ARTÍCULO

Una ambiciosa panorámica y un resumen indigesto

Tautus, Madrid, 980 págs.
Trad. de Jesús Cuéllar Menezo y Eva Rodríguez Halffter
Taurus, Madrid, 560 págs.
Trad. Vicente Gómez Ibáñez
 

Ortega y Gasset escribió en cierta ocasión que la «historia sólo puede contarse entera»: claro que Ortega, tan aficionado a desconcertar, dijo eso como de pasada para aderezar mejor la historia que estaba contando, pero nunca se puso a intentar una tarea tan morrocotuda. Como para llevar a cabo semejante hazaña, nuestros dos libros se aprestan a trazar ese retrato unitario que se remonta hasta los tirios y los troyanos en el texto de Schwanitz, aunque en el caso de Barzun, sensatamente, se limita a los últimos quinientos años. Se trata, sin embargo, de proyectos que cristalizan en dos obras extremadamente diversas.

Con el análisis de Barzun obtenemos una demostración de lo que suponía Borges: quien quisiera trazar un plano de la realidad de escala uno a uno, acabaría por encontrarse, finalmente, con su propio retrato. Del amanecer a la decadencia es casi una especie de biografía intelectual, un relato que se despliega pormenorizando casi todo aquello que al autor, con insomnio y longevidad, considera significativo en un recorrido bastante peculiar por la historia de la cultura occidental en estos últimos quinientos años. El libro de Schwanitz es también, inevitablemente, un retrato del autor, pero lo que en Barzun es sutileza y erudición irónica se convierte en Schwanitz en algo de tono muy distinto, en una serie de afirmaciones bastante convencionales y generalmente bienintencionadas que se ofrecen al lector a guisa de guía de viajes, uno de esos libros que realmente acaban motivando fuertemente al lector a quedarse en casa. Su descripción de España, por poner un solo ejemplo, se hace con brochazos del siguiente tenor: «En Vizcaya y Guipúzcoa, en el norte junto a la frontera con Francia, hay un pueblo, el pueblo vasco, que se ha dado a conocer por su peculiar boina y por la organización terrorista ETA, y que habla una lengua que no guarda relación alguna con el resto de lenguas indoeuropeas». Su libro está plagado de afirmaciones de ese tipo y de reflexiones similarmente agudas del autor, a veces pretendidamente cómicas y/o irónicas, aderezadas con bisutería sociológica posmoderna y expuestas en lo que a veces se llama «lenguaje periodístico». Pero el conjunto recuerda, sobre todo, a alguna especie de «libro gordo de Petete».

El libro de Barzun es muy extenso y puede resultar inacabable a más de un lector, aunque resultará estimulante y sugestivo a muchos otros, a quienes resulten más permeables a las manías intelectuales del autor, un francés aclimatado en Estados Unidos donde ha ejercido de modo casi inmemorial (más de sesenta años) como profesor y animador intelectual de la Universidad de Columbia. Jacques Barzun afirma que estos últimos cinco siglos han estado marcados por el triunfo de cuatro grandes revoluciones –la religiosa, la monárquica, la liberal y la social, separadas entre sí por cien años aproximadamente–, grandes convulsiones cuyos fines y pasiones gobiernan aún nuestro espíritu y nuestra conducta. Su triunfo no es fruto de ningún plan más o menos racional ni consecuencia de ninguna fuerza inevitable. Barzun rinde pleitesía al azar, a la contingencia y afirma que, tanto el surgimiento de cualquier movimiento revolucionario como su éxito dan pie, cuando se miran de cerca, a un asombro prácticamente inagotable.

El pasado de Occidente le parece a Barzun un extraordinario ejemplo del éxito del mestizaje: la idea de una cultura occidental como un bloque sólido con un solo significado es contraria a los hechos. Occidente ha sido una interminable secuencia de opuestos: en religión, en política, en moral y en costumbres y el análisis de Barzun a través de los más distintos campos (religión, arte, filosofía, literatura, música, política, tecnología, gustos y modas, etc.) subraya además el papel de distintos azares en el camino histórico que hemos recorrido. El autor podría hacer suyas las palabras de Ortega (a quien cita repetidamente): «Una verdad inmensa: que el hombre en general no existe, que sólo hay el hombre producido en la historia de cada pueblo y que esta historia se origina no en juicios abstractos racionales, sino en azares, circunstancias y creaciones ocasionales».

