ARTÍCULO

Un icono sin adoradores

Little, Brown
564 págs.
 

De vuelta en París tras una visita a la Unión Soviética, JeanPaul Sartre, a quien D. M. Thomas descalifica como «idiot savant», escribió: «Hay una total libertad de crítica en la URSS»; sus ciudadanos no viajaban al extranjero, no porque no pudieran, sino porque no deseaban dejar su «maravilloso país». Sartre sabía que estaba mintiendo; transigió porque, según dijo, no quería poner en apuros a sus anfitriones. Alexander Solzhenitsyn fue uno de esos huéspedes incómodos para quienes el compromiso es un delito moral. Él nunca dudó en poner en apuros a sus anfitriones.

Thomas ha escrito un relato emocionante, intensamente legible y escrupulosamente investigado de la vida de Solzhenitsyn. Éste nació en 1918 en una familia acomodada; su tío poseía uno de los pocos RollsRoyces de la Rusia zarista. La hacienda de la familia desapareció con la revolución de 1917, y Solzhenitsyn soportó una dura miseria siendo un brillante estudiante de matemáticas y física. Apoyado por su laboriosa madre, la primera de una serie de mujeres que dedicarían sus vidas a él, estaba convencido de su superioridad intelectual sobre sus compañeros de colegio y de que su destino era llegar a ser un escritor tan grande como Tolstoi. En 1941 se alistó en el Ejército soviético: «No se puede ser un gran escritor ruso sin haber estado en el frente». Temprano y entusiasta admirador de Lenin (sólo después llegaría a pensar que el estalinismo no era una aberración, sino que sus males estaban implícitos en el uso del terrorismo y su justificación por parte de Lenin), en una carta indiscreta denunció el sistema soviético bajo Stalin. Detenido en 1945, fue condenado a ocho años de cárcel. El tiempo que pasó en campos de trabajo le proporcionó la materia prima para Un día en la vida de Iván Denisovich, que describe una jornada en la vida de un zec, un preso en un campo de trabajo. Deportado a Kazastán en 1953, fue liberado en 1956.

Llegó a Moscú en la época en que Khruschev denunciaba el estalinismo, y tuvo su mayor golpe de suerte. El manuscrito de Iván Denisovich aterrizó sobre la mesa de Alexander Tvardovsky, poeta, noble soviético y editor de Novy Mir. Un hombre valiente, inmensamente benévolo, casi infantil. Tvardovsky vio el libro como la obra maestra que era y libró una valiente batalla para que se publicara, enviándolo finalmente a Khruschev. Fue, quizás, poco caritativo por parte de Solzhenitsyn, puritano por naturaleza, detallar la adicción a la bebida en que Tvardovsky ahogaba sus frustraciones como editor de lo que era, en términos soviéticos, una revista liberal. Khruschev no perdía el tiempo con intelectuales, pero reconoció en el héroe del libro, Denisovich, a un campesino como él mismo. Con la bendición de Khruschev, el libro fue publicado en noviembre de 1962. «Nunca habrá habido», escribe Thomas, «tal atmósfera, tal tensión, excitación y expectación en toda la historia de la edición». Solzhenitsyn se convirtió en best-seller, y en el león literario de aquellos intelectuales que fueron bautizados como «la gente de los sesenta».

Cuando Khruschev fue destituido en 1964, cambió la atmósfera para «la gente de los sesenta». Tvardovsky fue despedido. Esta nueva era, más oscura, es descrita en El roble y el ternero, lectura esencial para los que quieran entender el funcionamiento interno del sistema soviético en lo tocante a la literatura. Ahora la preocupación de Solzhenitsyn era cómo lograr que sus obras se publicaran en Occidente. Sobre todo estaba decidido a dar forma publicable a su Archipiélago Gulag, una inolvidable muestra de periodismo de investigación que exponía los sufrimientos de rusos corrientes en los campos de trabajo, los gulags.

