ARTÍCULO

Memorias del hambre

Muchnik, Barcelona, 1998
421 págs.
 

La «historia de vida» tal como se practica en antropología es el estudio de una cultura a través de la experiencia personal de uno o más individuos a lo largo del tiempo. Se distingue de la biografía a secas por la elección del sujeto (gente corriente frente a personajes o figuras públicas), la metodología de campo empleada (entrevistas en profundidad y observaciones etnográficas) y por la atención a temas de interés teórico en la disciplina (como el género o la identidad política). Hay siempre una cierta tensión entre el significado de una vida individual y la recolección de información etnográfica. Las historias de vida permiten comprender cómo se conciben a sí mismas las personas, cómo interpretan sus experiencias vitales. Entronca, pues, con la nueva etnografía experimental de los últimos treinta años, que atiende al análisis de la narrativa, al psicoanálisis, la hermenéutica, la fenomenología y la crítica cultural.

Sin embargo, la historia de vida tiene ya un respetable pasado. El primer relato de este género fue el de un indio winnebago –Crashing Thunder–, recogido por Paul Radin en 1926, y después se practicó con cierta frecuencia en estudios de cultura y personalidad. Muy tempranamente se plantearon los criterios que debían regir las historias de vida: el sujeto debía ser representativo de la cultura, la acción relatada socialmente relevante; se debía incorporar al grupo familiar como transmisor de la cultura, seguir el paso de la vida individual a la conducta social, mostrar la continuidad de la infancia en la vida adulta, especificar la situación social. Diversos autores plantearon problemas de validez y verificabilidad, discutieron métodos y técnicas concretas y trataron de unir las exigencias del positivismo con el potencial humanístico de las historias de vida. Más recientemente se han planteado problemas relativos al género (¡tan pocas biografías de mujeres...!), y sobre la relación de poder entre el antropólogo y el sujeto. En algunas historias de vida, el relato incluye la presencia del entrevistador, y se incorporan relatos parciales en textos abiertos, sin pretensiones de totalidad. Hoy se preconiza que los materiales de la historia de vida sean presentados en forma textual, y que el sujeto de la historia de vida sea más interactivo. Hay quien propone incluso sustituir el término «sujeto» por el de «narrador», para evitar las connotaciones pseudocientíficas y jerárquicas. De la crítica posmoderna a los conceptos de objetividad y totalidad, surge la diferencia entre lo que en inglés se denomina life histories y life stories. Los conocidos relatos mejicanos de Oscar Lewis pertenecen a este segundo tipo, el de las historias de vida que se presentan como autobiografías, que no crean la ilusión del desarrollo «natural» de un individuo y que iluminan temas particulares de la experiencia de un sujeto.

La historia de vida ha sido un género olvidado por los antropólogos españoles, con alguna excepción, como el interesante relato de Oriol Romaní sobre una grifota de las Ramblas. El libro de Joan Frigolé nos ofrece una historia de vida modélica, que forma parte de una investigación más amplia. Desde hace muchos años, Frigolé ha venido realizando trabajo de campo en Murcia y Andalucía, que ha producido estudios importantes: sobre el rapto (consentido) de la novia (Llevarse la novia) o sobre la literatura lorquiana (Un etnólogo en el teatro). En el curso de esas investigaciones, Frigolé conoció a Juan, un trabajador murciano de la Vega alta del Segura, mitad campesino y mitad obrero. Juan vive en una localidad de unos ocho mil habitantes, con un sistema de estratificación social basado en la propiedad de la tierra y un gran número de aparceros y jornaleros (el libro explorará las relaciones entre los propietarios y los que trabajan la tierra).

El relato de Juan comienza con la infancia y la familia; la guerra y la posterior represión ocupará buena parte de sus memorias. El resultado es una evocación nítida del ambiente obrero de primeros de siglo y de la posguerra, y un fino análisis del trabajo. Juan comienza a trabajar como mozo a los ocho años y será sucesivamente jornalero, espartero, peón de la construcción, guarda, guardia municipal y empleado en un cine, y todo ello al mismo tiempo que cultiva la tierra alquilada o en aparcería. A través de sus recuerdos de situaciones y personajes, Frigolé explora el concepto de hombre en una sociedad estratificada. En los papeles que Juan asume a lo largo de su vida se observan los modelos culturales, la estructura social, las relaciones de poder y, en fin, la formación de una identidad moral y de clase. La honradez, la justicia y la decencia cruzan todo el relato.

Frigolé no pretende ofrecernos un relato completo, y es muy consciente de su propia interferencia. La construcción de su relato implica una selección del material, la elección de un estilo expresivo, la distribución en capítulos y la adjudicación de títulos. El narrador, por su parte, también reconstruye su vida al responder a las preguntas, suprimiendo ciertas informaciones y destacando otras. «Un relato no es la suma de varias entrevistas», sino un diálogo entre el antropólogo y el narrador.

Como marco del relato de Juan, Frigolé nos ofrece, en las cuarenta páginas iniciales, un panorama general de la sociedad y la cultura, un «esbozo de instituciones, conceptos y valores básicos» que comprende el entorno, la economía, la organización social y familiar o la representación simbólica de los roles sexuales. Por otra parte, en numerosas notas a pie de página aparecen informaciones históricas de repercusión local o diversas voces etnográficas de gentes del mismo pueblo que confirman o contrastan partes del relato.

Un hombre es a la vez un interesante testimonio histórico y un fascinante documento humano. A lo largo de sus páginas se aprecia el desarrollo de una persona y su lucha por la supervivencia y la dignidad. El relato está marcado todo él por la memoria del hambre, un hambre crónica de pan y justicia. La memoria de ese hambre en la infancia y en la posguerra, los esfuerzos de un hombre para que sus hijos no pasen hambre, mueve y conmueve de una manera única y marca un pasado no demasiado lejano.

Lévi-Strauss señalaba que la tarea del etnógrafo es «ampliar una experiencia particular hasta alcanzar las dimensiones de una experiencia más general que, por esta misma razón, resulta accesible, como experiencia, a hombres de otro país o de otro tiempo». Eso es lo que Frigolé ha logrado con este relato, Juan ha entrado en la historia.

01/01/1999

 
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