ARTÍCULO

Un grupo de amigos

Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1996
Edición de Rafael Gómez de Tudanca
272 págs.
 

Las cartas privadas del gran escritor no son ni conversación, ni literatura. Es una vieja falacia suponer que las cartas coinciden con el habla o la sustituyen, puesto que se construyen escribiendo y se van así levantando sobre el devenir peculiar de la escritura. Es bien sabido también que cultivar un género determinado, como la poesía o el ensayo, o querer subvertirlo o mezclarlo con otros, es elegir la literatura y frecuentarla. Pues bien, el encanto excepcional de las cartas privadas de los grandes escritores es que nos permiten disfrutar de la escritura que emplean en los momentos en que no hacen literatura.

Así la espléndida fiesta que nos ofrecen estos dos tomos de correspondencia de Gerardo Diego, José María de Cossío, Pedro Salinas y Jorge Guillén. El que mejor escribe, el que compone más sus cartas, es Cossío, precisamente porque es el menos escritor, el menos poeta, de los cuatro. Los demás juegan con las palabras como y cuando quieren, libres de ataduras formales, y van a lo suyo, que es hablar de literatura constantemente pero no producirla en sus prosas diarias y más o menos utilitarias.

Debemos agradecer a Rafael Gómez de Tudanca y José Bernal Salgado la oportunidad de sumergirnos en este vasto mundo desordenado, fragmentario, pero maravilloso y obsesivo como una gran novela del siglo XIX . Son dos bellas ediciones, presentadas con esmero y manifiesto cariño. Como son tantos los nombres y las alusiones perdidas que pululan en las cartas, las notas explicativas se vuelven indispensables. El saber considerable de José Bernal nos proporciona estas aclaraciones con mucha precisión a pie de página. Rafael Gómez prefiere colocar al final sus anotaciones, como también sus glosas y comentarios. Quedan pocas lagunas y menos misterios, que acaso disipen futuras reediciones. Por ahora se nos ofrece la lectura en el tomo de Rafael Gómez (el subtítulo, Nuevas claves..., es algo excesivo) de 156 cartas, 100 de Gerardo Diego y 56 de José María de Cossío (todas menos 21 antes de 1930); y en el de José Bernal de 163 cartas: 18 de Salinas, 79 de Guillén, 66 de Diego.

En el tomo tripartito todas las cartas de Diego menos una van destinadas a Guillén. Y todas las de Guillén y Salinas van dirigidas a Diego. De tal suerte la figura de Gerardo Diego ocupa el centro de estos intercambios epistolares, es evidente que con todo merecimiento. Adviértase asimismo que más de la mitad de las cartas de los tres poetas, en el tomo titulado Correspondencia (1920-1983), son anteriores a la guerra civil. Salinas sólo escribe una carta a Diego después de ésta; y muere en 1951. A partir de los años sesenta Diego y Guillén reanudan su correspondencia, que mantienen fidelísimos hasta la muerte.

En la medida en que estos textos no son literatura, encontramos en ellos muchos momentos, datos y curiosidades de interés personal y biográfico. Cierto biografismo se vuelve ahora recomendable. Las personas ocupan el primer plano. O la personalidad, como la de Cossío, de quien decía más arriba, cargando un poco la suerte, como él diría, que se esforzaba por escribir bien; y que muchas veces lo conseguía, con gran exactitud, como cuando enjuicia el ultraísmo, en carta del 14 de agosto de 1920, opinando que la Odisea era más actual que un himno al micrófono, «ya que nada hay más opuesto a lo actual que lo momentáneo, como nada hay más opuesto a lo universal que lo cosmopolita». Cossío era un crítico agudísimo, un sabio, y al propio tiempo un personaje insólitamente completo: cazador, bibliófilo arriesgado, más taurino que nadie, como todos saben, y presidente del Racing de Santander de 1931 a 1936. No daré aquí más ejemplos. El cotilleo de los escritores en sus cartas provoca hoy nuestro metacotilleo. Pero conste que por esta aproximación a las personas se paga un precio precioso. Las pillamos en momentos de descuido, debilidad o grave limitación en tal o cual terreno. Hay caídas terribles. El lector, algo voyeur, tiene que hacer un esfuerzo por no perder el equilibrio y no aplicar luego a la obra del poeta el fácil biografismo que las cartas le brindan.

