ARTÍCULO

Un camino desierto

Círculo de Lectores, Madrid
Introducción de Juan Goytisolo; Trad. de Ana Inés Bonnín y José Martín Arancibia
210 págs.
 

Algunos libros nacen rodeados de mimos y cuidados que no siempre redundan en su favor pues ponen de relieve sus insuficiencias. Este es el caso del que nos ocupa. Reuniendo en un solo volumen dos libros muy distintos (Las casetas de baño y Rue d'Aboukir) la Galaxia Gutenberg, del ahora prestigioso Círculo de Lectores, no pretende otra cosa, sin duda, que rendir homenaje a la memoria de su autora, totalmente desconocida en España. Monique Lange, nacida en 1926 y fallecida repentinamente en 1996, estuvo unida sentimental y existencialmente a Juan Goytisolo a quien ayudó de manera especial en su carrera literaria desde el puesto directivo que ocupaba en la Editorial Gallimard, como también ayudó a muchos otros españoles que llegaban a París por aquellos años de exilio, forzado para algunos e inducido o voluntario para otros, pero siempre cruel. ¿Por cierto, para cuándo la historia de la edición contemporánea europea donde se nos cuente cómo se boicoteó a las editoriales españolas por motivos puramente políticos, pues se creía –esa era la consigna en la época– que así se derrocaría antes al régimen de Franco? Porque no sólo fue la censura franquista la que impidió que se tradujeran muchas cosas. También algunos editores, como Gallimard y algunos autores, como Malraux, prohibieron que se tradujeran sus libros en España, mientras gobernara Franco, sin darse cuenta de que con esa actitud ayudaban en realidad a quienes pretendían derrocar, al anticiparse a un posible rechazo –no siempre asegurado– de los censores. A quienes sí perjudicaron fue a los lectores españoles que no tenían la culpa de nada. Hay mucha gente que no sabe esto y convendría decírselo. Y también conviene recordar que ya existía la editorial Seix Barral donde se empezaban a publicar, precisamente en aquellos años duros muchas cosas que, en principio, parecían imposibles.

La verdad es que los años cincuenta y sesenta fueron muy difíciles para los españoles, tanto dentro como fuera de España, pues si dentro el panorama cultural era hostil y desolado, fuera, en el excesivamente mitificado «extranjero», resultó ser bastante negativo y retrasó de manera considerable el rearme moral del que estaban tan necesitados los escritores españoles. Me explico: con su postura victimista y autopunitiva la intelligentsia española antifranquista instalada en París (pues no ocurrió lo mismo con la que se instaló en las dos Américas) contribuyó a que, en Francia y a través de Francia en el resto de Europa, se impusiera la imagen de una España inculta, prácticamente ágrafa y sin pasado consistente. Sin duda esa actitud, más que a un plan premeditado, obedecía a criterios políticos muy arraigados en nuestro país (decía Galdós que en España el rencor es un argumento político) y al factor psicológico, plenamente humano, de agradar a quienes te ayudan estimulando su piedad y su paternalismo. A veces he llegado a pensar que uno de los muchos males del franquismo fue el tipo especial de antifranquismo que generó. Todavía estamos sacudiéndonos el barro que unos y otros echaron sobre nuestra cultura, los franquistas porque quisieron reducirla a un mero recuerdo de pasadas glorias sofocando, mediante una censura pacata y rencorosa, la voz y el talento de quienes podían continuarlas, y los antifranquistas, porque para oponerse al franquismo negaron todo tipo de glorias pasadas, presentes o futuras que se pudieran dar o haber dado en España. El catálogo de errores y de necedades a que dieron lugar una y otra postura sería largo y digno de un estudio pormenorizado.

