ARTÍCULO

La formación del relato

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
238 pp. 18 €
 

Las memorias de Antonio Gamoneda recorren algunos de los límites imposibles que sus poemas abren. O, por decirlo de otra manera, dan carnalidad a anécdotas que, rayadas en lo intransigente, habían alcanzado ya condición de mito, como la cuerda de presos que de niño veía pasar hacia el Hostal de San Marcos en León, o el cinturón de pena y la miseria en la garganta de la posguerra. Son lo que él llama «indicios de narraciones impecables». Avanzar, más que regresar, desde esa última reducción a la expansión de un relato autobiográfico era atravesar un abismo inconmensurable. Las anécdotas de sus poemas no son ni nuevas ni únicamente suyas, y corrían el peligro, al dilatarse, de dar un ligero sabor a cosa ya visitada. Están en Incierta gloria de Joan Sales, por mencionar una sola obra relevante, y algunas de las anécdotas que se relatan encajarían perfectamente en la serie de televisión Cuéntame. Por ejemplo, el viaje del niño de diez años a la vendimia y su confrontación con un mundo ajeno, apabullante, aislada e intensamente rural. Esto no significa demérito para ninguna de las obras mencionadas, sino diferencia de ser. La resolución, entonces, no era fácil. Aunque, si lo pensamos por un momento, la confrontación imposible ha sido una constante en la escritura de Gamoneda. Para encontrarle forma verdadera a una experiencia no escriturada previamente, ha tenido que internarse en horizontes no hollados, y abrir la nuez obrera del Blues castellano, o segregar el insólito entramado de su Libro de los venenos, por mencionar dos casos ante los que la crítica suele pasmarse.
Se trataba entonces de alcanzar una escritura que imbricara de manera indispensable espacios conocidos, tanto de su propia obra como de una historia común. Un relato autobiográfico obliga a ir en busca de otros materiales. Son varias las ocasiones en que, avanzado el relato, el autor regresa a alguna anécdota previa porque súbitamente recuerda algún detalle, o que, durante la marcha, hace correcciones o amplía la intencionalidad de algún dato determinado. En un pequeño fragmento en el que retrata la hambruna y la picaresca de la posguerra, escribe: «El transporte de la remolacha era inseparable del frío». La poderosa conjunción de color, movimiento, ritmo, época, necesidad y temperatura son reconocibles de inmediato sólo como suyas. Cito una más, de ese mismo párrafo y la misma tónica: «Las caravanas avanzaban sobre largas y anchas cintas de escarcha». Sueltas, ambas frases quedan reverberando, iluminadas por un rayo e inmediatamente vueltas a su propia oscuridad, no hiladas en la representación de un paisaje o en la narración de una anécdota. En este libro, sin embargo, forman parte de acciones puntuales que encadenadas unas a otras llegan a un resultado previsto: el ingenio con que unos chicos roban alimentos a los boyeros a su paso por el extrarradio de León. Para extender eso, Gamoneda utiliza distintos elementos. Junto al desplazamiento y redoblado uso de sus propias herramientas, hay también una mezcla rítmica de sueño y dato duro, perseguida con una minuciosidad de insomne, hasta alcanzar en esta nueva textura una intensidad relatora nueva, como cuando de niño queda perdido en una cueva, a la vez de Montesinos y Tom Sawyer, en la que se aventuró con un grupo de amigos. Al quedarse en la más intransigente oscuridad, imposible ya de abrir y sin ninguna luz ni compañía, se encuentra Gamoneda, y nosotros con él, con el hada blanca y sus ovejas con garras, salidas también de la Odisea. La escena casi es parábola de su propia historia de escritor. Son pasajes en que la escritura alcanza gran intensidad, como, por ejemplo, cuando el adolescente viaja a Oviedo a desenterrar los restos de su padre para que no se vayan a la fosa común, pero más importante que eso, para rescatar, como un espectro hamletiano, las tapaduras de oro que servirán de paga para la curación de la madre. O el viaje infinitesimal que hace el púber de madrugada, en el estrecho espacio del hogar materno, hasta la cama en hedor de la abuela octogenaria con el fin de robar unas pesetas. O el hueso de la paloma que el niño chupa, en una reminiscencia de honda y ambigua sexualidad, sacado casi de los pulmones o los palomares de Mercé Rodoreda.
El libro comienza con la narración del instante en que el escritor introduce la llave en el armario de su madre, cerrado desde tiempo atrás, y siente cómo se mueven las claves en la antigua chapa. Con una enorme morosidad en la descripción, como un arqueólogo que al atisbar un vestigio quita con pincel el polvo de los posibles restos hasta reconstruir una historia, Gamoneda va sacando uno por uno los objetos que allí se encuentran: una jeringuilla, relojes parados hace muchos años, un paño. Desde la memoria viva en el olor de su madre en el armario, relata la historia de su familia en Oviedo, la relación de sus padres, su nacimiento, el viaje con su madre viuda a León, la guerra, la posguerra y el hambre y la pobreza españolas, hasta llegar a sus catorce años, cuando comienza a trabajar en un banco a doble jornada, una pagada y la otra no. Aparecen personajes muy delineados, como la sarta de curas sádicos y pedófilos (no todos, pero casi) del colegio de los agustinos de León, o el maquis que trabaja de guardia en unas bodegas de hierro viejo al lado de su casa. Junto a eso, hay cosas necesarias que no llegan a extenderse más allá de la reducción antes alcanzada en los poemas, quizá por la misma apuesta de escritura del libro, quizá porque narrarlas estaba lejos de la mano del escritor. La madre, por ejemplo, es siempre referida de manera a la vez delicada y escueta, pero su presencia queda más como una inquietud que plasmada en la descripción de la persona.
El curso de la edad. Lecturas de Antonio Gamoneda, de Miguel Casado, es una ayuda indispensable para recorrer no sólo la obra de Gamoneda, sino también, y simultáneamente, su proceso de recepción pública y la progresiva formación del crítico que lo estudia a lo largo de veinte años, y dan muestra de que ese proceso de previa oscuridad y radiante iluminación del que he hablado recorre toda su escritura. En «Sobre la administración de la muerte» nos hace acceder al crisol que es El libro de los venenos, y el brillante ensayo «La condición obrera de Gamoneda», sobre Blues castellano, cuya lectura me atrevo a calificar de necesaria, abre vetas nuevas y ofrece perspectivas innovadoras no sólo para la lectura del poeta sino para los estudios literarios en general. Su innovadora propuesta de una «estética laborista» da otra luz a los finales de las vanguardias, desde la escasez y sin inferir cauces ideológicos, en la que yo enmarcaría no sólo la escritura de Gamoneda, sino también otras obras que antes no ha¬bíamos delineado así, pero cuyo rigor nace de tal perspectiva y necesidad.

01/02/2010

 
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