La Habana un ataúd que encierra al «imperialismo yanki». Y los verdaderos ataúdes, los de los fusilados, los que llenaban día tras día las primeras planas del periódico Revolución, ¿dónde están? ¿Acaso no existieron?

Jesús Díaz cree en la duda como motor de la conciencia y de la Historia (también con mayúsculas, en su caso). Pero su duda es una duda aceptable, no un cuestionamiento general de la conciencia. Además, a la épica le falta poesía. A fuerza de creer que basta con describir la vorágine de la Revolución, muchos escritores cubanos (sobre todo los que han llegado recientemente al exilio) caen en una trampa casi etnológica, de testimonio al estado bruto, sin transfiguración, sin el trabajo necesario sobre las mismas palabras que les han metido a la fuerza en la mente. Hace falta deshacerse de esas palabras o, en algunos casos (pocos), devolverles su sentido original, para regresar a la verdad del ser humano confrontado al tiempo de una guerra imaginaria. Eso sería literatura.

01/03/1997

 
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