ARTÍCULO

Prohibido aburrir

Lumen, Barcelona, 112 págs.
Trad. de Carlos Milla
 

Resulta paradójico que una de las novedades más refrescantes del mercado editorial lleve la firma de Mark Twain (1835-1910) y tenga más de un siglo de antigüedad. Un misterio, una muerte y un matrimonio fue concebida en 1876 como la primera de una serie de colaboraciones para Atlantic Monthly, en la que varios autores –entre otros, Henry James– escribirían un relato propio a partir de un mismo esqueleto argumental aportado por Twain. El proyecto fue descartado y sólo el padre de la idea cumplió el encargo de escribir esta ficción. Por una serie de azares, el manuscrito original ha permanecido inédito hasta ahora, que acaba de salir a la luz, y su aparición entre nosotros produce el mismo asombro que el descubrimiento de un lienzo desconocido de Leonardo da Vinci o una partitura de Mozart. Si a esto se añade que el texto va acompañado de una serie de deliciosas ilustraciones de Peter de Sève y que Lumen no ha escatimado esfuerzos a la hora de ofrecer un hermoso objeto de apariencia artesanal –tapa dura, buen papel, claridad tipográfica–, no cabe duda de que el placer está asegurado.

De todos modos, la idea de embarcar en la aventura a otros autores dispares, reconozcámoslo, resultaba un tanto peregrina y traída por los pelos, si tenemos en cuenta –como se encarga de subrayar Roy Blont en su esclarecedor epílogo– que Henry James es la complejidad sinfónica de un piano de cola varado entre los espejos de un salón europeo, mientras que Twain sería más bien la melodía desdentada procedente de una armónica yanqui. Esa es su grandeza y su límite. Con Tom Sawyer (1876) y HuckleberryFinn (1885), Mark Twain compuso el cuento fluvial de la amistad y la risa a orillas del Mississippi, una música para ser silbada entre dientes mientras se ejerce la picaresca, la auténtica canción del sur robada a las plantaciones de algodón y a los barcos de vapor, cuyo estribillo pegadizo aún suena con familiaridad en nuestros oídos y en los de miles de aficionados más. Con él, según Hemingway, dio comienzo la literatura moderna norteamericana, pese a que los años transcurridos no han restado un ápice de su fragancia primaveral y han convertido a su autor en alguien capaz de facturar clásicos instantáneos de desván y chimenea y en una fuente inagotable de felicidad narrativa e influencias que llega hasta nuestros días. De hecho, el personaje de Holden Caulfield concebido por Salinger no es más, en ciertos aspectos, que un Huckleberry Finn urbano pasado de rosca y consumismo bajo el cual dormita pese a todo un alma cándida que pregunta, a los taxistas, adónde van los patos que viven en el lago de Central Park cuando éste se hiela en invierno.

La respuesta, si existe, se ha perdido. Central Park está desierto. Ningún taxista contesta. En cambio, da la impresión de que Twain era alguien que sí sabía adónde iban los patos en invierno y se nota en sus ficciones que lo que él domina como nadie es precisamente eso: correr detrás de los patos. Dar caza a una travesura. Perseguir un revoloteo. Pues Twain pertenece a esa raza de buscadores de oro de formación autodidacta que pretendían confundir a propósito literatura y magia y hacer de sus mentiras ficciones perdurables. Como humorista satírico, empeñado en tomar el pulso a la sociedad de su tiempo, Twain tiende a la frase corta y un punto sentenciosa. Aspira a un estilo invisible y sin marcas de lenguaje, y buena prueba de ello es la austeridad casi neutra con que arranca este relato: «En los aledaños de una aldea remota y aislada del suroeste de Missouri vivía un viejo campesino llamado John Gray. La aldea llevaba por nombre Deer Lick. Era un poblacho de seiscientos o setecientos habitantes, aletargado y disperso».

Cuanto más asilvestrado, mejor novelista es. Más que un prosista ortodoxo, Twain es una respiración. La suya es una escritura, como la de Cervantes y otros grandes, de andar por los caminos. Divagatoria. Una escritura de cielos abiertos –ahí radica su fuerza– y prosa bien ventilada. Con libros como Tom Sawyer comienza para el lector de pocos años nada más y nada menos que el aprendizaje del sueño, un viaje mitológico hacia las fuentes del conocimiento que le mantendrá enamorado de la letra impresa, si hay suerte, el resto de su existencia.

Ciento veinticinco años después de ser escrito, lo que encandila de Twain en Un misterio, una muerte y un matrimonio es la chispa, la gracia bienhumorada, la ligereza con que complica y resuelve en pocas páginas el diseño de un enigma trazado con cuadrícula. Nada sobra y nada falta en esta comedia de equívocos tejida con mimbres clásicos, ambientada en un pueblo perdido estadounidense, en que interviene una herencia tan golosa como disputada, una pareja de novios con todo en contra para casarse, un crimen violento cuyo principal sospechoso es el novio, un conde extranjero aparecido de pronto en medio de la nieve virgen y caído –literalmente– del cielo, e incluso, como remate, el mismísimo Julio Verne, a quien el autor no se priva de lanzar unas cuantas pullas. Twain, es evidente, se divirtió al máximo escribiéndola, y todo su esfuerzo radica en conseguir que el lector lo pase al menos igual de bien, para lo cual elimina cualquier sombra de tiempo muerto, comprime y acelera los acontecimientos e imprime a toda la acción un ritmo trepidante. El cine nos ha enseñado que mezclar bodas y funerales en una misma secuencia es fuente de hilaridad e interesantes contrastes. Arrastrado por el placer de narrar, Twain lo sacrifica todo a la fluidez, a la economía de medios, renunciando incluso a la que es una de sus señas de identidad como fabulador: la relajación constructiva, el capricho del azar, la acumulación más o menos informe de episodios que van conformando, de forma casi involuntaria, el corpus de la novela. Esto, que para algunos constituye un fallo imperdonable, para otros es don Quijote.

Nada que no sea gozoso –puro gozo literario– tiene cabida en esta corta pero intensa escalera de tres peldaños ideada como un divertimento malicioso sin más –ni menos– pretensiones que mantener en vilo a la audiencia. Lo consigue con medios legítimos (pese a verse obligado sin sospecharlo a competir con Harry Potter, El señor de los anillos y otros daños colaterales), si bien este tipo de estructura soporta y aun reclama como parte de su juego itinerante la intervención de al menos uno o dos golpes de efecto y trucos de abracadabra, que aquí tampoco faltan. Twain, obsesionado con la infancia, juega. Juega con el tiempo y los personajes, juega con el lector desprevenido, adelantándose a sus expectativas y decidiendo sobre la marcha si las refuerza o las frustra. Divertido juego de improvisación, de pistas falsas, de agilidad manual y reflejos rapidísimos, este cuento postnavideño representa el regalo póstumo de un abuelo cascarrabias al que bastan tres sustantivos para crear todo un mundo. Un misterio. Una muerte. Y un matrimonio.

01/05/2002

 
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