Aquello era en letra impresa lo que las fotografías del campo de Bergen-Belsen habían sido visualmente. Haría saltar el sistema y silenciaría a los «idiot savants» de Occidente. Encontró un grupo de entregados ayudantes que se veían a sí mismos como comprometidos en una conspiración. Se los describe en Aliados invisibles: unos estonianos le proporcionaron casas seguras donde trabajar; unas admiradoras femeninas se convirtieron en auxiliares de investigación y pasaron a máquina sus manuscritos, los correos afrontaron enormes riesgos para enviar sus originales a Occidente. El caso más interesante es el de Lidia Chukovskaya. Había trabajado estrechamente con Solzhenitsyn, mecanografiando cinco de sus libros. Pero le llevó seis años descubrir que estaban en lados opuestos de las barricadas que durante mucho tiempo habían dividido a los intelectuales rusos; entre eslavófilos reaccionarios que despreciaban el Occidente liberal, como Dostoievski, y «occidentales progresistas», liberales como Herzen y Turguénev. En 1972 Chukovskaya se negó a mecanografiar su Carta de Lenten de aquel año, que revela la profundidad de su fe ortodoxa. Un funcionario del KGB que seguía su pista en lo que pudo ser un chapucero intento de asesinato, se quedó horrorizado de encontrar a «un hombre inteligente» santiguándose y postrado en la iglesia. Él y Lidia no estaban solos en sus sentimientos de consternación. «La sociedad ilustrada simplemente no podía aceptar la Ortodoxia... Mi Carta de Lenten destruyó el sincero apoyo de la sociedad que yo había disfrutado tan inmerecidamente». Los liberales, como herederos del racionalismo de la Ilustración del siglo XVIII , imaginaban que una repetición de la revolución de 1917 podría ser «una salida deseable de la ciénaga actual». Los liberales de Febrero de 1917, que no habían sabido impedir el golpe bolchevique de Octubre, se engañaban a sí mismos. Sólo la fortaleza de la fe podía resistir y derrotar al comunismo.

El régimen, en opinión de Solzhenitsyn, había recaído en el estalinismo. Los disidentes eran sometidos a campañas difamatorias oficiales como agentes extranjeros y enviados a campos de trabajo y «hospitales» psiquiátricos. Los dos disidentes más importantes eran Sajarov, el físico nuclear mundialmente famoso que concedía entrevistas a los periodistas occidentales, y Solzhenitsyn, cuyas novelas habían sido publicadas en Occidente, donde había ganado el Premio Nobel de Literatura en 1970. Qué hacer con estas celebridades internacionales era objeto de un intenso debate al más alto nivel. No se les podía liquidar, al modo estalinista. En 1971, el Ministro del Interior escribió un largo memorándum sobre el tratamiento de los escritores, cuidadosamente subrayado por Brezhnev: «En el asunto Solzhenitsyn estamos repitiendo los mismos errores que cometimos respecto a Boris Pasternak. Doctor Zhivago debió haber sido «suavizado» y publicado aquí, reduciendo así el interés extranjero». Pero los «halcones» se daban cuenta de que Solzhenitsyn era un asunto imposible de «suavizar». Doctor Zhivago era relativamente inocua desde el punto de vista político, mientras que Pabellón del Cáncer atacaba frontalmente los cimientos ideológicos del régimen y a quienes lo servían. Tras un largo debate, Solzhenitsyn fue privado de su ciudadanía y expulsado en 1974.

Fue el mismo incómodo mensaje que tanto había desconcertado a Chukovskaya el que entonces desconcertó a sus anfitriones en Occidente. No deberían haberse sorprendido. En 1967, Solzhenitsyn había escrito, como podía haberlo hecho Dostoievski: «No tengo ninguna esperanza en Occidente, y ningún ruso debería tenerla. Si hemos de ser libres, será sólo por nuestros propios esfuerzos. Si el siglo XX tiene alguna lección para la humanidad, somos nosotros quienes se la enseñaremos a Occidente y no Occidente a nosotros. La excesiva comodidad y prosperidad han debilitado su voluntad y su razón».

Los escritores rusos –Chejov es la excepción– suelen terminar como predicadores. En 1978, Solzhenitsyn predicó en Harvard. Occidente no tenía armas contra la decadencia: las películas llenas de pornografía se consideraban una parte de la libertad. Sin «un espíritu superior sobre él», el hombre occidental se hundiría en el pantano del consumismo insensato. Solzhenitsyn, reflexionando sobre una temprana entrevista con periodistas norteamericanos, confesó que en aquella época no entendía la democracia occidental. Nunca lograría entenderla. Era un demócrata sui generis en tanto que creía que Rusia sería regenerada por una democracia local al estilo suizo. Pero nunca fue liberal. La democracia parlamentaria era un callejón sin salida, un terreno de juego para los políticos de partido. En la España franquista encontró un sistema político admirable.

Nunca se sintió a gusto en el extranjero. Desarraigado de su patria, un hombre tiene que secarse como un árbol trasplantado. Regresó a Rusia en 1994. El hombre que profesaba huir de la publicidad tomó un tren que recorrería Rusia desde Vladivostok, financiado por la BBC y grabado por sus cámaras; el padre que racionaba la televisión a sus hijos se convirtió en invitado de una tertulia televisiva que fracasó. Sus ideas sobre el futuro de Rusia no encontraron ningún eco. Patriota ruso, sostuvo coherentemente que debía otorgarse su libertad a los pueblos sometidos del imperio soviético, y en particular a las repúblicas bálticas. Se había convertido en un icono sin adoradores.

