ARTÍCULO

Del cuarto centenario del Quijote, o donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento desta grande historia

 

La coincidencia de que las fechas de edición de las dos partes del Quijote caigan en años múltiplos de cinco separados, encima, por exactamente una década no debe rebajarse a pura casualidad. Ya es sabido que Cervantes dispuso los hechos con cuidado, del mismo modo que su elección de morir en 1616, cifra tan hermosa, manifiesta con claridad su deseo de entrar en contacto eterno con Shakespeare. Quizá sólo cometió el error de nacer en un extraño 1547, denso en acontecimientos históricos relevantes (y algo hay dicho sobre su vida paralela con Mateo Alemán, del mismo año), pero número que a pesar de su apariencia ni siquiera es primo. En definitiva, Cervantes logró que cada año acabado en cinco, dígito que a la humanidad le gusta casi tanto como el cero, se convocara una mayor o menor barahúnda alrededor de la memoria del Quijote. Y el estruendo promete ser ensordecedor en este 2005, aunque, para ser justos, la traca tendría que estallar en 2015.Todo se andará.Y no sé si mi malestar al empezar estas líneas deriva de la convicción de que con Cervantes y el Quijote como pretextos se ha llegado a decir cualquier cosa imaginable, o simplemente de lo mucho que me incomodan los cumpleaños.
Desde luego, el Quijote es pozo inagotable y continúan a buen ritmo las exploraciones del cervantismo.Así, este año del cuarto centenario se ha de convertir, sin sombra de duda, en una fecha utilizada pronto por los críticos para marcar un antes y un después, del mismo modo que se viene haciendo con la de 1905. Sin embargo (y perdóneseme la aporía), en 1905 aún había mucho por decir que hoy ya está dicho, y hasta repetido mil veces; del mismo modo que se aprovechó entonces para producir todo tipo de juguetes con los que ya no hay quien juegue, tales como, por ejemplo, una traducción del Quijote al latín macarrónico (publicada en 1905, claro).Apunto un primer dato más serio para la reflexión: en 1925, cuando Américo Castro saca El pensamiento deCervantes (libro aceptado como fundacional por toda la crítica del siglo XX ) se encuentra con que los fastos del tercer centenario apenas han dejado nada aprovechable para su labor. De hecho, del propio 1905 sólo apreciará –y con bastantes matices por considerarlo, como es, un trabajo de ocasión, «un discurso de centenario» (p. 8)– el Cultura literaria de Miguel deCervantes y la elaboración del «Quijote», de don Marcelino Menéndez Pelayo. La «Introducción» de Castro a su libro contiene una declaración, en nada vanidosa y hoy igual de necesaria, sobre la conveniencia de decantar las escasas aportaciones útiles para la comprensión de la obra cervantina de las innumerables páginas reiterativas, perezosas, falaces, desorientadoras o meramente alimenticias: «Esta verdadera penuria de trabajo científico en torno a Cervantes –dice–, aunque ello sea paradójico, procede del ambiente fetichista que se ha ido formando alrededor de aquél, y al mismo tiempo [...] hay una guarda celosa que vigila para que nadie ose traspasar el límite del canon crítico permitido» (p. 9) Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, Madrid,Anejos de la Revista de Filología Española,VI, 1925. Castro ha de mirar fuera de España para encontrar un modelo con el que dialogar. Es Giuseppe Toffanin, La fine del Umanesimo, Milán-Turín-Roma, Bocca, 1920. . Con todo, en aquellos años que van de 1905 a 1925 se sentaron las bases de las mejores, o más fecundas, lecturas del Quijote durante todo el siglo. Por marcar sólo unos hitos: las Meditaciones del Quijote, de Ortega y Gasset (1914); Un aspecto de la elaboración del «Quijote» (1920 y 1924), de Menéndez Pidal; o la Guía del lector del «Quijote» (1923-1925), de Madariaga; junto a los ensayos de Azorín (La ruta de don Quijote) y de Unamuno (Vida de don Quijote y Sancho). Es decir, se estaba dando un impulso hacia el rigor filológico e histórico dentro del mejor espíritu institucionista, a la vez que una notable subida de nivel en el marco del ya añejo debate sobre el «sentido último» de la gran obra cervantina (sobre este punto léase el trabajo de Javier Blasco, «El Quijote de 1605 (apuntes sobre el quijotismo finisecular)», Anthropos, núms. 98-99 (1989), pp. 120-124).