Barzun subraya una serie de tendencias (o temas, como a veces los llama) que van solapándose y fortaleciéndose mutuamente, no sin alguna tensión, a lo largo de todo el período de estudio y analiza cómo influyen en cada uno de los momentos que describe. Estos temas, que Barzun escribe con mayúsculas, son el primitivismo, el individualismo, la emancipación (el tema moderno por excelencia, a su entender), la autoconciencia, la especialización, el análisis, el cientifismo y una irreprimible tendencia a la abstracción.

La historia se ha convertido, nos dice el autor, en un arma: si los cinco últimos siglos presentan el espectáculo de una sola cultura, ello se debe a un cultivo tenaz de la memoria, asistida por la práctica de registrarlo todo obsesivamente. Nuestra actitud característica hacia la historia, nuestra costumbre de argumentar a partir de ella, convierte a los acontecimientos en ideas cargadas de poder. Y este uso del pasado data precisamente de los años que dan entrada a lo que llamamos tiempos modernos. Barzun acierta a ver en el separatismo uno de los usos más perversos de ese proceder, una mezcla de primitivismo, emancipación y autoconciencia que fabrica el pasado como coartada de su legitimación. No sólo el separatismo político, sino la desintegración de las disciplinas más universales y clásicas a manos de nuevos departamentos separatistas, le parecen a Barzun un inequívoco síntoma de decadencia, de cese del proceso de constitución de esa cultura que hasta no hace mucho hemos tenido por común y que Barzun defiende con brillantez no exenta de escepticismo.

Barzun se aparta deliberadamente de ciertos tópicos en torno a la decadencia porque le parece que toda época es «materialista», que los espíritus sensibles siempre tienden a deplorar lo que pasa y que no hay época que no pueda ser descrita como una edad problemática. La decadencia que describe Barzun no implica, por tanto, pérdida de energía, de talento o de sentido moral. El problema, según él lo ve, consiste en que el nuestro es «un tiempo que ha de afrontar la pérdida de la Posibilidad». Hemos entrado en una situación en la que las formas del arte y de la vida parecen agotadas, en la que las instituciones parecen funcionar a duras penas y en la que el aburrimiento y el cansancio, que son dos grandes fuerzas históricas, nos han conducido a una especie de parodia de modos e instituciones ya inviables, un estado de cosas cuya única e insoportable consecuencia es la frustración. Únicamente la tecnología parece estar en condiciones de aportar cierta novedad viable mientras que las artes se dedican a su autodestrucción, de tal modo que el ansia de novedad se ve perpetuamente desmentida por mucho que hayamos inventado el culto a la creatividad.

Barzun ha publicado anteriormente otros libros destinados a combatir el cientifismo al que acusa de haber inventado el mito del hombre orgulloso de encontrarse en el centro del firmamento para así subrayar los avances de la ciencia de turno. La clave de la falacia del cientifismo es la siguiente: la ciencia es una abstracción de la experiencia, la razón es, al menos en parte, una criatura humana y la vida humana es una realidad más radical y rica, por decirlo con la expresión de su admirado Ortega. La ciencia, por tanto, no puede ser convertida en una metafísica que ahogue la experiencia de la que se nutre. Cuando no se hace así, el cientifismo se convierte en una religión que se ignora porque, al fin y al cabo, la idea de adorar a un solo Dios es afín a la esperanza científica de aunar todos los fenómenos bajo una sola ley. Barzun sostiene además que la ciencia nos confunde también al crear esa mentalidad que nos hace considerar sistemáticamente que lo último es siempre lo mejor.

El papel de la ciencia en el desarrollo de la cultura humana se exagera una y otra vez y, en cualquier caso, no es nunca un papel tan revolucionario como sostuvieron autores como McLuhan o Kuhn, personajes cuya mención es muy poco simpática al viejo humanista. Esa historia de revoluciones científicas le resulta inverosímil a Barzun, que subraya, por el contrario, la continuidad, el progreso lento, los titubeos, esas andanzas efectivas que no debieran en ningún caso confundirse con las gloriosas y apologéticas reconstrucciones a posteriori, normalmente escritas ad usum delphini, y que no sirven sino a la confusión.

