ARTÍCULO

Un mundo ya ido

Cátedra, Madrid, 1996
Edición de Víctor Montolí
432 págs.
 

Toda antología es, por definición, una utopía. Pretende ofrecernos lo más característico –no necesariamente lo mejor– de la obra de un escritor, con la máxima fidelidad a su estética. Tarea imposible, tratándose de poesía, pues la descontextualización que impone este tipo de libros arranca a los poemas del poemario, presentándolos como muertas mariposas de entomólogo. Tras esta advertencia, digamos que la dedicada a Campoamor por Víctor Montolí cumple bien sus propósitos. Combina, por una parte, la teoría poética del autor con su praxis poemática, y por otra intenta librarlo del prejuicio de escritor «démodé» que lo mantiene actualmente en semiolvido. Tan ardua tarea se realiza con amplio caudal de conocimientos, buena metodología editorial e indudable «oficio». Nada que objetar, pues, desde estas perspectivas, al libro que reseñamos.

Las composiciones del poeta de Navia se nos ofrecen en seis secciones. Se han elegido correctamente las fuentes textuales; la intervención modernizadora de ortografía y similares está siempre justificada; la selección de piezas sólo podría discutirse desde la subjetividad –ausencia de la sección religiosa de las «Fábulas», omisión de «La música» y «La lira rota» en «Los pequeños poemas», de la «Necrológica al marqués de Molíns» en las «Epístolas»...–; la secuenciación de las composiciones, basada en la cronología de publicación, y no de composición, resulta aceptablemente funcional. Las notas, en cambio, aunque escasas, parecen a veces superfluas, si el libro se destina a lectores cultos (¿por qué definir, por ejemplo, palabras tan comunes como «maragato», «arpía», «ladino» o «colegir»?).

La introducción enmarca al escritor en una buena síntesis biográfica. Se explica adecuadamente su poética, como mezcla de prosaísmo, idealismo, amoralismo estético, atención a la temática y afán de naturalidad. Luego está el talante espiritual de don Ramón: escepticismo como sustrato creativo, humor e ironía, sátira amable, sentimentalismo, psicologismo, ficcionalización del yo, etc. Todo se nos ofrece con propósito actualizador, para conectar con las expectativas de un lector de hoy. A partir de esos presupuestos, fundamentados con adecuada documentación, los viejos textos cobran nueva lógica y coherencia, haciéndosenos más cercanos y comprensibles. La lectura transcurre sin grandes sorpresas, impresionando nuestra sensibilidad sin desgarrarla, consiguiendo instalarnos por un momento en un mundo ya ido, pero aún no del todo periclitado. Y comprendemos por qué decía Rubén Darío que, en esta poesía, «abeja es cada expresión, / que volando del papel, / deja en los labios la miel, / y pica en el corazón».

01/04/1997

 
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