La situación todavía empeoró alrededor de 1916, cuando se conmemoró el tercer centenario de la muerte de Cervantes. José Montero Reguera, minucioso analista de esta bibliografía, ha de reconocer que «desde el punto de vista crítico, los resultados no fueron muy destacados: abunda la crítica extravagante» «La crítica sobre el Quijote en la primera mitad del siglo XX », en Volver a Cervantes, Palma de Mallorca, Universitat de les Illes Balears, 2001, I, p. 202, donde corrobora una apreciación anterior de Norberto Pérez en «El filo de un centenario: la crítica extravagante sobre el Quijote en 1916», Anales Cervantinos, XXXIII (1995-1997), pp. 325-333. .Y a la vez se consolidaba el Quijote como libro que debía ser leído en las escuelas, con una verdadera explosión de ediciones adaptadas para niños y una extensa polémica sobre la conveniencia de esta medida obligatoria, en la que terció hasta Ortega y Gasset. A pesar de que la cifra de ediciones, según el recuento de José María Casasayas, se aproxima a las doscientas entre 1900 y 1915, el nivel filológico con que tratan el texto es en general ínfimo (se ha de situar aparte, desde luego, el trabajo de anotación llevado a término por Rodríguez Marín).
En definitiva, como podíamos suponer, la crítica cervantina parece brillar de manera independiente de las agitaciones impuestas por las efemérides. No ha de ser de otra manera cuando se trata de tareas de largo aliento, como la culminación de la decisiva edición del Quijote de Schevill y Bonilla en pasos sucesivos: 1928, 1931, 1935 y 1941, la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra de Astrana Marín, de 1948, o el revitalizado bullir del cervantismo más reciente, con su goteo numeroso y constante de trabajos de calidad que cuajan en 1998 con la edición del Quijote dirigida por Francisco Rico.
Pero, además de las efemérides, hay otras fuerzas poderosas que han actuado y actúan sobre la presencia y apreciación de nuestros clásicos, y en especial sobre el Quijote, algo que podríamos definir como la promoción de una lectura institucional interesada. Incluso es normal que ambas cosas se alíen en cuanto hay ocasión. Un ejemplo bien notable fue la operación favorecida por el franquismo alrededor del cuarto centenario del nacimiento de Cervantes (1947). Se intentaba entonces descargar sobre el autor todo el peso de aquella interpretación gloriosa del pasado imperial aplicada ya sobre tantos otros autores y acontecimientos de nuestro Siglo de Oro, en especial desde la Poesía heroica del Imperio (1940-1943) de Luis Rosales y Luis Felipe Vivanco. Recomiendo en este punto, para tener una visión directa de lo que digo, la lectura del «Preludio» puesto por José López de Toro a su libro Los poetas de Lepanto (premiado por la Real Academia Española en 1944 y publicado por el Instituto Histórico de Marina en 1950). Basta la primera frase, sin la más leve ironía –«Las cumbres del Parnaso han florecido con inusitados verdores» (p. 15)–, para que uno imagine el resto y la cara que pondría don Miguel leyendo el florilegio. Luego, a don Quijote, tan fácilmente asimilable desde siempre a su autor, se le identificaba aquí otra vez con la misma empresa: el padre Félix Olmedo, con El Amadís y el Quijote (1947), está entre los que más madrugan para marcar el paso, seguido por una comitiva que insiste en la herencia crítica romántica, amplifica lo trascendental del héroe, le hincha sus presuntos valores simbólicos y lo encaja, al fin, a machamartillo dentro de la estructura de propaganda del nacional-catolicismo. Se trata de críticos como Manuel de Montoliu y Camón Aznar, en una primera hornada, pero luego, con otras matizaciones, Paul M. Descouzis o Gregorio Palacín (por supuesto, no debemos olvidar que, ya en el siglo anterior, Díaz de Benjumea, en la avanzada de la crítica más esotérica, convertía a Cervantes en un perfecto librepensador republicano) Es obligado apuntar aquí los trabajos de Anthony J. Close dedicados a estos asuntos. Véase, por ejemplo, The Romantic Approachto «Don Quixote». A Critical History of theRomantic Tradition in Quixote Criticism, Cambridge, Cambridge University Press, 1978. .Todavía hoy la lectura romántica del Quijote sigue perfectamente bien asentada, y es la que predomina de manera casi exclusiva en el nivel de la recepción popular de la obra, generando aún discusiones apasionadas: no de otra manera se explican hechos como la prohibición de publicarlo, y hasta de leerlo, dictada por el general Augusto Pinochet en Chile. Una medida así prueba la percepción por parte de muy diversos grupos de lectores de un potente motor, una particular virtud del movere oculta en el interior del libro, cuyos efectos sobre las personas mortales son similares al de los libros de caballerías sobre don Quijote.Y estamos hablando de una novela de principios del siglo XVII .
