ARTÍCULO

La invención de la patria

Alfaguara, Madrid
404 pp. 19,50 euros
 

Ahora que se celebra el segundo centenario de la insurrección de los madrileños contra el ejército imperial francés, Arturo Pérez-Reverte ha novelado los acontecimientos del 2 de mayo de 1808. Un día de cólera cuenta el nacimiento de un personaje multitudinario al que podríamos llamar el pueblo español o la nación española. En la tarde del mismo 8 de mayo Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles, promulgaba un bando para llamar a las armas y «escarmentar tanta perfidia»: «No hay fuerzas [...] contra quien es leal y valiente, como los españoles lo son». La nación era la comunidad unida por la tierra de los antepasados, de quienes se hereda un puesto en el cuerpo social, una lengua, una religión, un rey. El patriotismo es una emoción muy personal y a la vez compartida («el odio contra los franceses se comunicaba de corazón a corazón de modo pasmoso», escribió Benito Pérez Galdós en su El 19 de marzo y el 2 de mayo), y Pérez-Reverte ha subrayado el carácter personal de la rebelión, al calor de la irritación íntima de cada individuo frente al extranjero que le invade la casa y le falta el respeto en la calle, la soldadesca que bebe alegremente en la ciudad tomada sin disparar un solo tiro.
«Este relato no es ficción ni libro de historia», avisa Pérez-Reverte, que ha reunido «en una historia colectiva, medio millar de pequeñas y oscuras historias registradas en archivos y libros». La imaginación está en el modo de unir las piezas veraces del relato, como dice el propio novelista, capaz de introducirse en la conciencia de sus personajes históricos, oír sus palabras, ver cómo se corta al afeitarse el edecán de Murat («es la primera sangre que se derrama el 2 de mayo de 1808»), o leer una frase del libro que el edecán tiene en la mesa, El último abencerraje, a propósito del pueblo español, generoso sin límite hacia los extranjeros, pero «terrible en su venganza cuando se le traiciona». Tres traiciones pudo haber en los días del levantamiento de Madrid: la traición de los Borbones españoles a sus súbditos, dividida la familia real entre el viejo Carlos IV y su joven heredero, Fernando, y entregada a Napoleón; la traición de los aliados franceses al amparo del Tratado de Fontainebleau, que repartía Portugal entre los Borbones, Godoy y Napoleón, y permitía la entrada en España de veintiocho mil soldados imperiales. «Se apoderan por sorpresa de las principales plazas y fortalezas», escribió Benito Pérez Galdós, al recordar la irremediable «barbaridad que han hecho dejando entrar a los franceses». La tercera traición al pueblo sería la protagonizada por los estamentos superiores de la sociedad española, condescendientes con el invasor.
Pérez-Reverte se centra en el pueblo traicionado o, más exactamente, en individuos, uno por uno, de ese pueblo. Su narración trepidante de lo ocurrido en aquel día legendario busca lo inmediato, lo sensorial, lo sentimental, lo sentido y pensado en el momento por los personajes de su trama. No se detiene en posibles conspiraciones previas a la insurrección, aunque, vista a dos siglos de distancia, la espontaneidad de aquel día resulte un impulso súbito aparentemente ensayado, en el que participaban nobles ya presentes en el motín de Aranjuez de marzo de 1808, contra Godoy y a favor del príncipe heredero, mezclados con sus sirvientes y vestidos como ellos. El pretexto para el levantamiento madrileño reproducía el motivo del amotinamiento del 19 de marzo: si en Aranjuez enardeció a la multitud el posible traslado del caído Godoy a Granada, en Madrid se calentó al pueblo con el viaje de los infantes españoles a Francia. Uno de los provocadores del motín de Aranjuez es, en Un día de cólera, el primero en llamar a la revuelta y el primero en derribar a garrotazos a un francés. Pero la historia trata de cosas ya no perceptibles, y Pérez-Reverte no fabula sobre conspiraciones indemostrables. Le interesa el clima de la jornada, el presentimiento, el miedo, la valentía, la viveza del cuerpo a cuerpo en la escaramuza y la escabechina mortal, el esplendor de las armas y los uniformes, la indignación y el furor ante el extranjero que abusa de la hospitalidad, cada momento individualizado en personajes de quienes ha quedado memoria documentada. Una sucesión de memorables historias minúsculas ocupa el lugar de la gran historia.
El relato de la batalla callejera se de­sarrolla en torno a los tres focos de resistencia al francés: la puerta del Sol, a la que se asoma Goya desde un ventanal de la calle de Valverde, un poco antes de la carga de los mamelucos; el combate en la puerta de Toledo contra los coraceros a caballo; la defensa del parque de Artillería de Monteleón, con sus dos capitanes, el frío Luis Daoiz y el enardecido Pedro Velarde. Daoiz es veterano, competente, tranquilo e ilustrado. El inquieto Velarde es joven, ambicioso, con prestigio, pero sin experiencia en combate. No ha tenido ocasión de probar su valor, y ahora es encendidamente partidario de tomar las armas contra los invasores, a pesar de la insuperable diferencia de fuerzas. «El mejor ejército del mundo es un español cabreado y con un fusil», le hace decir Pérez-Reverte, y la ponderación de Daoiz cede ante el amor propio compartido, el arrebato patriótico, nacional.
La contraposición entre Daoiz y Velarde es una de las antinomias que sirven para transformar las aventuras individuales en un empeño colectivo: el español contra el francés, la generosidad temeraria del pueblo llano contra el cálculo y la mezquindad de los estamentos superiores, la condena de los jerarcas religiosos ante «el alboroto escandaloso del bajo pueblo de Madrid» y el heroísmo de los curas que dirigen la insurrección, «aquellos clérigos que me causaban al propio tiempo horror y desprecio», como recogió Blanco White en su Autobiografía. Los coloridos uni­formes imperiales, descritos con amor de anticuario, resplandecen menos frente al vestido variopinto de los madrileños, que encarnaban aquel día una nueva figura de combatiente: el guerrillero, el insurrecto popular. Carl Schmitt ha explicado en su Theorie des Partisanen (en su origen dos conferencias de 1962, en Pamplona y Zaragoza) esta irrupción del pueblo preburgués, preindustrial, frente al ejército regular, moderno y bien organizado. Combatiente irregular, «el guerrillero no espera del enemigo ni derecho ni piedad». Se cubre, sin uniforme, con la ropa de todos los días, y éste es un rasgo que lo caracteriza tanto como su táctica bélica: «Movilidad, rapidez, ataques y retiradas». «En España el guerrillero arriesgaba el todo por el todo en una batalla sin esperanza», decía Schmitt. La variedad de la ropa de los insurrectos, cada uno equipado según su puesto en la división estamental, es compensada por la unanimidad de sentimiento, la emoción o el espíritu de nación.
El problema de la historia como género literario plantea en el fondo lo que Schmitt llamaba «la distinción entre el amigo y el enemigo». El filósofo de la historia Hayden White le dijo un día a Verónica Tozzi que «el pasado tiene que ver con nuestros muertos y a ellos no podemos recordarlos con actitud aséptica, científica». El novelista Arturo Pérez-Reverte, con su don para la frase directa y emocionante, ha añadido a la visión panorámica del levantamiento en Madrid una mirada en primer plano que utiliza la ironía como instrumento óptico para dar profundidad a la escena. No es un elemento distanciador, sino, por el contrario, una ironía humanizadora, redentora, una forma de simpatía, de identificación con los madrileños que se lanzan al combate callejero. Es la marca del autor, la marca de su reflexión sobre el acontecer histórico. Si no fue así exactamente, así pudo ser.

 

01/03/2008

 
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