ARTÍCULO

Un narrador por descubrir

Destino, Barcelona
188 pp. 17,50 euros
 

Las primeras novelas corren suertes extremas. Hay algunas que, debido a una casual o intencionada sintonía con los anhelos del público lector, se convierten en fulminantes éxitos mercantiles. Otras no salen del limbo de las obras ignoradas hasta que su autor no alcanza la fama mediante otras publicaciones.A veces, aparecen póstumamente. En determinadas circunstancias son idolatradas por la crítica literaria que ansía descubrir nuevos escritores. Por lo general, lo tienen difícil. Resulta paradójico, pero actualmente cuesta hallar en España una editorial grande que apueste por la primera novela de un autor novato.
Ediciones Destino constituye una excepción. Sorprende tanto, que dudamos un instante de si la afortunada publicación de El vigilante, con la que Carsten Ahrenholz (Lich,Alemania, 1957) se inicia en la narrativa escrita en castellano, no se haya producido a partir de una equivocación: que se tratara de una novela traducida del alemán, condición que, sin duda, habría favorecido su suerte editorial. Preferimos creer que fueron la calidad y la originalidad del texto las que convencieron a los editores. Cierto es que no se precipitaron. Entre la entrega del tiposcrito y su publicación transcurrió un lapso de cinco años. Cuenta a favor de la novela el hecho de que en todo ese tiempo no haya perdido nada de su frescura ni de su vigencia, prueba de la solidez de su argumento y de la pulcritud de su lenguaje, que se sustraen a las vicisitudes de las modas literarias.

Tras lo dicho no carece de ironía que la primera novela de Carsten Ahrenholz conduzca al meollo de la cuestión: cómo el vínculo entre el arte y el mercado condiciona la creatividad y la vida del artista contemporáneo. Su punto de partida es la misteriosa desaparición del joven pintor Alejandro Guardé, ocurrida en 1986, precisamente cuando una exposición lo consagró como artista de la vanguardia. Once años después, Ginés Hoyo, un malogrado compañero de la Facultad de Bellas Artes que abandonó la carrera artística, emprende una «búsqueda sentimental» de quien había sido su admirado y odiado «enemigo ideal». Sus motivos, para nada altruistas, se revelarán a lo largo de sus indagaciones, que desembocarán en un proceso catártico. Familiar con la vida sentimental y profesional de su personaje, pero receloso de su éxito, Ginés asume el papel de narrador omnisciente de los presuntos sucesos. Sin embargo, debido a la ambigüedad de sus intereses, confunde cada vez más la fantasía con la realidad. Guiado por su imaginación, reconstruye los movimientos de Alejandro desde la noche de su desaparición, suponiendo que este último –en un momento crítico de su vida– había decidido abandonar la ciudad. Su empatía alcanza un grado de identificación que le lleva a visitar los mismos lugares donde, según él, se había desplazado Alejandro para asegurarse de la veracidad de sus conjeturas.Viaja a una aldea en el interior del país donde localiza a Olga, compañera de estudios de ambos y amiga íntima de Alejandro. Luego, se aloja en un pueblo costeño, y, obsesionado por la fantasía de haber hallado el refugio del desaparecido, se hace contratar como vigilante de un complejo de apartamentos porque cree que Alejandro había ocupado ese puesto anteriormente. La exactitud de las descripciones topográficas contrasta con la sustitución de topónimos reales por ficticios de modo que, acorde con el recorrido fantasmagórico del narrador, los paisajes resultan reales y oníricos al mismo tiempo.

Inevitablemente, Alejandro va adquiriendo los rasgos que el narrador desea otorgarle, hasta tal punto que uno se convierte en el doble del otro. Ginés imita a Alejandro mientras que el Alejandro de su imaginación, en un momento dado, firma con el seudónimo de Ginés. La vertiginosa superposición del narrador y su personaje se consigue gracias a un juego de recursos narrativos variados, capaces de sacar partido psicológico de este motivo tan recurrente en la literatura (últimamente recuperado por autores como Paul Auster, Norbert Gstrein y Orhan Pamuk). Mediante unas cartas y un diario supuestamente escritos por Alejandro se entrelaza la perspectiva de la primera persona con la de la tercera y el narrador omnisciente parece perder terreno. Otras técnicas reflejan la versatilidad dramática del autor –de formación escenógrafo– que ya había escrito tres obras de teatro antes de incurrir en la narrativa (Amanda, 1993; Santo Domingo, 1994, y Pluscuamperfecto [retitulado Novela y poesía], 1995; la primera y la última se estrenaron en la Sala Beckett de Barcelona). Hay que destacar cambios de escena sorprendentes, la habilidad en los diálogos –poéticos y profundos algunos, punzantes y satíricos otros–, así como la precisión que gobierna en la descripción de lugares y gestos, evocando la de las acotaciones dramáticas. Llega el momento en el que Ginés se da cuenta adónde le lleva su viaje sin retorno: «Y ya que no hay camino hacia el pasado, opté por abrir y seguir una vía paralela a la realidad».

Sus especulaciones en torno a los motivos de una posible renuncia a la pintura, la fama y el dinero incitan a reflexionar sobre las manipulaciones mercantiles en el ámbito de la cultura, la servidumbre del éxito y, en el fondo, sobre cómo hay que vivir para no traicionar ambiciones e ideales. Dos personajes –Olga, la pintora, y Mauricio, el vagabundo– ambos caracterizados con ternura, representan lo que Alejandro parecía añorar: fidelidad a sí mismo e independencia, por supuesto al margen de la comodidad y del reconocimiento social. De una forma condensada, Carsten Ahrenholz combina las cuestiones existenciales con los problemas del artista actual en una narración llena de intriga y poesía.Tal vez podríamos prescindir de algunas revelaciones metodológicas de Ginés que, al fin y al cabo, resultan redundantes; tal vez la digresión sobre el arte del siglo XX queda un tanto desproporcionada, pero todo aquello carece de importancia. La única duda seria que nos queda al final se centra en la figura del narrador: un personaje tan sombrío y retraído como Ginés, ¿sería realmente capaz de relatar una historia tan sutil, reposada y nutrida de experiencia como la que acabamos de leer? El lenguaje apunta al verdadero autor de la historia, una voz narrativa por descubrir.

01/06/2006

 
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