ARTÍCULO

Últimas noticias de la Guerra Civil

 

El desprecio teñido de paternalismo que Stanley Payne muestra en «Mitos y tópicos de la Guerra Civil», Revista de libros, 79-80, julio-agosto de 2003, pp. 3-5, hacia los historiadores españoles que se han ocupado en años recientes de la Guerra Civil, produce perplejidad y decepción. Payne es un buen conocedor de la historia política de la España contemporánea, autor de varias obras de investigación y de un buen número de manuales y síntesis basados en amplias lecturas de la bibliografía disponible, el último de ellos recién salido del horno. Si ha podido escribir esos manuales es precisamente porque la producción historiográfica sobre todos los tramos del siglo XX español ha experimentado desde la muerte de Franco, y en todas las especialidades, un avance realmente espectacular. Ya se trate del reinado de Alfonso XIII, de los años treinta, del franquismo y, más cerca en el tiempo, de la transición y hasta de la democracia, ningún período del pasado siglo ha quedado fuera del intenso trabajo desarrollado en universidades y centros de investigación españoles en los últimos veinticinco años.

Afirmar que esa producción, en lo que se refiere a la Guerra Civil, ha caído bajo la férula de la corrección política, que ha sucumbido ante el supuesto triunfo de los vencidos en la batalla de propaganda, que los estudios publicados en los últimos años son «predecible y penosamente estrechos y raramente plantean preguntas nuevas» y, por tanto, que hemos vivido en un vacío de debate histórico, indica una sorprendente pereza intelectual, inesperada en el caso de Payne, que remata esas afirmaciones derogatorias con una paternal llamada –algo ridícula en sí misma y más aún en la confesión de su inutilidad– a que la historiografía española crezca, se haga adulta y madura, y desarrolle un sentido crítico equilibrado. Equilibrio es lo que hubiera necesitado aquí el crítico adulto y maduro, que ha desaprovechado una ocasión de oro para revisar la reciente producción historiográfica y discriminar en ella el grano de la paja.

Quien se tome el trabajo de realizar un balance de lo investigado no ya en el último cuarto de siglo sino en los últimos seis o siete años habrá de obtener por fuerza una visión de las cosas diametralmente opuesta a la de Stanley Payne. No se trata de que se haya ampliado, profundizado y clarificado el entendimiento de casi todos los aspectos fundamentales de la Guerra Civil, como pondría de manifiesto el pretendido empate alcanzado al atribuir por igual a ambos bandos las responsabilidades de la misma guerra y de sus atrocidades. Se trata, más bien, de que esa ampliación, profundización y clarificación, que Payne concede pro forma antes de mostrarse tan desdeñoso de la más reciente investigación, se ha logrado tras largos y pacientes años de investigación en fuentes primarias y materiales de archivo españoles, lo que significa un salto cualitativo respecto a los trabajos pioneros de Hugh Thomas, Gabriel Jackson o el mismo Payne. Hoy ya no es aceptable que un historiador de la Guerra Civil se limite a la utilización de fuentes hemerográficas o bibliográficas, sino que tras la nueva investigación hay siempre un duro trabajo en legajos de archivos, práctica que por obvias razones desconocían las primeras obras sobre la Guerra Civil del hispanismo de lengua inglesa. Esa producción, que es ya ingente y que, como siempre, está alimentada por historiadores españoles y extranjeros, muchos de ellos británicos o norteamericanos, habría merecido algo más de respeto y atención por parte de alguien que tanto debe a la bibliografía siempre creciente sobre la República, la Guerra Civil y el régimen de Franco.

