ARTÍCULO

La maldición de la isla por todas partes

Tusquets, Barcelona, 1998
346 págs.
 

Los editores lo anuncian a bombo y platillo: es «el renacer de la literatura cubana», ni más ni menos. Como si la literatura cubana hubiera muerto, como si, desde el exilio o, incluso, desde la isla en algunos (pocos) casos, no se hubiera estado forjando, durante años, una memoria desgarrada de Cuba, una memoria que incluye a la vez el grito y la esperanza, la denuncia más cruda y la música más sutil de la metáfora, a veces límpida, a veces resueltamente oscura, indescifrable para el profano, para el que no puede mirar al mismo tiempo con los ojos de adentro, pervertidos por el miedo y la sinrazón, y con la libertad adquirida a lo largo de las errancias sin ton ni son. Como si no hubieran existido los Cabrera Infante, los Severo Sarduy, los Reinaldo Arenas y los otros muchos que nunca han cesado de escribir para un público confidencial pero fiel, los Juan Arcocha, las Nivaria Tejera, los José Triana, los Carlos Victoria y un sinfín de nombres, sin olvidar a los ilustres muertos en la isla, Lezama, Virgilio Piñera, e incluso Carpentier, fallecido en París aunque no en el exilio. Pero parece que el mundo editorial, al igual que el lector desprevenido, no tenga memoria y que, con tal de anunciar una novedad, esté dispuesto a cometer un delito de lesa-inteligencia.

Pues bien, digámoslo en seguida: Tuyo es el reino, la primera novela de Abilio Estévez, no es ninguna obra maestra. Y tampoco borra de un plumazo lo que se ha escrito antes. No significa esto que sea un libro desechable. Es algo entre ambas cosas, una especie de ovni inclasificable, a mitad de camino entre la saga familiar propia del realismo mágico y de la literatura carnalmente cruda que constituye el sello de ciertos productos comerciales latinoamericanos en este fin de siglo.

El decorado de esta gigantesca novela (son muchas, demasiadas páginas, algunas muy aburridas) es límpido. Al final de la calle Lírea, en La Habana, hay una extraña propiedad que se llama La Isla. La época, según nos lo revela el narrador en la última parte del libro (pero se podía adivinar desde mucho antes), es la que precede al derrocamiento de Batista y a la toma del poder por Fidel Castro. La Isla es la metáfora de un mundo que se desmorona. La habilidad de Abilio Estévez consiste en darnos a entender que su relato (una multitud de relatos, en realidad) es atemporal, que también se podría interpretar como el final de este mundo, ya no el de Batista, sino el actual. Así aparecen en el libro los balseros que huyen de Cuba, algo completamente anacrónico en el contexto de antes (antes de la revolución, por supuesto). Si Tuyo es elreino es una muestra de cómo se puede burlar la censura oficial (aunque el libro ha sido publicado en España, podía haberlo sido en Cuba, si no fuera por la falta de papel para imprimir tal mamotreto), ha conseguido su propósito (pero realmente dudo que un encargado de dar tijeretazos pueda llegar hasta la conclusión del volumen: se moriría antes de cansancio).

Esta crítica sería demasiado negativa, sin embargo, si no apuntara unos cuantos aciertos. Abilio Estévez maneja con maestría un lenguaje poético que le es propio, que consiste en dejar en la sombra a sus personajes, en trasladarlos de una época a otra, del mito a la realidad degradada de aquel territorio desprendido del mundo, adonde llega el estruendo de las batallas a través del cuerpo de un joven San Sebastián asaetado, símbolo de todos los perseguidos del mundo, bello en su cuerpo y deseable hasta en su herida, una víctima de la guerra, un Cristo resucitado.

La imagen bíblica aparece en cada frase del libro. La Isla es un arca de Noé con todos los humanos que lograron escapar al Diluvio, a la catástrofe, al terremoto nacional, pero el pasado sigue presente, simbolizado por las estatuas dispersas por el jardín. Abilio Estévez, en un alarde de erudición, convoca a todos sus antecesores en literatura, a todos los maestros de la pintura, a todos los genios de la música, les da la palabra, les permite adornar unos lienzos, les deja componer una partitura celestial. También es capaz, para que el lector se dé cuenta de que no es sólo un literato, de describir escenas de una obscenidad inigualable (garantía, por los tiempos que corren, de éxito comercial asegurado). Lo grandilocuente, lo erudito y lo popular en un mismo libro, sin olvidar las incontables intervenciones del autor-narrador para tomar distancias con el objeto de su narración y explicar la estructura de sus múltiples relatos imbricados unos en otros, otros en unos, sin coincidir jamás, excepto en el tiempo histórico, el tiempo de la fábula. Los cuentos que integran El horizonte y otros regresos podían haber sido incluidos en la novela, porque participan del mismo proyecto polifónico: darles la palabra a las innumerables voces, internas o externas, que ritman su literatura. Aquí aparecen temas parecidos, obsesiones recurrentes.

Abilio Estévez le rinde homenaje de muchas maneras a quien fuera su mentor, Virgilio Piñera, el maestro del absurdo cubano, el precursor, el visionario, el marginal absoluto en su vida y en su obra. Este segundo libro, concebido como un complemento (no indispensable) a la novela, demuestra que, sin lugar a dudas, su autor ha sabido crearse un universo propio, casi secreto, abierto sólo a un pequeño grupo de iniciados. Abilio Estévez ritualiza su escritura como otra forma de ceremonia cubana, parecida a aquella Santa Cecilia, obra de teatro que aparece en la película Cosas que dejé en La Habana, de Manuel Gutiérrez Aragón, otro intento fallido de poetizar una isla (no imaginaria, real) destrozada por todas partes, a punto de hundirse en medio de un diluvio mucho más imponente que el que nos depara el Antiguo Testamento, un estrecho, un mar, un océano, formados por lágrimas de impotencia y de tristeza vertidas frente a una eternidad que no cesa.

01/04/1999

 
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