ARTÍCULO

Una cabeza de rape

 

Tomás Villegas es un ciudadano al que suponemos en la cuarentena y del que esperamos que esté bien situado en la escala social para que nos cuadre la vaga imagen que recibimos de él con las deducciones que vamos haciendo, un poco en el aire, a medida que avanza el relato. Un buen día, recibe un paquete en su despacho, un paquete envuelto en un papel de color azul que le trae el recuerdo fugaz de un encuentro apasionado y nocturno a orillas del Bósforo. Nada más ajeno a esa insinuación que la realidad: una vez abierto, el paquete contiene una asquerosa y maloliente cabeza de rape. No hay remitente. No hay sospecha de quién pueda haberlo enviado, pero, desde luego, quien lo ha hecho ha dado en la diana porque unas cuantas vidas se van a revolver y a remover a partir de este suceso.

Francisco Solano ha planteado una novela en cadena que se abre y cierra con el mismo personaje: Tomás Villegas. La cadena comienza cuando, repuesto del estupor (y del asco), Tomás decide escribir una carta a un amigo que ha ido a esconderse a un lugar del norte de España so pretexto de escribir una novela. A su vez, este personaje escribirá a otro y así, sucesivamente, van entrando en escena todos los demás, a uno por capítulo. La idea es sugerente y promete mover un conjunto de vidas relacionadas entre sí por amistad, espacio sociocultural y contemporaneidad.

La verdad es que Solano propone al lector una especie de juego en el que la verosimilitud pasa por que éste acepte la convención de que todo un grupo generacional decide relacionarse por carta a propósito de un suceso tan extraño como el del envío de la cabeza de rape. La pregunta inmediata es: ¿qué sentido tiene esta sacudida grupal?, ¿qué representa? e, incluso, ¿qué simboliza? Porque es evidente, dada la ambición del autor, que no se trata de una mera circunstancia ingeniosa para captar la atención del lector.

Yo he leído esta novela como una cala en la vida de un grupo de personas contemporáneas y afines cuyo conflicto es el de encontrarse desplazados por su dificultad de relacionarse con la realidad. Esto, paradójicamente, les hace aún más afines, casi me atrevería a decir que intercambiables; lo cual, llevado un poco más allá, supone decir que su sentido de la felicidad está puesto únicamente en la supervivencia y no en la de vivir la vida. Una felicidad tan pobre que puede quedar a la intemperie por una simple gamberrada: el envío de una maloliente y viscosa cabeza de rape al despacho de un abogado establecido llamado Tomás Villegas.

El autor ha montado una estructura epistolar que relata la cadena de reacciones –no de acontecimientos– que el envío desata. La relación, pues, entre artificio literario e intención está sólidamente establecida. Ahora bien, llegados a este punto, el lector comprueba que la novela se mueve en círculos y no en cadena; es decir: que no hay progreso sino repetición. El progreso parece apuntar a partir del capítulo siete –la carta de Fernanda a Ángela–, pues es el primero en que el asunto de la cabeza deja de estar tan en primer plano en cada historia para dar prioridad a la historia del personaje que se está expresando; porque la cabeza de rape es un buen pretexto para mover una historia, pero es un mal (por insuficiente) hilo argumental.

Sin embargo, la sensación de repetición la produce, sobre todo, la indiferenciación de las voces. El modo de construir frases, el modo de citar, el modo de pensar... asemejan demasiado a los personajes y creo que se debe a que esta novela es literatura sobre literatura y el exceso de literaturización establece la indiferenciación de las voces. El estilo tiende, además, a frasear en un tono de solemnidad parejo para todos y parejo no solamente en los hallazgos sino en los excesos. Frases del tipo de «ha clavado la flecha del odio en la diana del horror», «asomarse al precipicio de un alma, sin temor a que se derrumbe la cornisa que sobrevuela el abismo» o «el florecimiento de un secreto que se ignora a sí mismo» son abusivas, excesivas, pero, sobre todo, procedentes de la misma mente aunque pertenezcan a tres personajes diferentes. En cambio, cuando ese mismo fraseo opera directamente desde la boca del narrador, la imagen aparece construida y ajustada a su intención expresiva: «Se había tragado el grito, aunque aún percutía en sus oídos el estallido del asco» (se refiere al momento siguiente a la apertura del paquete que contiene la cabeza de rape).

Claro está que citar frases puede ser una conveniencia del crítico, pero en este caso creo que es lo contrario: sólo es una ejemplificación de cómo un autor coloca su mente en la de todos sus personajes. Entonces entran dudas acerca de si la intercambiabilidad de todos antes apuntada no es también un defecto de construcción además de un mérito procedente de la estructura elegida por el autor. El mismo hecho de que abandone cualquier explicación sobre el envío de la cabeza no cabe justificarlo diciendo: –Ahora que ya he exhibido a los personajes, puedo prescindir de la cabeza–. La honestidad narrativa exige una solución narrativa, no el esquinazo que da el autor al lector.

Francisco Solano ha hecho un esfuerzo nada común: ajustar el sentido de una historia a su propia estructura. Eso revela estrategia y reflexión en busca de la mejor literatura. Que luego las voces sean en exceso trasunto del autor no es un defecto sino, todo lo más, un tropiezo perfectamente subsanable. Lo que no es subsanable si no se tiene es la ambición literaria. Este libro la muestra de sobra y es lo que importa en la carrera de Solano.

01/02/1998

 
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