Por exigencias de espacio limitaré estas observaciones a lo más genérico de lo publicado en los últimos años, dejando al margen la abundante historia de ámbito estrictamente local, no siempre tan digna de ser arrojada al cubo de la basura como Payne supone. Ante todo, debemos a la nueva investigación un conocimiento exhaustivo y una comprensión más cabal de la naturaleza del régimen que durante la Guerra Civil construyeron los generales sublevados contra la República. Superada la línea divisoria de abril de 1939, las nuevas generaciones de investigadores han acertado al no sucumbir ante la especialización monográfica que dividía el período en República, hasta 1936; Guerra Civil, de 1936 a 1939; y franquismo, de 1939 en adelante. Por haber saltado esas fronteras, contamos hoy con estudios que arrancan de los años de guerra y terminan en la construcción del Nuevo Estado, analizando las instituciones puestas en pie, la aparición de una nueva clase política, la consolidación de un nuevo sistema de dominación y las diferentes políticas puestas en práctica, así como, y no es lo menos importante, la cultura y la moral impuesta por los vencedores. Lo publicado por Mónica Lanero, Michael Richards, Antonio Cazorla, Ángela Cenarro o Glicerio Sánchez-Recio constituye otros tantos ejemplos de lo que quiero decir: todos arrancan de la guerra y todos extienden su análisis hasta 1945 o más allá.

Este enfoque, que indica un desplazamiento de interés en las nuevas generaciones de historiadores desde la búsqueda de las causas del fracaso de la República, que tanto intrigó a los mayores, hacia la naturaleza, funcionamiento y larga duración de la dictadura y que, por tanto, sustituye con ventaja la cronología y la problemática de «república» y «guerra» por la de «construcción del nuevo estado», ha permitido abordar con un rigor hasta ahora desconocido la magnitud de la violencia y represión sobre las que se edificó el régimen de Franco. Los trabajos de, entre otros, Francisco Espinosa, Carmen Molinero, Conxita Mir, Ricard Vinyes o Javier Rodrigo, basados en documentación depositada en archivos militares, de audiencias, prisiones o cementerios, deben poner fin a los debates ideológicos sobre la cronología, la naturaleza y la magnitud de la represión. Gracias a ellos, tal vez pueda el profesor Payne corregir la errónea afirmación, incluida en su libro sobre el régimen de Franco, de que «se pronunciaron numerosas sentencias de muerte para los convictos de delitos de violencia política». Las sentencias de muerte, decretadas en consejos de guerra, además de ser algo distinto a «numerosas», lo eran bajo la acusación de adhesión a la rebelión militar, en un ejercicio que el mismo Serrano Suñer definió como «justicia al revés», pues los que eran en verdad rebeldes acusaban de rebelión a quienes se habían mantenido leales a la República. Ni en la acusación fiscal ni en los considerandos de consejo tenía nada que ver, para ser condenado a muerte, que el acusado hubiera cometido o no lo que Payne llama «delitos de violencia política», como cualquiera puede percibir con sólo leer las actas de cualquier consejo de guerra, por ejemplo, de las que condenaron a muerte al doctor Peset, a Julián Zugazagoitia o a Companys, hoy al alcance de todos. Por otra parte, el número de condenados y ejecutados se compadece mal con la suave apreciación de Payne según la cual «hubo ejecuciones, aunque cada vez menos, hasta bien entrado el años 1944». ¡Caramba con «hubo ejecuciones»! Hubo decenas de miles de ejecuciones una vez terminada la guerra: hoy se conocen los nombres, el día de la ejecución, el lugar del enterramiento. Hoy se puede ser ya algo más precisos y no basta con aducir testimonios impresionistas. Hoy los investigadores que, según opinión de Payne, no publican más que estudios «estrechos y formulistas» han proporcionado los datos necesarios para acabar de una buena vez con las disputas puramente propagandísticas en torno a la violencia desatada por los vencedores en la construcción del Nuevo Estado, durante la guerra y después de la guerra.

Lo que se dice aquí sobre la represión como instrumento de construcción del Nuevo Estado vale también para otro de los grandes campos en cuyo conocimiento se ha avanzado también de forma notable en fechas recientes: la magnitud y las direcciones del exilio. En este caso, el esfuerzo ha sido tanto obra de equipos de investigadores que han creado asociaciones ad hoc, el Grup d'Estudis de l'Exili Literari o la Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos, y que han organizado congresos y publicado actas con ponencias y comunicaciones, como de investigadores individuales que han escrito libros basados también por vez primera en documentación de diferentes archivos nacionales. Del último de los macrocongresos celebrados acaban de aparecer dos volúmenes bajo la dirección de Alicia Alted y Manuel Llusia, pero está reciente todavía la publicación de las actas del Primer Congreso Internacional celebrado en 1995 y editadas por Manuel Aznar, o la fundamental contribución de Geneviève Dreyfus-Armand sobre el exilio de los republicanos españoles en Francia. Hoy sabemos ya con certeza la magnitud irreparable de la pérdida sufrida por la sociedad y la cultura españolas, y los sufrimientos padecidos por decenas de miles de españoles, motivados por la saña vengadora y el afán depurador de los vencedores de la Guerra Civil, incapaces de celebrar su triunfo con una política de pacificación y reconciliación.

