ARTÍCULO

Un costumbrista de las Bellas Letras

Fundación José Manuel Lara, Sevilla
480 pp. 21,55 €
 

De la biografía de Serafín Estébanez Calderón (1799-1867) conviene retener algunos detalles que, aunque puedan parecer a primera vista briznas insignificantes, ayudan sobremanera al entendimiento cabal de la escritura de este singular autor. En punto a comprender cómo Estébanez usaba y abusaba a la altura de 1840 de técnicas retóricas tan clasicotas como la evidentia o la écfrasis, bueno es saber que con veinte años ya había logrado la cátedra de Griego en la Universidad de Granada, o que en 1822 ganaba la de Retórica y Bellas Letras del Seminario malagueño; con respecto a asuntos de distancia en la voz del narrador testigo y eso que llamamos autenticidad de los cuadros dibujados, es revelador que los artículos periodísticos que nutrirán la primera edición de las Escenas andaluzas se escribieron desde Madrid y tras haber tratado Estébanez a Próspero Merimée; en cuanto a la ideología casticista que informa las Escenas, necesario es conocer que Estébanez nació en el seno de una acomodada familia, que supo emparentar nada menos que con el banquero José de Salamanca; que ya en 1831 Estébanez había urgido a Fernando VII en una de sus poesías a reconquistar los virreinatos de ultramar; que ensoñó con refundar un imperio norteafricano –según leemos en su Manual del oficial en Marruecos (1844)–; que al poco de editarse sus Escenas, Narváez gobernante, se le encargó por real orden la redacción de una Historia de la Infantería Española para rememorar glorias añejas; que en 1849 acudió, con cargo oficial, a la patética expedición militar en ayuda de los Estados Pontificios; o que, en fin, en 1856 habría de ser nombrado consejero real y en 1859 consejero de Estado.
Con tal ejecutoria, no extraña que Estébanez, bibliófilo y anticuario, ingresase como académico en la Real de la Lengua en 1844, y que la es­critura de sus Escenas andaluzas sea enteramente pompier. Idóneo antes de que se abusara de tal adjetivo en política y literatura, Estébanez participó de ese nacionalismo precario que entendemos por casticismo y que tiene como manifestación principal, aunque no única, la obsesión por la restauración idiomática a través de ejercicios de ostentación retórica, generalmente arcaizante, o de una supuesta recuperación de giros y dichos populares, señaladamente limitada a los blancos y pintorescos.
A la tarea de reubicación crítica de la obra de El Solitario en los anaqueles de nuestra historia literaria ha dedicado la editora del presente volumen, Carmen Blanes, afanes y lecturas, cuyos resultados pueden verse tanto en esta reedición como en el libro Romanticismo y costumbrismo; el contexto de las «Escenas andaluzas», también de 2006. La factura material del libro es impecable, seña de identidad de la colección «Clásicos andaluces» que dirige José Lara Garrido, y a su altura está el plan­tea­miento de la reedición crítica de este clásico menor: introducción donde no falta la necesaria minuta biográfica, un capítulo dedicado a la puesta al día, bien examinada, de los estudios dedicados al costumbrismo, y otro a la fortuna historiográfica de Estébanez. Acompañan la edición, profusamente anotada, los imprescindibles «Historia del texto y criterios de edición», además del apéndice con las variantes textuales que vivieron las Escenas en su paso del periódico al volumen de 1847.
Sabe elevarse la editora sobre los rigores filológicos scholares gracias a una diestra utilización de la expolitio de textos críticos ajenos, de tal modo que no cansa la sucesión de las diferentes voces académicas entrecomilladas, algo especialmente difícil en el capítulo biográfico, donde apenas es dable ignorar las noticias dadas en su día por el sobrino y principal responsable –junto a Juan Valera– de la perdurabilidad de la memoria de Estébanez, Antonio Cánovas. Cuando es la propia voz crítica de Blanes la que se alza en su examen de Alajamí Malagón Farfalla –así llamó el malicioso Bartolomé José Gallardo a nuestro malagueño– podemos escuchar aciertos como los de calificar las Escenas de «largo friso animado» –¡cuánto da de sí esta noción aplicable a buena parte del si­glo xix y a la pervivencia, diríamos ideológica, de las citadas evidencias y écfrasis!–, o como la insistencia en la evaluación de un yo narrativo y autorial que asiste a su realidad ensoñada «cargada de ideología» y con ribetes de autocomplacencia y narcisismo. Muy didáctico es el capítulo bajo el epígrafe «La voluntad de ficción», donde Blanes expone con claridad el esquema básico del ar­tículo de costumbres y la peculiar contribución de Estébanez al género por medio de un estilo inauténtico, artificioso e impostado.
Y es que estas estimaciones peyorativas se cuelan tácitamente en la contracubierta del libro –Condenado a injusto olvido...– y explícitamente en frases como «otro signo de vacuidad y motivo de cansancio para el lector», o también cuando la editora se pregunta por qué Estébanez no fue ya escritor popular en su día. Conoce Blanes que El Solitario enseñó su peculiar Andalucía como si de un cicerone eutrapélico que gusta de escucharse sus pleonasmos y latinismos se tratase. Incluso participando del impulso nacional por inventariar, casi burocráticamente, costumbres españolas, Estébanez, a diferencia de Larra y aun de Mesonero, representó quizá como ningún otro ese estilo isabelino que tan bien supo satirizar benévolamente Galdós. Al cabo, si Larra y Mesonero fueron costumbristas literarios –aceptando que la literatura adquiere carta de naturaleza con el Romanticismo–, Estébanez hubo de quedarse anclado en las Bellas Letras, y así, arqueológicamente hablando, ha de leerse su obra.

01/06/2007

 
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