ARTÍCULO

Una anticuada obra maestra

Trad. de Toni Hill Lumen, Barcelona
136 pp. 14
 

Creo que una de las principales razones de la existencia de las páginas de esta revista es avisar al lector de lo que a juicio del crítico va a encontrarse cuando inicie la lectura de un determinado libro. Por eso cumplo con mi deber si escribo que quien se acerque a El halcón peregrino va a hallar una anticuada obra maestra. Esta extensa nouvelle fue publicada por vez primera en su versión original en el año 1940, es decir, en un momento histórico en el que toda la literatura occidental estaba fuertemente influida por los grandes modelos narrativos norteamericanos; modelos estilísticos y temáticos establecidos entre otros por autores como Ernest Hemingway,William Faulkner, Saul Bellow, John Steinbeck, John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, Nathanael West, Gertrude Stein o Sherwood Anderson, curiosamente varios de ellos galardonados con el Premio Nobel. De un modo u otro, y a lo largo de los años veinte, treinta y comienzos de los cuarenta, todos estos escritores plasmaron en sus novelas y relatos las dramáticas consecuencias de la guerra, la experiencia del exilio, los mecanismos y excesos de la «era del jazz», el hondo malestar de los años de depresión económica y social que experimentaron los Estados Unidos, la triste vida de las pequeñas ciudades del interior del país, la miseria de los trabajadores del campo, la errante vida de los vagabundos, la miseria espiritual y el arribismo de las clases dirigentes y acomodadas, la sordidez vitalista de los bajos fondos de las grandes ciudades, la eclosión de una sociedad dominada enteramente por lo ficticio... Pues bien, la breve novela de Glenway Wescott que reseñamos en estas páginas no se inscribe en ninguno de los modos y maneras de la corriente narrativa de entreguerras, sino que lo hace claramente en la corriente que había dominado a finales del siglo XIX en Estados Unidos, y que estaba muy influida por las tendencias nacidas en Europa tras los últimos procesos revolucionarios liberales, es decir, el naturalismo, el realismo y el impresionismo. Es más, podemos incluso precisar e inscribir directamente El halcón peregrino en la amplia estela dejada por Henry James (18431916), el primero de los grandes escritores norteamericanos expatriados en Europa y que encontró gran parte de su mejor materia narrativa en el conflicto que en aquella época surgía cuando el americano educado y de clase alta se enfrentaba a la complejidad social y cultural europea en París, Londres o Italia. Al igual que Henry James, Glenway Wescott instala su narración en dicho contexto y lo hace también concentrándose no tanto en los detalles ambientales como en los procesos de evolución de la conciencia de los personajes. Podemos establecer, por tanto, que cuando Wescott escribe y publica El halcón peregrino no concibe su nouvelle ni temática ni estilísticamente como lo estaban haciendo sus compatriotas contemporáneos más destacados, sino como lo habían hecho tiempo atrás escritores como el aludido Henry James o como Ford Madox Ford (1873-1939), otro modelo al que pueden ajustarse bien las ideas literarias de Wescott. En otras palabras, el mismo año de su publicación, 1940, El halcón peregrino nacía como una narración de otra época, como una narración anticuada desde el punto de vista del estilo y del asunto. Pero si algo deja en claro el trato con la literatura es que no hace falta que ésta siga los preceptos y tendencias de su época para lograrse. En este sentido puede decirse que, si bien con planteamientos propios de otra época, Glenway Wescott consigue con El halcón peregrino una pequeña obra maestra edificada a partir del esfuerzo por comprimir numerosos detalles en sutiles abstracciones o metáforas, en una fórmula o moraleja cuyo fin último es plasmar, con un trazo caleidoscópico, los acontecimientos devastadores que brotan de forma apenas perceptible del mismo interior de unos seres que han elegido el ardiente y trágico fracaso frente al confortable arrullo del orden y la sensatez. Sobre el tapete verde de la campiña no muy lejana a París, Glenway Wescott coloca ocho personajes (incluido el halcón, por supuesto) como si de ocho bolas de billar se tratase. Cada bola de un color diferente, cada una con una numeración y una posición distinta, con distancias y cercanías entre sí. Con estos ocho elementos convenientemente distribuidos y estratégicamente relacionados,Wescott maneja con fina maestría el taco de juego e insufla movimientos internos en los distintos personajes, movimientos que hacen que choquen unos con otros, se relacionen mediante la descripción de estratégicas órbitas de conmoción psicológica, formen grupos y dibujen figuras geométricas (triángulos, círculos...) con un hondo perfil íntimo y a la vez social. En un marco propicio al mejor Chéjov, Glenway Wescott cuenta una historia que tiene de Ford Madox Ford la acumulación de pasiones y tensiones sometidas al confortable plomo de la conveniencia social, y de Henry James un sutilísimo termostato perceptivo que logra registrar cualquier variación en la temperatura psicológica de los personajes. Con El halcón peregrino su autor establece una lección de anatomía del alma que exhibe dos claves esenciales disfrazadas con los sentenciosos ropajes de la moraleja: primera, el amor exige cantidades excepcionales y agotadoras de perdón; y segunda, todo lo majestuoso y sublime, incluido un soberbio ejemplar de halcón ejerciendo como símbolo de lo irreducible, si es aislado de su realidad y pervertido por la inagotable y variopinta capacidad humana del absurdo, se convierte en triste pálpito domesticado a la espera de una rápida y limpia autopsia. Lo dicho, una anticuada obra maestra.

01/09/2005

 
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