No se limitan a estos campos los avances sustanciales de la investigación reciente sobre la Guerra Civil y sus consecuencias. El ámbito de las relaciones internacionales ha conocido en los últimos años la atención de nuevas hornadas de historiadores, en el marco de una espléndida renovación de los estudios de política exterior sobre la España contemporánea, de la que pueden ser ejemplos dos libros, ambos con buenos artículos dedicados a la Guerra Civil, editado en España el primero por Javier Tusell, Juan Avilés y Rosa Pardo, y en Gran Bretaña el segundo por Sebastian Balfour y Paul Preston, que por su parte había editado previamente una serie de artículos entre los que se contaban piezas valiosas sobre la hostilidad internacional contra la República. Gracias a los trabajos de Enrique Moradiellos y de Juan Avilés conocemos mucho mejor las políticas de Gran Bretaña y Francia hacia la República, con el abandono de hecho que implicó la «farsa de la No Intervención»; así como ya sabíamos mucho de la vinculación italiana gracias a Ismael Saz, y estábamos informados al detalle de las conexiones alemana y vaticana por Ángel Viñas e Hilari Raguer, que acaban de actualizar sus trabajos. Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo han aclarado, por su parte, y siempre con documentos procedentes de archivos, esta vez soviéticos, el papel de la Komintern en el desarrollo de la guerra; y un tema siempre tan debatido como la ayuda militar exterior, su coste y su calidad, ha recibido una aportación de primera importancia con la paciente investigación de Gerald Howson. Sobre la peripecia del oro, tan acaloradamente debatida en todo momento, Pablo Martín Aceña ha publicado un libro que añade a su ya probado rigor en el tratamiento de las políticas monetarias y del sistema financiero, la agilidad narrativa y la agudeza del análisis, nada complaciente por cierto con la «propaganda de los perdedores» que tanto lamenta Payne.

De modo que en ese gran vacío en que, según Payne, han caído los estudios sobre los años treinta en España, algo se mueve. ¿Sólo eso, sólo la naturaleza del Nuevo Estado, la magnitud de la represión, los infortunios del exilio, la política exterior, la intervención de las potencias? No, desde luego, aunque ya con sólo eso sería bastante para que Payne reconsiderara sus precipitados juicios. De entre las tesis doctorales que sólo le merecen un gesto desdeñoso, quizá le pudiera resultar sugerente, y enseñarle algunas cosas originales, el ejemplar estudio de Javier Ugarte sobre los orígenes sociales y culturales de la guerra civil en Navarra y en el País Vasco, en el que su autor ha sabido aunar la documentación exhaustiva del historiador con la mirada y el análisis del antropólogo. No quiero creer, por otra parte, que Payne no esté informado del considerable interés que también en los últimos años se ha dedicado al anticlericalismo, la clerofobia y la iconoclasia, con los eruditos y muy diversos enfoques de Manuel Delgado o Julio de la Cueva, por citar sólo a dos de ellos, aunque en este terreno es imposible pasar por alto el precioso artículo de Gabriele Ranzato, algo más antiguo. Sin duda, hay en estos análisis materia para nuevos debates, que tanto añora el profesor Payne; de hecho, ellos mismos son parte de un debate permanente que tiene por objeto la violencia anticlerical y sacrofóbica sufrida en España por la Iglesia católica, sus ministros, sus iglesias y conventos, sus objetos sagrados. Dos volúmenes colectivos, dirigidos por Rafael Cruz y por Emilio La Parra y Manuel Suárez, reúnen estudios que permiten comprender la persistencia del anticlericalismo en la cultura popular y en la política española desde la instauración del Estado liberal hasta la misma Guerra Civil.

