ARTÍCULO

El antihéroe castiga su culpa

Ediciones B, Barcelona, 229 pág.
 

Sentenciaba Josep Pla, con ese desparpajo tan suyo, que la novela carece de sentido porque «la vida no tiene ningún desenlace». «La vida continúa siempre –dice en las conversaciones con Soler Serrano–, es un mar, una corriente que se lo lleva todo, de manera que el desenlace es puramente momentáneo, un punto y seguido», mientras que en la novela se presentan argumentos con planteamiento, nudo y desenlace. Aparte del gusto por la paradoja del prosista catalán, no le falta razón, sólo que también hay otras posibilidades. Si la realidad se muestra desarticulada, podrá desarticularse la novela: eso hizo John Dos Passos en Manhattan Transfer para reflejar la metrópolis moderna. Y si la realidad apenas vale como un fragmento inerte del presente, precario, sin horizontes, podrá expresarse con una metáfora que revele el tedio vital. El aburrimiento de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, reproduce un tiempo mortecino.

Esta percepción del mundo guía a José Ovejero en Un mal año para Miki. La acción que cuenta no tiene casi arranque en el pasado, ni mucho menos final. Sólo refiere un recorte de tiempo, sin raíces y libre de sus consecuencias posteriores. En ese año al que alude el título, un presente inmediato marcado por el atentado neoyorquino del 11-S, se le muere al protagonista el hijo veinteañero en un accidente de coche. A los pocos meses, asesinan salvajemente a su mujer en la Casa de Campo madrileña. Ambas desgracias le afectan, claro, pero las deja como amortiguadas en el subconsciente, con un dolor asordinado por el sucederse sonámbulo de los días. No es un desalmado. El tiempo nada cura, pero Miki sobrepone el oficio de vivir. La vida continúa. Mirar atrás resulta un ejercicio inútil. Ni siquiera quiere saber, cuando tiene posibilidad de conocerlo, quién mató a su mujer. Abruma la impasibilidad del protagonista, pero la entendemos como un rasgo de la condición humana, el ansia de sobrevivir. Por ella se paga un precio y la tarifa la conocemos al final del libro, que no del relato, pues éste, como he dicho, carece de desenlace que cierre la historia.

Esta reconstrucción simbólica de la vida individual tiene un soporte realista que casi podría tomarse por un documento social. El protagonista y su familia encarnan un estatus socioeconómico alto. Miki trabaja como asesor de inversiones por libre y la mujer en un medio de comunicación. Su casa denota gustos refinados y caros. Cocinan platos sofisticados. Se ven los nuevos hábitos en las relaciones de pareja, comportamientos sexuales recientes, y abunda la droga. No es, sin embargo, una novela testimonial, a pesar incluso de la impresionante exactitud de sus datos contemporáneos.

Esta base costumbrista está dispuesta para que el asunto del relato tenga una encarnadura noticiosa suficiente y no resulte una abstracción. Pero Un mal año para Miki se encamina hacia otro sitio, hacia una narración existencialista. Por un lado, muestra el absurdo y la contingencia de la vida, abandonada a un azar irracional e incontrolable. La vida no es comprensible y hasta se insinúa un oscuro determinismo: la muerte por accidente pesa en la familia de Miki. Este orbe moral resulta cercano al de la narrativa existencialista de la posguerra, y lo confirma un detalle anecdótico: el padre contempla ensimismado el collage que el hijo había hecho en el colegio con la leyenda «No Future». Por otro lado, los últimos sucesos de la historia revelan su dirección prioritaria en conjunto: la expiación de una culpa inconcreta, quizás originaria, mediante el autocastigo. Dos impulsos resuenan en la anécdota, Kafka y Camus, y ambos confluyen en la voluntad de abordar una narrativa de corte metafísico.

Serviría el título de la segunda novela de José Ovejero, Añoranza del héroe, también para la historia de Miki, porque indica una preocupación básica suya. No hay héroes en la actualidad. Al revés, el protagonista ejemplifica un antihéroe, refugiado en el sexo y el alcohol, queriendo revivir una edad dorada juvenil mediante una patética historia de amor con la novia del hijo, desentendiéndose del porvenir; en suma, negando radicalmente toda posibilidad de acción. El relato existencial refleja así a la vez el escepticismo de la posmodernidad, la renuncia a todos los valores, la resignación cómplice del proclamado fin de la historia.

Este núcleo de ideas y conflictos se somete al reto de una escritura moderna, capaz de competir con otros vehículos hoy más atractivos y eficaces. La opción del autor consiste en un relato escueto, enemigo de las descripciones, contrario también a los adornos verbales y entregado a un estilo seco, ostensiblemente antibarroco. En parte, parece producido por una cámara cinematográfica, y su construcción tiene algo del montaje de una película. Pero no puede hablarse del distanciamiento de la cámara porque también existe la perspectiva de un relato psicologista presentado por un narrador omnisciente que lo sabe todo.

El narrador fluctúa entre la cámara distanciada y la omnisciencia; toma algo de ambos puntos de vista, pero no se entrega a ninguno. Y en esta perspectiva original radica uno de los grandes méritos de la novela y la eficacia de su revulsivo mensaje. Todo ello sugiere la densidad y ambición de la escritura de Ovejero, una de las más interesantes de la última narrativa española, y que en este libro corona una trayectoria muy seria desde su comienzo. La búsqueda de una literatura de fondo reflexivo y de preocupación formal muy acusada está en su primer libro, Cuentos para salvarnos todos (1996) (que no es una recopilación de cuentos), y el empeño de construir una narrativa de corte moral avanza en los siguientes (las novelas Añoranza del héroe y Huirde Palermo , y el conjunto de relatos Qué raros son los hombres) hasta la desoladora reflexión existencial expuesta a través de Miki. El ruido mediático tan propio de nuestros días no favorece una personalidad literaria como la de Ovejero, cuya obra merece una llamada de atención porque sus méritos se hallan por encima de la difusión alcanzada.

01/03/2003

 
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