Desde aquel centenario que marcó la década de los cincuenta hasta hoy la crítica ha explorado todos los rincones de la obra, afilando (o embotando) en ella el instrumental propio de cada metodología, escuela o grupo. La historia es conocida y hay buenos resúmenes que permiten ver el diagrama del cervantismo. Al respecto, es el mejor consejo empezar por el del ya citado Anthony J. Close, «Las interpretaciones del Quijote», en los preliminares de la edición de Francisco Rico Madrid, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2004, vol. I, pp. CLX-CXCI, pero véase sobre todo la p. CLXXXI.Y seguir por José Montero Reguera, El «Quijote» yla crítica contemporánea, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1997. 5 La obra se ha reeditado en Barcelona, Acantilado, 2003.. Con todo, estos panoramas dejan interrogantes abiertos. Parece deducirse al final que la mejor lectura del Quijote es la suma de todas las lecturas (al menos, de las mejores o las que se hayan mostrado más iluminadoras).
Pero en la medida en que esto es difícilmente practicable por el común de la gente, podemos preguntarnos cuál es el perfil que se impone sobre los demás a la altura de este último centenario.Aparte de la adaptación al presente de la lectura romántica –bien visible en comentarios, tertulias, notas de prensa, refundiciones y promociones–, que sigue siendo la mejor vía para abrir el texto a cualquier lector curioso, se percibe sobre todo un esfuerzo inusitado, y obviamente dirigido, por hacer llegar la novela a todo el mundo. Que la industria editorial (y sus múltiples aledaños) se muestre entusiasta no exige demasiada explicación, pero que el empeño emane directa y explícitamente de las más altas instituciones del Estado, que intentan convencernos de que debemos amar el Quijote, es un hecho que combina más variables y que también implica una determinada lectura de la obra. Probablemente haya que inscribirlo en la muy reactivada necesidad de símbolos de identidad nacional que generen consenso, por una parte y, por otra, en la conciencia de dilapidación de una herencia cultural que otros países aprovechan y explotan hasta los tuétanos de manera mucho más eficaz. El Quijote, despojado ahora de las adherencias del franquismo o de otras ideologías calzadas de manera abusiva (ningún excluyente «canon crítico permitido» como el que incomodaba a Américo Castro pesa con aquella fuerza sobre la obra), se erige limpiamente como producto cultural de primer orden al subrayarse el acuerdo internacional, ya no sólo nacional, que lo considera la primera novela moderna y –como recalca Harold Bloom siempre que viene a cuento– cúspide de un canon occidental. En el trance de redefinición del Estado español que ha empezado a reabrirse, las cañas se tornan lanzas y los hitos culturales adquieren con peligrosa facilidad valor de símbolo. Si otras señas de identidad no lo consiguen, quizá podamos aceptar la invitación, repetida hasta la saciedad por todos los medios de comunicación, de sentarnos alrededor del Quijote y escuchar su relato. Sea cual sea éste. Porque ya está aceptado de antemano que es uno de los mejores producidos por la humanidad.
A estas alturas, cuando la crítica sobre el Quijote se acerca a un punto de saturación, se pide más que nunca, paradójicamente, una lectura inocente o ingenua: que se lea porque es un buen relato, porque hay acuerdo sobre su carácter de texto fundacional que toda persona medianamente culta debe conocer (y todo español, con independencia de su nivel cultural, celebrar masivamente como propio). Pero esta convocatoria enmascara que a la consideración máxima del Quijote se llega, en grado mucho mayor que el requerido por otros textos con similares funciones, después de una taracea crítica lenta y extremadamente «profesional». Espero que no se vea en mis palabras un ridículo elitismo, pero estoy convencido de que descubrir la grandeza literaria del Quijote, que no su popularidad o sus aspectos superficiales, debe implicar un mediano (quizá más que mediano) conocimiento de los contextos y alusiones literarias sobre los que está construido.Y ¿a qué desprevenido lector actual le interesa lo más mínimo cómo eran realmente y qué mundos representaban un libro de caballerías, una novela sentimental o una novela pastoril? (¿alguien recuerda la celebración en 1985 –¡también acabado en cinco!– del cuarto centenario de LaGalatea?). Con esta gran campaña institucional que prometió el gobierno en su programa electoral, quizá no quede hogar sin uno o dos Quijotes pero, ¿cómo repercutirá el fenómeno en la lectura de la obra? Será de mucho interés analizar en unos meses cuál ha sido la experiencia lectora de quienes, animados por la publicidad, se han hecho con su Quijote y lo han llevado a casa.