Precisamente el libro de Monique Lange es fiel reflejo de estas penosas circunstancias. De los dos libros que aquí se traducen Las casetas de baño (1982) es el mejor y el más interesante desde cualquier punto de vista. En esta novelita corta, escrita en su edad madura, los elementos autobiográficos son una constante hasta el punto de que se pueden encontrar muchas claves de la vida y de la literatura del propio Goytisolo. La autora relata el rito de pasaje amoroso de una mujer, convaleciente de una grave depresión, que entra en un período de su vida en el que el amor dejará de estar regido por el deseo para nutrirse de recuerdos no demasiado satisfactorios desde el punto de vista erótico pero muy intensos desde el punto de vista afectivo. En la narración se intercalan episodios de su vida en los que los españoles y España están presentes, con mucha sangre de toro, mucho vino y mucha jarana nocturna de por medio, porque otro de los enigmas de esa época todavía reciente es la extraña coincidencia entre los enemigos (franquistas y antifranquistas) en unirse en una causa común nacional. Me refiero a los toros, el flamenco y el tapeo por tabernas oleaginosas del barrio chino de Barcelona, como si en España, esa España que la autora/protagonista visita con frecuencia, no hubiera nada más relevante en qué fijarse, sobre todo cuando se la quiere salvar de aquellos que precisamente fomentaban esas «aficiones» por encima de cualquier cosa.

En los cuentos, más primerizos, que siguen a esta novelita, en particular los titulados Rue d'Aboukir y La playa española, Lange vacila entre una escritura intimista y testimonial, de corte existencialista, y las obligaciones que le impone su compromiso político, que no necesitó de la existencia de Goytisolo ni de los españoles exiliados para manifestarse, pues ella misma fue una decidida activista de izquierdas y fue procesada por firmar el «Manifiesto de los 121» en favor de la deserción, durante la guerra de Argelia. Como siempre que la denuncia política se mezcla con la literatura (salvo honrosas excepciones) el resultado es insatisfactorio y suele ir en detrimento del componente puramente literario. En este caso, la autora no duda en sacrificar su tendencia al lirismo en aras del ya citado «compromiso» político y consigue un producto que se queda a medio camino de nada. Rue d'Aboukir narra el episodio de una criada italiana (en realidad, la esposa de un industrial de Milán que huyó asqueada de los privilegios –léanse comodidades– de su clase social) dispuesta a sacrificarse para salvar de la cárcel a su amado «señorito», comprometido con el FLN argelino. La playa española es un ejemplo de todo lo dicho anteriormente sobre la complacencia (y la consigna) en dar una imagen reductora y tópica de España. De muestra, un botón: «En España hay siempre niños en las rodillas, mujeres de rodillas y madres que lloran» (sic), y otras cosas en el más puro estilo de la época.

En el último cuento de esta serie, Elentierro, la escritora de verdad reclama sus derechos y se impone a su omnipresente compromiso político. Todo su talento, lo que ella podía haber sido y haber explotado, está contenido aquí, aún más que en Las casetas de baño. En él, ejerce su maestría literaria y da rienda suelta a sus verdaderas obsesiones, la reiteración de la memoria, la angustia existencial, el sentimiento de culpa obsesivo y sofocante se expresan a través de la repetición secuencial de determinadas palabras y frases, junto a la alternancia de modos y tiempos verbales. Pero en general Monique Lange como creadora no parece haber tenido demasiada suerte ni tampoco lo que refleja de su vida parece demasiado positivo. Como dice Manuel Ruiz Lagos en su epílogo, Lange es Dama Melancolía y así se nos muestra: una mujer atormentada empeñada en hacer, por medio de la literatura, una búsqueda del Santo Amor/Grial para encontrarse de bruces con la Soledad y la Muerte. Tampoco fue buena la etapa literaria que le tocó vivir, y ese «Nouveau Roman» al que pertenece en tono menor, se tuvo que nutrir con las sobras de lo que dejaron los grandes escritores que les precedieron, a ella y a muchos otros que, tristes como sólo ellos podían serlo, hicieron un banquete con dichas sobras y, conscientes de la cultura a la que pertenecían, utilizaron todos los recursos formales de la lengua francesa con fines algo destructivos y resultados casi siempre poco afortunados. Al intentar castigar, se castigaron ellos mismos, tanto, que incluso los mejores –como decía Marthe Robert de Marguerite Duras, y por cierto Monique Lange también pasó su infancia en Indochina– sólo pasearon su espejo de novelistas por un camino desierto.

01/08/1998

 
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