ARTÍCULO

Confinados

Premio Nadal 2005 Destino, Barcelona
254 pp. 19
 

No ocultaré la curiosidad que tenía por leer Un encargo difícil –novela con la que Pedro Zarraluki ha obtenido el Premio Nadal 2005– desde que escuché las declaraciones del autor referidas al cambio de rumbo que esta obra representaba respecto de su anterior trayectoria narrativa. Ni tampoco ocultaré haber sentido cierta inquietud ante la posibilidad de que la anunciada «historia de espías y posguerra en la isla de Cabrera» supusiese el abandono de los parámetros que caracterizaban el buen quehacer de Pedro Zarraluki.Afortunadamente, no hay tal cosa. Es más, Un encargo difícil tiene el inconfundible sello del autor, al menos en tres o cuatro de sus rasgos medulares.

Para empezar, la muy cuidada estructura escénica (teatral más que cinematográfica) con que se trama la historia, que se presenta y desarrolla a partir de la sucesión y combinación de una serie de secuencias y episodios hilvanados con gran naturalidad y extrema fluidez, cuyo centro lo ocupa siempre un personaje (o varios, según) porque tan importante es en esta novela de acción el contar como el mostrar: relatar los hechos en las criaturas que los desencadenan, protagonizan, afrontan, etc. Es significativo que la novela empiece por el final, con el desenlace y resultado de ese «encargo difícil» que un comisario de Palma de Mallorca le hace a Benito Buroy, porque así el lector puede dedicarse a paladear la letra menuda de dicha historia y ver la repercusión de los hechos cotidianos filtrándose en la interioridad de los personajes, así como las variadas relaciones afectivas que van entablándose entre ellos. Puede, además, así el lector atender al dibujo de la estructura narrativa, a la red de correlaciones y antítesis que se dan entre los componentes de la historia, porque, salvo la inversión cronológica inicial, la novela progresa linealmente, con leves vaivenes prospectivos y retrospectivos, a lo largo de los quince días en que transcurre una historia cuya densidad existencial desborda con creces el escueto marco anecdótico: verano de 1940.

Otro rasgo inconfundible es la habilidad del autor para acotar un espacio reducido y confinar en él a sus personajes, sea éste una casa aislada en las afueras (El responsable de las ranas), un céntrico hotel barcelonés (Hotel Astoria) o la masía ampurdanesa de un editor (Para amantes y ladrones).Y es que, como decía el narrador de esta última novela, un grupo de personas encerrado en un pequeño espacio genera una historia progresivamente absorbente. Además de saber acotarlos, Zarraluki sabe también crear o recrear esos espacios, gracias a la selección y el despliegue de finísimos detalles que transcienden la mera descripción exterior o específicamente geográfica y cobran su máximo relieve cuando sirven al trazado de una atmósfera de época.

En Un encargo difícil, ese pequeño espacio es una islita –Cabrera– donde la gente parece vivir sin hacer nada porque el ritmo lento rige cualquier actividad y «una lejanía esencial, una lejanía que no atendiera al espacio sino al aislamiento y la soledad» se había instalado en ella. Junto a los lugareños –el viejo pescador Lluent, la cantinera Felisa García (¡qué personaje!) con su marido Paco y el hijo de ambos, Andrés– o los militares allí destinados –capitaneados por Constantino Martínez–, conviven otros personajes cuya común impronta es la derrota y cuya común tarea, la supervivencia. Son la joven Camila y su madre, Leonor Dot, quien, afectada por la reciente tragedia civil, llega allí en un estado de atonía y ausencia y vive anclada en un pasado que necesita rememorar continuamente para seguir sintiéndose viva.Y Markus Vogel, un enigmático alemán sospechoso de haber traicionado al Tercer Reich realizando tareas de contraespionaje para los británicos, recluido en una titánica lucha por el autodominio, que vaga errático y extraviado primero por no perder el control de su pensamiento y después por la insoportable espera del anunciado regreso de su asesino, Benito Buroy. Éste es, sin duda, el personaje más hondo y trágico a la par que el más patético en cuanto que hombre avergonzado de sí mismo que arrastra la espantosa sensación de haberse convertido en un mamarracho debido a la conducta mantenida tras la caída del frente del Ebro; Buroy no sólo es un derrotado, como los otros, sino un vencido a quien no bastó la delación inicial para salvar su pellejo y que sigue obligado a realizar los trabajos sucios que le encarga el comisario, como este encargo difícil que constituye la intriga de la novela.

Y aún habría que hablar de un tercer grupo de personajes de presencia esporádica pero que son justamente los desencadenantes de distintos episodios fundamentales para el avance de la historia: el carbonero Pascual, al que devuelven a su isla natal para ser ejecutado; el piloto alemán Hermann, cuyo avión se estrella allí, y los tres marrajeros. Lo más interesante de la novela no es cómo se resolverá dicho encargo, sino las relaciones humanas que van estableciéndose a partir de las múltiples situaciones creadas, de los pequeños incidentes cotidianos, de las desgracias o de las sorpresas, de los secretos y ocultaciones, del incesante espionaje a que se someten unos a otros, de las tensiones y polaridades que ese confinamiento genera. Sobresale la difícil relación del verdugo con su víctima, pero también la de Leonor Dot y Felisa García, así como la de Camila y Andrés, por citar la tríada más destacada, aunque sin olvidar otras relaciones que, si bien más oblicuas y sesgadas, van tupiendo y adensando el tejido narrativo, cuyos hilos Zarraluki mueve con admirable destreza a fin de imantar a los personajes entre sí y hacerlos converger en escenas de tipo coral.

Todos ellos, sin embargo, tienen su dosis de robinsonismo y todos comparten una misma carga: la vida en tiempos de muerte fácil. Lo que les lleva a pensar que la vida es una mierda (Paco y Leonor) o que es demasiado larga (Lluent) o que es una historia escrita por un loco (Buroy, con ayuda de Shakespeare). Por fortuna, tampoco desaparece el humor, tan característico de la narrativa de Zarraluki. Un humor tierno y cordial cuando se aplica a Felisa García; más avieso, si aplicado al capitán Constantino; decididamente negro y absurdo, a ratos grotesco, si empleado para narrar ciertas gestas o describir los elementos más castizos de nuestro ruedo ibérico.

Y un último rasgo también característico del modus operandi de este escritor: la introducción de un contrapunto perspectivístico.A la narración en tercera persona se le añaden fragmentos del diario que empieza a escribir Camila, una adolescente que, como la Ana de Hotel Astoria o el Pedro de Para amantes y ladrones, siente que está creciendo, que debe abandonar «el vicio de la niñez» pese a temer que convertirse en un adulto suponga «adquirir la capacidad de ensuciar las cosas y de causar el mal».

Pero Camila crecerá, ¡y de qué modo! Quizá porque no está inmóvil, a la espera de nada, como los adultos, sino pendiente de sí misma, la mirada de Camila se torna cada vez más aguda y certera.Y así, al final, puede anotar en su diario que los hombres «dan mucha pena cuando pierden lo que son [...]. Estoy segura de que ahora mismo el capitán Constantino, y Benito, y Hermann, y Paco y el Lluent andarán dando vueltas y más vueltas a las causas pendientes que les impiden cerrar cada noche un capítulo y abrir uno nuevo a la mañana siguiente, como hago yo cuando escribo este diario. Parecería que todos buscaran vengarse los unos de los otros, y que eso les llevara a vivir en suspenso, esperando el momento de hacerlo».

01/05/2005

 
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