La atomización crítica de la segunda mitad del siglo XX asedió el Quijote desde muy diversos ángulos y la obra ha resistido bien y ha crecido con cada lectura, con cada iluminación, con cada incursión en sus innumerables pliegues, destacándose sus complejidades y dobles fondos. Me parece mucho más difícil salir bien parado de las excesivas simplificaciones («de una contradicción se sale ganancioso, de una contracción se sale contrahecho», decía José Bergamín, peculiarísimo lector del Quijote). O a lo mejor me equivoco en todo...
Porque, por otro lado, este empujón institucional está posibilitando la salida de estudios de importancia ya visible y que seguramente darán renovados juegos de perspectivas. Encima de mi mesa hay ahora dos libros bien diferentes salidos hace muy poco de las prensas y que pueden comentarse como ejemplos. El más breve y ligero es el que firma José María Micó: DonQuijote en Barcelona (Barcelona, Península, 2004). En una exquisita presentación ilustrada con una selección de grabados extraídos de diversas ediciones (de los siglos XVII al XIX ), Micó ofrece de manera exenta los decisivos capítulos barceloneses (61-65) de la segunda parte. No es, desde luego, la primera vez que se aísla una secuencia del Quijote y se publica suelta. La opción del «Curioso impertinente» es la más obvia, y hasta Cervantes la sugiere en la segunda parte. Pero imaginemos ahora qué tipo de lector, aparte del erudito, el coleccionista o el forofo quijotesco (o barcelonés), comprará esta obra. Se puede pensar que si cae en las manos, como ocurrirá en una mayoría de casos, de alguien que no haya leído el Quijote, la lectura de estos capítulos sueltos corra el riesgo de ser bastante incomprensible. Sin embargo, al intentar leerlo como un «curioso» o –mejor– «desocupado lector», tuve una experiencia bien contraria. Apoyado en la hábil introducción de Micó, que añade al profundo conocimiento de la obra notas de su experiencia personal de barcelonés, vi que la lectura sin más de esos capítulos abre tal cantidad de sugerencias, ofrece tal galaxia de personajes y dibuja tan perfectamente al don Quijote más complejo y rico de la obra (alejadísimo del triste tópico de los molinos de viento y los rebaños) que es difícil resistir la tentación de ir corriendo a la novela y seguir leyendo. Por otra parte, consigue Micó extender a un público mayoritario la misma curiosidad, mucho más especializada, que movió a Martí de Riquer en su Cervantes enBarcelona (1989) 5 ; y además, como guinda, no evita subrayar en el «prólogo» una nota erudita que apetecerá al más severo profesor universitario relativa a que la elección de la playa de Barcelona como lugar de la final derrota de nuestro héroe puede estar promovida por el recuerdo de la batalla («sul lito molle / di Barcelona») entre Rinaldo y Gradaso, aludida por Boiardo y Ariosto. En definitiva, de la reticencia ante un libro «editorial» pasamos al mejor placer de la lectura y la degustación de una presentación inteligente e incitadora.Y queda así puesta en solfa, por añadidura, mi desconfianza hacia los centenarios.
El otro libro abierto sobre el escritorio es de discurrir más denso, como resultado de años de reflexión y apuntes. Se trata del de Alfredo Alvar Ezquerra: Cervantes. Genio y libertad (Madrid,Temas de Hoy, 2004).Alfredo Alvar reescribe la biografía cervantina esgrimiendo en su exposición las armas y bagajes de la historiografía más cuidadosa y atenida a la corroboración del dato preciso. Su andadura corre a hombros de gigantes (en esencia,Astrana Marín más el necesario Canavaggio como guía corrector); pero sobre un andamiaje ya básicamente construido, Alvar rellena los vanos aportando un actualizado panorama personal de la economía, la sociedad, la demografía, la política, las costumbres de la España de Felipe II y Felipe III. El trabajo de Alvar parte de las aportaciones propias de filólogos y a ellas va incorporando un caudal muy copioso de informaciones contextuales, datos estadísticos, tablas, análisis de fuentes documentales inéditas y exploraciones recientes en archivos, donde el perfil de Cervantes, lejos de difuminarse, se revela de manera nítida.A lo largo de todo el libro se acerca a Cervantes con el cariño que merece alguien a quien se ha visto maltratar a fondo por la vida. Desde la observación de una familia en la que nunca pudo cobijarse –con los embrollos permanentes de las hermanas y luego la más que posible infidelidad de su mujer–, el libro de Alvar se tiñe de una notable melancolía que confluye con la tradición de un Cervantes retratado como el luchador que se sobrepone a la adversidad sin dejarse caer nunca en la tentación del resentimiento, la automarginación o el desprecio del orden, y que se salva en parte por la ironía.