Y puesto que hemos llegado a un terreno que roza el ámbito de la cultura y lo simbólico, es menester llamar también la atención sobre algunos excelentes trabajos que tratan de los diferentes discursos de la guerra y de sus diversas representaciones. En Italia  ha tenido lugar una exposición que, a juzgar por su magnífico catálogo y por la calidad de los artículos que incluye, marca un verdadero hito en el acercamiento a las imágenes, propaganda, arte y tantas otras cosas en torno a las representaciones de la Guerra Civil española. Alfonso Álvarez Bolado se ha tomado, hace unos años, el ímprobo trabajo de revisar todas las cartas pastorales emanadas del episcopado español para construir un pormenorizado análisis del discurso de la Iglesia católica sobre la Guerra Civil basado en los tiempos del año litúrgico. Al discurso de la guerra en ambos bandos había dedicado también Enric Ucelay da Cal un importante artículo que, como todas sus producciones, es siempre una fuente de sugerencias. Por su parte, Giuliana di Febo ha estudiado varias ceremonias de guerra y de victoria que permiten un acercamiento a la nueva liturgia desplegada por los vencedores en las iglesias y calles de la nueva España. Sin duda, en este terreno queda mucho por hacer, pero los primeros pasos no son en absoluto despreciables. Es, por cierto, una muestra del creciente interés por el ámbito de la cultura que en sólo unos meses hayan visto la luz tres excelentes estudios, debidos a Mechthild Albert, Ismael Saz, y Mónica y Pablo Carbajosa, sobre las minorías intelectuales, procedentes de Falange y del mundo católico, que alimentaron desde los primeros años treinta hasta mediados de los cincuenta la estética y el discurso político de los rebeldes, primero, y vencedores después. Más política en su enfoque, pero igualmente bien documentada y esclarecedora, la obra de Joan M. Thomàs podría haber suscitado también algún interés de nuestro displicente crítico, como se lo suscitó en su día la original investigación de Bahamonde y Cervera sobre los últimos meses de la guerra civil.

En fin, y como muestra del permanente interés de investigadores «en inglés», es curioso que haya coincidido en el tiempo el trabajo de Helen Graham sobre la República en guerra con el original intento de Michael Seidman de escribir una historia de la guerra por abajo. Son dos puntos de vista diferentes, desde los partidos y gobiernos el de Graham, desde los militantes o la gente corriente el de Seidman, pero ambos servirán para matizar la afirmación de Payne según la cual «los historiadores profesionales del mundo occidental ya no sienten un gran interés por el tema». Hombre, es cierto que la Guerra Civil no es –en realidad nunca ha sido– la perla de la corona de la historiografía profesional del mundo occidental, pero los trabajos de esta generación no envidian nada a los de la precedente, como se ha podido comprobar en el último congreso celebrado por la Society for Spanish and Portuguese Historial Studies que ha rendido un merecido homenaje a los fundadores de esta asociación en Estados Unidos, entre ellos, a Stanley Payne. Si acaso, su familiaridad con la documentación primaria da a estos nuevos trabajos un valor añadido que faltaba en los de sus ancestros, como ya ocurría con el primer estudio completo sobre las mujeres republicanas en la Guerra Civil, debido a Mary Nash, al que se podría añadir, sin salir del ámbito de los historiadores «en inglés», las breves biografías de cinco destacadas mujeres que Paul Preston ha dibujado con mano maestra en uno de sus últimos libros.

Todo esto no es más que un apunte acerca de la buena salud, la apertura de nuevos campos y el rigor documental que caracteriza a la investigación, en español y en inglés, sobre la Guerra Civil y el régimen de Franco producida en los últimos años y en la que resulta imposible incluir el libro que tantos elogios merece del desdeñoso crítico, pues no pertenece ese libro al ámbito de la investigación sino, más bien, al de la propaganda. Precisamente, la nueva investigación, por haber aportado una ingente documentación de primera mano, procedente de archivos hasta ahora poco accesibles o, en todo caso, poco o nada frecuentados, ha dejado muy atrás los tiempos de la propaganda y los ha sustituido por el debate adulto y maduro, del que sin embargo Payne lamentablemente se excluye con piezas tan decepcionantes como la publicada en el número de julio-agosto de Revista de libros.

01/09/2003

 
COMENTARIOS

nuria 26/11/12 17:54
Como siempre... impresionante Santos Juliá.

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