Son cartas extraordinariamente literarias, en lo que a su temática se refiere. El motor es la amistad y el asunto es, mayoritariamente, la poesía. Y también la literatura, quiero decir la vida literaria, con sus concursos y premios, sus suscripciones, sus tintas de color y sus tiradas en papel hilo. Las revistas ocupan un sitio preeminente en el progresivo avance de un grupo de amigos que van forjando una «nueva poesía» durante los años veinte. Asimismo confirman estos epistolarios que los poetas del grupo poseían una vocación literaria excepcional, prioritaria, constante, invencible. Nada de poetas du dimanche, inspirados y esporádicos. Por eso digo que estas cartas son extraordinariamente literarias. Es que eran todos muy amigos, pero en cuanto poetas porque lo eran en potencia siempre. La amistad aproximaba la poesía a la vida de todos, así como la poesía ofrecía sus contenidos y sus pasiones a la amistad. En la actualidad, admirar lo que hay en una obra literaria nos hace sospechosos de inmanentismo, de insuficiente aprecio del acto creador de la lectura, de ignorancia ideológica, etc. Pero aquellos jóvenes escritores de los años veinte y treinta tenían y practicaban una gran capacidad de admiración. Les gustaba de verdad la poesía, la verdadera en su opinión, con ilimitado entusiasmo, del que era símbolo su fervor gongorino. El día en que Diego descubre el Orfeo de Jáuregui, no cabe en sí de gozo: «Hoy sólo tengo espacio para el entusiasmo», escribe a Cossío el 25 de enero de 1926. Todos van descubriendo así a los poetas menos conocidos del siglo de oro: Medina Medinilla, Bocángel, Polo de Medina, Soto de Rojas, Aldana, Valdivielso... Los nombres que hoy suscitan tres o cuatro ediciones críticas en nuestras colecciones de clásicos, bien asentadas en sus cánones, son entonces sorpresas y revelaciones. Y el centenario de Góngora nada tiene que ver con la mayoría de los centenarios actuales, frutos del febril eclecticismo oficial y de la entrega pasiva al tiempo externo y público. El de Góngora es un centenario madurado, deseado impacientemente durante años, hasta que por fin llega el 1 de enero de 1927 y se puede enarbolar su bandera, emblema de la guerra declarada al academicismo, la mediocridad crítica y el establishment literario.

Veintisiete, sí, pero lo de «Generación del 27» no agrada a Gerardo Diego (carta a Guillén del 26 de agosto de 1971) ni a Jorge Guillén. Insiste éste en la «contemporaneidad» de espíritu que une a un grupo de amigos, pero que no es más que eso: un grupo. Verlos como una generación, en el sentido historiográfico del término, es un error, porque representan una cala muy insuficiente en el conjunto de la época, tan rico en poetas y prosistas muy variados. Y desde el momento en que se habla de generación, ese acordeón ampliable, el grupo de amigos tiene que abrirse a quienes no lo eran tanto, o no lo eran en absoluto. De tal forma quedan deterioradas las dos cosas: la idea de generación y la verdad del grupo.

Claro está que el grupo, que hoy consideramos como un bloque simultáneo, sincrónico, en realidad se fue formando, definiendo, entretejiendo poco a poco. Conforme leemos las cartas, parece que vamos reuniendo los diferentes momentos de un relato. Algunos de los protagonistas, como Diego y Guillén, primero se leen, luego se escriben y más tarde se conocen personalmente. Desfilan los años, se afirman las afinidades, los más jóvenes maduran, los unos influyen en los otros y finalmente van emergiendo los mejores. El 29 de septiembre de 1930, escribe Diego a Cossío, se juntan varios para comer con Juan Guerrero: «Hoy nos reunimos a comer Salinas, Jorge, Federico, Alberti, Cernuda, Dámaso, Guerrero... El gran completo». Cierto que cada carteggio no puede sino ofrecernos un ángulo reducido, o dos o tres, sobre unos espacios y unos tiempos tan complejos. Guillén y Diego siguen escribiéndose hasta el final, seis meses antes de la muerte del primero. Su fidelidad conmueve profundamente. Pero ellos saben que los mejores años de sus vidas quedan atrás, muy atrás. En estos dos volúmenes el centro cronológico y literario, el que evoca todo un mundo, como decía, apasionante y novelesco, es el de los años veinte y treinta. Es otra España, la que vislumbramos aquí en filigrana, de vitalidad y riqueza casi fabulosas. Lo subsiguiente viene después. Y suele ser un triste después.

01/04/1997

 
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