ARTÍCULO

Tedium vitae

Menoscuarto, Palencia
192 pp. 15 €
 

Un hombre que nada tenga que ver con las mujeres es un hombre incompleto», escribió Cyril Connolly en El sepulcro sin sosiego. Y a continuación deletreaba el tedium vitae y sus derivaciones: del Angst al cafard, citando a Sainte-Beuve. Traductor precisamente del Contra Sainte-Beuve de Proust, Julio Baquero Cruz (Palencia, 1972) bascula entre la novela y el itinerario confesional en El viaje de un nihilista. Un hombre atrapado por dos mujeres de las que no puede prescindir: la primera, porque lo lleva al paraíso del gran amor siempre recordado; la segunda porque le permite seguir en el mundo real. Frente a esa ecuación sentimental que no somos capaces de resolver, surge el viaje como pretexto para posponer la respuesta.
Siguiendo la tradición de escritores de los años veinte y treinta, como el citado Connolly o el cosmopolita Paul Morand, Baquero Cruz recorre y ausculta el corazón de Europa para distraerse del suyo propio. Praga, Viena, Budapest, Bucarest, Sofía, Estambul y Belgrado son las paradas de ese viaje sentimental. Conocerá durante el trayecto a varias mujeres, tan desorientadas como él en los asuntos de pareja. No hay ni un ápice de romanticismo en su mirada. La prosaica descripción de las habitaciones y los trenes se conjuga con la torturada historia de Europa: entre el «mundo de ayer» austrohúngaro que periclitó con la guerra del 14 al solar sepulcral de los países ex comunistas.
Como advierte el título, el protagonista pretende olvidar su nihilismo ocupando toda su atención en los pormenores del viaje, las acotaciones de sus guías turísticas y las derivaciones literarias del lugar visitado, pero sabe que eso es sólo un pretexto. Al final se impone el temido tedium vitae. Del viaje, «uno espera poco, uno pierde la esperanza y al final no espera nada». Y, volviendo a Sainte-Beuve, el más bello lugar deviene en inhóspito si no nos pertrechamos de esperanza. Entonces, remacha Baquero Cruz, la huida «no es más que un círculo trazado en el vacío». Su mayor mérito es transitar por ese vacío, donde no ocurre nada, con un relato donde la experiencia individual se conjuga con la crónica europea de siglo XX. Frustraciones personales y colectivas en perfecto equilibrio. Un recuento sin pedantería.

01/06/2010

 
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