ARTÍCULO

Un liberal... puritano

Fundación Caja de Madrid - Anthropos, Madrid-Barcelona, 1996
Ed. de José Luis Prieto Benavent; prólogo de Guillermo Gortázar
958
 

En la historia de España hay de todo, incluso un grupo de políticos llamados puritanos. Eran una fracción minoritaria del partido moderado y se ganó el nombre por su oposición a la reforma de la Constitución de 1845. Conservadores templados, de centro, los puritanos execraban el uso partidista y sectario del poder, que disfrutaron por poco tiempo, en 1847, gracias a una intriga palaciega nada... puritana.

Entre ellos estaban el marqués de Salamanca, Pacheco, Andrés Borrego y Nicomedes Pastor Díaz. Fue Pastor Díaz quien describió, en una proclama titulada A la Corte y a los partidos, auténtico manifiesto del liberalismo español, lo que significaría una vuelta al poder de los progresistas: «No habría sólo mal Gobierno, administración desacertada, anárquica tiranía: habría retroceso social, caliginosas tinieblas de ignorancia, crimen sin grandiosidad, sangre sin gloria, víctimas sin heroísmo; y, por último, restauraciones sin libertades, y calamidades públicas sin regeneraciones sociales».

Quien tan bien caló el progresismo hispánico había nacido en Galicia, en 1811. Murió aún joven, en 1863, como cumpliendo, aunque sin exageraciones, esa ley que llevó a sus compañeros de generación (Larra y Espronceda y Olózaga), a abrasarse en unos cuantos años de vitalidad sin tasa. La literatura le apasionó tanto como la política, y se le recuerda por sus composiciones líricas de un romanticismo un poco fúnebre, que sugieren un alma ulcerada por desdichas sentimentales de las que nadie da pistas claras.

«Nuestra libertad», escribió, «no es una palabra, sino una cosa: no es sólo un camino de felicidad; es la felicidad misma: no es un elemento de la sociedad; es la sociedad entera». La convicción de que se es libre sin más, fuera de cualquier poder político, le encuadra, como a todo el grupo puritano, en el «liberalismo doctrinario» que dio sus frutos en la Unión Liberal y en la Restauración. Por desgracia, don Luis Díez del Corral no lo incluyó en su estudio. Y es que Pastor Díaz quedó pronto oscurecido, aunque siempre ha tenido admiradores. Valera, Cánovas y luego los estudios de Enrique Chao, Leal Insua, y la reedición de sus obras en la BAE han impedido que su recuerdo se pierda.

Nos llega ahora un volumen con sus Obras políticas a cargo de José Luis Prieto Benavent, autor también de la excelente y bien documentada introducción. Así podemos leer los enérgicos artículos de la campaña antiesparterista, las proclamas y los discursos parlamentarios, y las bellas biografías que Pastor Díaz dedicó a su amigo Antonio Burgos, al duque de Rivas, al general Diego de León y a... Cabrera.

Los problemas del socialismo, de 1848, revelan además esa peligrosa pendiente del conservadurismo español, tan amante de la seguridad que es capaz, en nombre de la caridad y la justicia, de paralizar una sociedad entera.

No es dudosa la sinceridad de Pastor Díaz. Lo más atractivo de su legado sigue siendo ese tono afectuoso, limpio y sobrio, nada crispado ni fanático, con que se enfrenta a los problemas de su tiempo. De muy actual, tiene la conciencia agudísima de la inestabilidad en que se mueve, pero eso no le lleva a la medrosidad y la desconfianza. Con ese talante logró seducir a muchos de sus contemporáneos, en particular a Valera, que lo quería mucho, y así ha seducido a su editor, al que sólo le podemos reprochar que no se haya extendido más sobre la vida del personaje. ¿Para cuándo una biografía?

01/03/1997

 
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