A lo largo de su libro, Thomas nos presenta a un hombre obsesionado con su misión como escritor. Ningún escritor se ha disciplinado tan fieramente. Había abandonado su culto juvenil a Lenin, pero seguía admirando su incansable actividad. «A Lenin, una sola hora perdida le ponía enfermo», y como Lenin, tampoco él permitía que nada perturbara su trabajo, abandonando su única relación sexual apasionada como una distracción.

Tenía un concepto instrumental de las mujeres: debían pasar a máquina sus manuscritos, proporcionarle las condiciones para que pudiera escribir en paz, pero no debían reclamar su atención ni su comprensión. A sus futuras esposas les daba a leer La amada de Chejov: la historia de una mujer completamente sumisa a los deseos de sus dos maridos. Cuando su primera esposa, Natasha, se quejaba de que no contestara a las cartas recibió la respuesta: «¿Quieres que llegue a ser un escritor o no quieres?». Sobre su divorcio escribió en su petición: «Ella nunca entendió la profundidad de mi vocación... estaba ocupada sólo consigo misma y sus sentimientos. Me apartaba de mi trabajo».

Thomas describe su dolorosa relación con simpatía y comprensión. Fue su segunda esposa quien, en Vermont, durante su estancia americana, proveyó las condiciones para que completara diariamente lo que él llamaba sus «normas de producción». Ella pertenecía a «la noble tradición de las esposas que se sacrifican por sus maridos».

Como tantos escritores rusos, también llegó a asumir el papel de un profeta. Los profetas pueden ser despiadados. El trato que Solzhenitsyn dio a su compañero preso, Dimitri Panin, que compartía su concepción victoriana del lugar de las mujeres en la sociedad y alentó su evolución hacia la derecha y la ortodoxia, es descrito por Thomas como increíblemente cruel. Los profetas no son compañeros fáciles. Muchas otras amistades terminaron en malentendidos. Los que le conocían bien me dicen que bajo la aborrecible personalidad pública, profética, había un ser afectuoso; como maestro de escuela durante la deportación se ganó la devoción de sus alumnos. Aun así, no era un conversador cómodo. Isaiah Berlin le preguntó si los rusos leían a Turguénev, y recibió esta respuesta desconcertante: «Ese nombre no significa nada para el espíritu ruso». Turguénev era uno de los autores favoritos de Berlin.

Thomas escribe sobre Solzhenitsyn con la intuición de un colega novelista. Cuando sus libros se publicaron en Occidente, unos cuantos críticos audaces observaron que era un realista tradicional, un universo aparte de Proust y Mann; esto apenas puede sorprender en un escritor comprometido en una tarea más importante que explorar las complejidades emocionales y sociales de una sociedad liberal. De ahí su abrupta descalificación de Turguénev. Todas sus novelas están basadas en sus propias experiencias. Pabellón del Cáncer, una novela conmovedora, se enraiza en las circunstancias de la época de su combate contra el sistema soviético. ¿Quién la entenderá cuando estas circunstancias sean un remoto recuerdo? El lector necesitará extensas notas a pie de página. Dostoievski no requiere esas notas. Una encuesta de opinión amateur entre la intelligentsia de North Devon conduce a la conclusión de que Iván Denisovich es la obra más leída de Solzhenitsyn. Norman Stone apuesta por Pabellón del Cáncer como corredor de fondo.

En Agosto de 1914, primera parte de su vasta novela proyectada sobre la revolución de 1917, confiesa que los personajes de ficción tienen el papel menor de crear la atmósfera de la «vida cotidiana». No fue con tal propósito por lo que Tolstoi creó Natasha, Pierre y el príncipe Andrei en Guerra y Paz. El aislamiento autoimpuesto, sostiene Thomas, dejó incomunicado a Solzhenitsyn del mundo real en el que ha de habitar el novelista para nutrir su imaginación. Era entre sus compañeros presos, los zecs, donde él se sentía verdaderamente en casa.

Cuando le preguntaron a André Gide quién era el poeta francés más importante del siglo XIX , respondió: «Hugo, hélas». Cuando nos pregunten quién es el mayor escritor ruso de nuestro tiempo, podemos responder: «Solzhenitsyn, hélas».

01/06/1998

 
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