ARTÍCULO

Un secuestro apócrifo

Espasa Calpe, Madrid, 1997
338 págs.
 

La excelente periodista Rosa Montero vuelve a probar suerte en el género narrativo, en esta ocasión auspiciada por los laureles del Premio Primavera de Narrativa, que un jurado compuesto por Ana María Matute, Francisco Nieva, Luis Mateo Díez, Ramón Pernas y Juan González Álvaro le ha concedido, así consta en la novela, por unanimidad.

Digamos cuanto antes que La hija delcaníbal es un libro «popular», bien escrito, como corresponde a su autora, pero sin excesivas ambiciones literarias, redactado con el claro propósito de captar una serie de lectores poco exigentes, que no reparen demasiado en la inconsistencia estructural, en la obviedad casi vergonzosa de las «reflexiones» o en la sucesión de escenas inverosímiles con que se pretende construir una trama más o menos policíaca; lectores, en fin, que gusten de un cierto tono moral vagoroso, como de suplemento dominical, y que acaso se identifiquen con las zozobras íntimas de la protagonista, cuyo retrato está siendo últimamente muy repetido por nuestros novelistas más exitosos: mujer en el filo de los cuarenta que, a raíz de algún hecho trágico, se replantea el sentido de su existencia y decide «cambiar de vida» y realizarse, al fin, como persona, aunque sea en soledad: mejor sola que seguir arrastrando la molicie temerosa y autocomplaciente en que vegetó hasta entonces. ¿Les suena?

Rosa Montero utiliza para su historia un patrón similar. Bajo una falsa apariencia de thriller, la autora desea describir el mundo en quiebra de Lucía, una cuarentona frustrada como esposa, como amante, como escritora de literatura infantil, como madre, como hija y, creo, como ciudadana. Tanta frustración, tanto desajuste, que se suma a una necesidad casi compulsiva de mentir, se le revelan de golpe a la protagonista, no tanto al inicio de la novela, cuando secuestran a su marido en los baños del aeropuerto, sino cuando ella misma pone por escrito toda la historia, la organiza, reconstruye el alucinante turbión de eventos que, en pocos meses, transforman su vida de manera radical; al cabo de la novela, Lucía decide vivir sola («estoy sola, y me gusta (...) ahora soy la princesa de mi sala, la reina de mi dormitorio, la emperatriz de mis horas»); abandona al marido corrupto, que finge su secuestro para blanquear el dinero público que él mismo ha ido detrayendo, peón de una sucia trama en la que están implicados altos cargos de la Administración; pero también se desvanece su romance con Adrián, un joven de veinte años que aparece en su vida a raíz del secuestro y en cuyos brazos vive una segunda «edad del pavo», intensa hasta el punto de hacerle olvidar que tiene a su marido secuestrado, como si la novela, de súbito (hacia la pág. 130, tras pagar el rescate) cambiara de rumbo durante ciento setenta páginas en las que ni se menciona al «pobre» Ramón, el marido desaparecido y, en teoría, motivo del relato.

Al final de la novela Lucía decide, también, cambiar de profesión, abandonar sus frustrantes relatos para niños (a los que odia) y ¡trabajar en una guardería! (ya no los odia tanto), lo que le permite las tarde libres para escribir: escribir la novela que el paciente lector tiene entre las manos, un lector, a estas alturas, bastante aburrido ya con la incapacidad de Lucía para escribir un texto medianamente coherente, con enormes problemas de composición, y plagado de «reflexiones» de este jaez, que recojo al azar: «La identidad es una cosa confusa y extraordinaria. ¿Por qué yo soy yo y no otra persona?», «A veces resulta difícil de creer, pero es verdad que viviendo se aprende», «Sintió un ataque de autoconmiseración. Sólo a ella le sucedían cosas como esa. Era triste, su vida».

Pero el problema principal de la novela no está en la superficialidad con que Lucía analiza sus «sentimientos», sino en la incapacidad, como narradora, para relatar sus peripecias de una manera creíble. Es tal el cúmulo de inverosimilitudes y arbitrariedades, que da la impresión de que la novela ha sido escrita a golpe de «ocurrencias» (la primera de todas, el título): algunas de ellas tan graves como que Lucía pague el rescate sin pruebas de que su marido vive. O, posteriormente, de la suerte que haya podido correr Ramón, atenta como está a las historias de Félix, a los achuchones de Adrián, y a la tan infantil como peligrosa (si fuera creíble) «investigación» que deciden llevar a cabo los tres por su cuenta. Veamos un ejemplo, páginas 270-271: han pasado meses del pago del rescate y Ramón no aparece, Lucía comenta a su madre que se va a París. Respuesta de su madre: «Muy bien, cariño, seguro que lo necesitas con toda esta cosa horrible del secuestro. ¡Qué más hubiera querido yo que irme a París cuando me sentía deprimida! Pero, claro, en mi época era imposible». Y el padre, unas líneas después, reacciona de esta guisa: «¡Estupendo! Así me puedes traer una chaqueta preciosa que le he visto a un amigo; es de una tienda de los Champs Elisées. Por cierto, ¿sabes algo de Ramón?» (sic). La novela adolece gravemente de sentido de la composición, las tres historias (por lo menos), que se relatan, no están bien engranadas y la resolución, a trancos, policíaca de la trama es endeble y muy poco convincente, precipitadamente para otra cosa... pero, ¿para qué?

Hay una ley tácita en toda narración que consiste en no dar explicaciones. La hija del caníbal no hace otra cosa. El fluir de lo que debería ser trepidante se detiene a cada página con recuerdos, hipótesis, anécdotas, reflexiones «filosóficas» sobre el sentido de la vida... La estructura, en muchas ocasiones, tiene más de apólogo medieval que de thriller moderno. Quiero decir que la organización predominante del relato se verifica según este esquema: reflexión (sermo) más exemplum, del tipo: «los humanos..., conozco a una mujer...», o «la vida..., recuerdo que hace unos años...». Esta tendencia al excursus ético-dominical se apodera completamente de la novela en las últimas páginas, en las que abundan frases como «algo muere dentro de ti cuando se te acaba la ilusión» o «la vida es mucho más grande que nuestros miedos».

Insisto, la magnífica periodista Rosa Montero ha escrito una novela endeble, carente de interés y con graves defectos de composición. En un momento dado se alude con sorna a «los escritores-profetas del sentimiento ñoño» (pág. 123), sin quizá caer en la cuenta de que ella misma, con este libro, ha traspasado peligrosamente las lindes de esa literatura que, con buen gusto, rechaza.

01/08/1997

 
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