ARTÍCULO

¿Un hijo de nuestro tiempo?

Espasa Calpe, Madrid, 168 págs.
Ed. y trad. de Berta Vias Mahou
 

El llamado período de entreguerras ha sido descrito repetidas veces como un intervalo de rutilante esplendor entre dos tremendas oscuridades, un estallido de luz de tal envergadura que agotó la luz y sumió en las tinieblas al mundo durante un apagón interminable.

Por ese cielo de por sí luminoso pasó como una estrella fugaz un autor de importancia pareja a su desconocimiento entre nosotros, Ödön von Horváth (1901-1938), al que mató estúpidamente una rama de un árbol durante una tormenta, en la antesala de una tempestad. De Horváth, dramaturgo de peso, muy poco representado en España –que sólo ha visto sus Cuentos de los bosques de Viena–, sólo muy recientemente se ha empezado a editar su prosa, en pequeñas joyas de inusual naturaleza.

Un hijo de nuestro tiempo es una de esas pequeñas joyas. Escrita en 1937, cuando lo peor estaba aún por venir, esta novela inclasificable presenta de manera logradamente atemporal, aespacial e incluso anónima (¿cabe imaginar una novela en la que sólo un personaje tiene nombre?) a un arquetipo que raras veces ha ocupado un papel protagónico en la literatura de nuestro siglo: el prototipo del nazi de a pie, es decir, no el promotor, el instigador, el ideólogo ni el dirigente, sino ese ser de cerebro perfectamente lavado, de actitudes perfectamente automáticas, que durante años obedeció, admiró y, lo que es peor, ejecutó las consignas del nazismo, y por tanto, aquel ser que más perfectamente lo encarnó. Desde dentro de su propia cabeza (el relato está escrito en una primera persona alienante por lo fría), seguimos el proceso de sus pensamientos –o la ausencia de ellos– desde su pasado de trabajador sin empleo hasta su terrible final, pasando por una aventura militar en un país sin nombre que desencadena la tragedia moral del personaje, el hombre-masa, el títere del Mal.

La edición de Berta Vias Mahou, que lleva a cabo un buen trabajo de traducción, acomete también el esfuerzo de desentrañar, mediante notas, algunas de las circunstancias espaciales y temporales del texto, pero yo no sé si ese esfuerzo no contraviene el propio mensaje de la novela. Porque la carencia de referentes en que el texto original sume al lector es uno de los más gélidos ingredientes de ese frío que transita por sus páginas como por una casa deshabitada. Es un libro sin esperanza, en el que la presencia de otros personajes positivos (el honorable personaje del capitán, la figura de Anna, el único personaje que tiene nombre), no hace más que reforzar la conciencia del desastre, el carácter apocalíptico del texto. Es un libro preludio de los acontecimientos que estaban a punto de abatirse sobre el mundo.

Ese frío, conjugado con la intemporalidad, son los que más inquietan al lector. En los últimos meses –¿en los últimos años?– se acumulan en las librerías españolas los libros procedentes de o dedicados a esa época de imprescindible pero tenebroso recuerdo, los años comprendidos entre 1933 y 1945. En una sociedad en la que la masa ingente del olvido, la despreocupada desmemoria, la ignorante desmemoria, amplían su territorio hasta mucho más allá del límite de lo peligroso, lo que inquieta en estos libros no es sólo el testimonio de lo que ocurrió, sino la sensación de familiaridad que transmiten. El discurso vacío de este soldado de ninguna parte que aparece en las páginas de Horváth no es tan diferente del de otros soldados que combaten o pueden combatir en otros frentes, al servicio de argumentos tan simplistas, conocidos y banales como éste: «A la patria sólo le va bien cuando es temida, esto es, cuando puede decir que tiene un arma cortante [...]. Pero siempre hay gente obcecada que no ve estas conexiones evidentes» (pág. 47).

El frío sopla. Libros como éste invitan a encender un buen fuego.

01/09/2002

 
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