Frente al cientifismo, el autor defiende el humanismo clásico, la tradición grecorromana muy en particular, una tradición más pluralista y pegada al despliegue de la singularidad de la vida humana que la que se contiene en la herencia judeocristiana. Barzun estima que el incesante esfuerzo para hacer una sociedad mejor, característico de los últimos cinco siglos, y ahora un poco perdido y a la deriva, proviene de fuentes paganas. La llamada corrección política, un intento de prohibir palabras bien expresivas, le parece, por el contrario, una clara perduración del espíritu inquisitorial, de las instituciones empeñadas en establecer una verdad única y en definir sus derechos, un papel que muchas veces ocupó la religión pero en el que ahora se entrenan el cientifismo y los «separatismos» más variopintos. Sea por la simplificación que el cientifismo favorece, sea por el manejo inadecuado de la fuerza de las ideas y de la razón, se ha producido un embrutecimiento contemporáneo que explica, por ejemplo, que nuestros genocidios, a diferencia de los anteriores basados simplemente en la brutalidad, hayan sido innoblemente legitimados con construcciones ideológicas e intelectuales.

Un recorrido tan ambicioso como el barzuniano no deja a nadie a cubierto de errores. Barzun se equivoca, por ejemplo, al atribuir a la notación newtoniana del cálculo diferencial mayores virtudes que a la leibniziana (decididamente, la ciencia no es su campo de predilección) o al incluir a Bertrand Russell entre los apologetas del comunismo. Más abundantes son los juicios controvertidos, pero el libro tiene uno de sus méritos, precisamente, en dar una imagen no excesivamente convencional (aunque sí recuerde mucho las ideas de Berlin) del pasado y del porvenir de la cultura occidental.

Barzun ha ideado una estructura original (textos intercalados, citas digresivas, largos apuntes biográficos, títulos nada convencionales, etc.) para presentar su larga cabalgada. Ello no redunda necesariamente en una lectura más fácil, pero sí ayuda a percibir interrelaciones, no siempre presentes en narraciones más ortodoxas y más simples. Para complementar y matizar el desarrollo del punto de vista epocal, Barzun se fija en lo que llama secciones transversales (denominación que será muy del gusto de ciertos pedagogos), centrando su atención en una serie de ciudades representativas de distintos momentos históricos y culturales: Madrid en 1540, Venecia ciento diez años después, Londres en 1715, Weimar en 1790, el París del primer tercio del XIX, Chicago a finales del siglo romántico, para acabar el libro diciendo que sus perspectivas personales se corresponden con lo que se puede adivinar desde Nueva York hacia 1995.

Los pronósticos de Barzun sobre lo que está pasando-va a pasar no son precisamente optimistas. De hecho, entre las quince etiquetas que menciona para encabezar la descripción de nuestra época ninguna indica especial simpatía hacia los tiempos que corren. Aunque lo que el mundo quiere no es libertad sino emancipación y diversión, confía en que la pervivencia de obras literarias de los últimos quinientos años salve a algunos del embrutecimiento. Adivina un mundo en el que las naciones (que son archivos de memoria colectivos) ya no existirán, en el que la organización se base en empresas y no en territorios (una idea que ha gozado de cierta popularidad al extenderse y facilitarse las redes) y en el que un generalizado sistema del bienestar que aumente la sensación de igualdad no deje apenas espacio para nada parecido a un debate público. Triunfa un reconocimiento de toda clase de derechos que subvierte el ideal liberal de gobierno respetuoso, dando lugar a una cultura política universalmente previsora aunque permisiva. Barzun cree que la fe en la ciencia (aun ahora que declina) llega a eliminar el disentimiento en cuestiones importantes, que los estudios numéricos lo guían todo y que nos veremos abocados a un aburrimiento inmenso y sin consuelo.

Según Barzun, vivimos ya en un mundo en el que una especie de parálisis espiritual hace verosímil cualquier propuesta que atente contra el buen sentido, lo que no es sino una consecuencia de un hecho decisivo pero frecuentemente olvidado; se trata de que «durante la gran guerra, también tuvo lugar otra muerte notable que no ha sido glosada y que ni siquiera quedó registrada: fue la muerte del ignorante», la desaparición de aquellos viejos analfabetos a los que Pedro Salinas dedicó un elogio muy sentido. El mundo, según Barzun, se ha llenado desde entonces de tipos acomodaticios y cobardes, de consumidores dóciles que resultan víctimas de un incesante y repetitivo culto de lo nuevo y lo escandaloso, una religión anómica que abotarga cualquier libertad de espíritu. Esa miopía pretenciosa de una sociedad ahíta de información pero escasa de sabiduría y que no sabe muy bien hacia dónde camina es incompatible con disfrutar leyendo a Barzun. Su meditación podría suponer un poderoso tratamiento de choque contra esa cortedad de miras, pero la magnitud de la empresa disuadirá seguramente a muchos de una lectura que podría entregarles una imagen menos tópica de nuestra madurez y progresos.

01/01/2003

 
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