ARTÍCULO

CEES NOOTEBOOM. Una canción del ser y la apariencia

Una canción del ser y la apariencia de Cees Nooteboom, ha sido publicado por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
 

Un escritor que al parecer lleva mucho tiempo sin escribir ficciones, mientras habla con otro escritor de su trabajo, inventa repentinamente ciertos personajes, un doctor y un coronel, cuya historia se encontraría desarrollando. De la inicial ocurrencia se desprenderán ciertas evocaciones borrosas de los personajes, y una línea: «El coronel se enamora de la mujer del doctor». A partir de este punto, esos personajes casualmente imaginados irán saliendo poco a poco de su inexistencia para ir perfilándose, el uno como doctor Stefan Ficev y el otro como coronel Georgiev Liuben, en el escenario de la primera guerra balcánica. Los lectores iremos conociendo algunos aspectos de la tortuosa alma del doctor Ficev y ciertas pesadillas e ideas del coronel Liuben, lector de Schopenhauer. Tal relato se entrelazará con las dudas del escritor y algunos de sus encuentros –en un entierro, en una fiesta, en la editorial– con el colega. El escritor recuerda la sentencia de Goethe «todo lo existente es una parábola», y especula sobre ella, imaginando a su vez la escritura como metáfora de lo existente. Su colega, desde una postura radicalmente opuesta, cree que la función del escritor es una mera práctica, «sólo contar historias», pues además, según él, a los lectores no les interesa la escritura como asunto. El doctor Ficev decide casarse con una mujer llamada Laura, y el coronel se enamora de ella a primera vista. Pero el doctor necesita el estímulo de los celos, e intentará complicar al coronel en su vida de pareja. «Si puedes inventar a alguien, también alguien te ha podido inventar a ti», señala el colega del escritor, burlándose de la complicada relación de éste con sus criaturas. Pero el escritor se pregunta «qué es exactamente lo que hace alguien cuando escribe una historia».

Así irán entrecruzándose ambos relatos. El coronel y el doctor, con su esposa, viajarán a Roma, y también el escritor irá allí. Decidido a terminar su invención, titubeará ante el abanico de posibilidades que pueden propiciar un desenlace. Determinadas aclaraciones del escritor, y una última y oportuna alusión a las teorías de la relatividad en el espacio y en el tiempo, aparentarán devolverlo todo al momento previo al desarrollo de ambos relatos. Sin embargo, los lectores sabemos que eso ya es imposible, y aunque el propio Nooteboom decida, un poco sorprendentemente, la manera cómo su escritor resolverá su relación con la ficción que venía escribiendo, la ficción inventada por el escritor queda escrita, como queda escrita su propia historia, impresas ambas en el mismo libro e inscritas por tanto en un tiempo que vuelve a recrearse con la lectura, realidades evidentes que forman ya parte de la propia realidad.

El libro está compuesto por 24 pequeños capítulos, con una cita anterior y otra posterior al conjunto. De todos los capítulos, solamente once afrontan directamente la historia del doctor Ficev y el coronel Liuben, en alternancia con los que tratan del escritor, sus dudas y sus discusiones con el colega, pero la intensidad de ambos relatos es muy grande. No se trata de un texto demasiado extenso, y uno de los fundamentos de su interés radica, precisamente, en el haber buscado resolverlo mediante fragmentos breves, cargados de síntesis narrativa y con gran estilización verbal. Otro se basaría en su condición de establecer un mundo de ficción, por encima de toda la filosofía literaria que pueda acarrear. El texto recrea con vigor los dos planos narrativos –la ficción imaginada por el escritor y la que al cabo resulta conformar al propio escritor– y cumple rigurosamente aquella condición de «recinto hermético» que Ortega exigía para que una novela se lograse de verdad.

Un verso de Pessoa –a quien, junto con Borges, recuerdan en su debate los dos escritores– dice: «Yo no sé lo quesoy. / No sé si soy el sueño / que alguienen otro mundo está teniendo...». Viejo tema este, del soñador soñado, tan cercano al del dormido despertado, que está en el meollo del juego de subsidiaridades que el libro plantea. La Academia ya ha incluido en su diccionario el término metalenguaje –«el lenguaje cuando se usa para hablar del lenguaje mismo»–, y es de esperar que no tarde mucho en incluir el de metaliteratura, que se utiliza habitualmente para describir una parte bastante singular de la narrativa contemporánea, a la que pertenecería, como una notable muestra, el libro de Nooteboom.

En lo que pudiéramos llamar el imaginario ibérico o iberoamericano, la inclinación metaliteraria, más acá de otros remotos precedentes, estaría en la invención de ese Cide Hamete Benengeli cuyos textos va descubriendo el escritor de El Quijote. En nuestro siglo, creo que deben verse a la luz de lo metaliterario la nivola unamuniana, ciertos relatos y novelas de Azorín, el universo apócrifo de Fernando Pessoa –en el que, con los planetas mayores, giran también muchos otros satélites y asteroides–, los apócrifos machadianos –con Juan de Mairena y Abel Martín a la cabeza–, el mundo de Onetti, con muchos relatos de Borges y de Cortázar, y hasta pienso, entre otros, en la Región benetiana, con ciertas novelas de Saramago, Torrente Ballester y Luis Goytisolo, o en Negra espalda del tiempo, el último libro de Javier Marías.

Y aludo al imaginario ibérico o iberoamericano porque no deja de ser significativo que, además de las referencias a Pessoa y a Borges, como colofón a su libro, Cees Nooteboom incluya una cita de El gran teatro delmundo calderoniano, en que Mundo y Autor se interpelan, el uno «sacado de sí», y el otro «para dar forma a su oscura materia». Esa relación entre el autor y la obra, de estirpe barroca, es la sustancia del enfoque metaliterario, y Una canción del ser y la apariencia una excelente y muy imaginativa aportación a un asunto que afecta a la entraña misma de la creación artística. Y como dijo también Pessoa, a través de alguno de sus asteroides interpuestos, es la ficción lo que forma la religión, la moral y la estética, aunque tal vez sea la última la única que nos puede ayudar en nuestras relaciones con nosotros mismos.

01/12/1998

 
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