Son especialmente minuciosas las páginas dedicadas a la familia de Cervantes: la visión que tenía del matrimonio, el divorcio y las variantes de las relaciones conyugales y paternofiliales se yuxtapone a la exposición de la legislación y las características de la estructura familiar en la España de aquellos años. Los siguientes bloques siguen un esquema similar indagando en la cultura de Cervantes –las condiciones económicas de esa cultura y la relación de Miguel con los los libros–; la vida de soldado y las peculiaridades del ejército filipino; el mundo del corso y las prisiones de Argel, y un atractivo resumen del mejor estado actual de la investigación sobre la empresa de la Armada Invencible. Pero, insisto, no se pierde de vista al biografiado. Tampoco se pierde de vista al biógrafo, y aquí se impone una observación. Digamos que esta obra se podría dar como muestra de lo que se conoce como «alta divulgación», donde se logra combinar con fortuna fuentes diversas que en este caso, además, casi siempre han existido de manera muy distante. Por ello, huyendo de la aridez, Alvar busca al lector a través de un estilo desenfadado, que llega con facilidad a lo desenvuelto, y con una cierta tendencia al coloquialismo. El tono personal y de diálogo directo con el lector le conduce a alguna sobrecarga exclamativa donde el énfasis no es necesariamente más estimulante que la sobriedad.Y, a la vez, su implicación personal puede ser un poco empalagosa al salpicar los párrafos con cosas como «En verdad que pienso como Cervantes...» (p. 45), o con generalizaciones para expresar opiniones muy particulares (véase, por caso mínimo, cómo apunta los motivos psicológicos que tuvo Cervantes para casarse con la mucho más joven Catalina de Salazar, p. 215).
Estamos ante una obra a tener en cuenta a partir de ahora en todas las bibliografías serias sobre Cervantes; y la memoria de don Miguel se verá bien servida si cuanto salga en su nombre en 2005 llega a un tercio de la calidad de este estudio.Tras la zambullida en el cúmulo de informaciones no se sale exhausto sino –es mi prueba de que el estudio ha valido la pena– decidido a contrastar lo aprendido con una vuelta ávida a los textos originales.
A diferencia del centenario de 1905 que comentábamos al principio, el cervantismo está hoy bien vivo y no se deja confinar en reductos críticos. Un elemento imprescindible para entender este fenómeno está en la labor inmensa llevada a cabo por la Asociación de Cervantistas. Ningún autor español ha gozado de una atención mayor que la dedicada por esta asociación a Cervantes.A partir de su fundación, cada año se ha celebrado por lo menos un coloquio con asistencia de investigadores de cualquier procedencia y luego, cada tres años puntualmente desde 1991, congresos internacionales de carácter verdaderamente multitudinario (Alcalá, Nápoles, Menorca, Lepanto y Lisboa) sin merma de la calidad de las aportaciones. Con sólo la revisión de los miles de páginas de las actas de estos encuentros se obtiene una película exacta de la evolución de la crítica sobre Cervantes y el Quijote en los últimos quince años. Ha de quedar constancia de que esto es así debido enteramente a José María Casasayas. El vacío dejado por su desaparición en septiembre del pasado año ha de servir de acicate para continuar sus actividades (desde luego, yo escribo estas páginas rindiéndole homenaje de profunda admiración). Sin el pie forzado de ningún centenario o efeméride, manteniendo la periodicidad pautada, el próximo congreso internacional de la Asociación de Cervantistas está previsto para 2006. Por entonces podrá hacerse ya la evaluación completa de un año de fastos y, quizá, ver los efectos de la promoción institucional sobre la interpretación del texto, los resultados tanto de las contradicciones como de las inevitables contracciones. Esperemos saber allí más del Quijote. Es decir, tener nuevas y estimulantes excusas para leerlo.

01/05/2005

 
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