ARTÍCULO

No puedo saber quién seré

Paidós, Barcelona
Trad. de Genís Sánchez Barberán
430 pp. 29 €
 

Steven Rose es un neurocientífico inglés que ha dedicado su actividad investigadora a desentrañar las reacciones químicas que suceden en un cerebro cuando éste construye una memoria. Además de científico, Steven Rose es también un ferviente defensor de los oprimidos por la violencia de quienes detentan el poder e imponen la línea de pensamiento oficial. Un quijote científico que se granjea nuestra simpatía desde el primer momento. Su larga producción literaria se ha visto recientemente incrementada con la aparición en español del libro que aquí se comenta.
Como en publicaciones anteriores, Rose transmite persuasiva y reiteradamente un mensaje fundamental: estamos muy lejos de entender el cerebro porque los métodos analíticos que aplicamos no son adecuados. El empirismo no es suficiente y necesitamos un marco teórico que nos permita distinguir entre cantidad y calidad (qualia) de las cosas. Es decir, no es suficiente saber la longitud de onda de la radiación roja y los pigmentos fotosensibles a esa longitud de onda, sino que hay que saber también en qué consiste la «rojez» que yo percibo en comparación con la que percibe otro individuo. El texto nos recuerda que la experiencia es única, personal e indisolublemente ligada a la interacción social.
Desde el primer capítulo, el libro desvela la motivación para su escritura: una reacción a las numerosas publicaciones que han especulado sobre el futuro neurobiológico del ser humano y que Rose agrupa bajo el título de «La promesa y la amenaza». Las críticas utilizadas para desmontar los argumentos en que se basa esa «promesa» son, en general, apropiadas y certeras. Nada más querido para un científico que disecar las conclusiones de otros colegas. Las críticas de Rose se nutren de la abundante munición que aportan desde ciertas prácticas de la psiquiatría hasta algunas especulaciones de influyentes revistas como Forbes o Scientific American. Particularmente ilustrativo es el caso de la ola de violencia callejera que durante los años sesenta se extendió por varias ciudades estadounidenses. Dos profesionales de la psiquiatría, los doctores Vernon Mark y Frank Ervin, propusieron que los disturbios podrían tener su origen en el daño estructural de un núcleo del cerebro, la amígdala, de los dirigentes alborotadores. Por tanto, la solución resultaba evidente: extirpar la amígdala de cabecillas seleccionados de cada gueto. Es difícil saber qué produce más escalofrío, si la propuesta en sí o saber que la investigación inicial fue financiada por los cuerpos de seguridad estadounidenses. Hasta donde se conoce, esa drástica medida no llegó a ejecutarse, al menos de forma abierta y generalizada.
En el seno de las prisiones de California la historia queda mucho más difusa y existe una correspondencia entre directores de prisiones y centros médicos en la que se llega a calcular el coste de las actuaciones quirúrgicas, mil dólares por caso. Menos dramático, pero de mucho mayor alcance, es el caso de la «enfermedad» designada como «Trastorno por déficit de atención con hiperactividad», ADHD según su acrónimo en inglés. Un estigma que, al parecer, afecta a un 5-10% de los niños, mayoritariamente varones, y que «precisa» el tratamiento con Retalin, un derivado de la anfetamina. Rose sospecha que buena parte de los diagnósticos son, en realidad, una fabricación por histeria profesional que, casualmente, beneficia a la industria farmacéutica. En el ámbito de las acciones aparentemente positivas, la revista económica Forbes ha publicitado el inminente desarrollo de potenciadores de la memoria y la cognición, el «viagra para el cerebro». De hecho, neurocientíficos de todo el mundo, seducidos por la creciente presión política para desarrollar aplicaciones prácticas de su investigación, se han convertido en caricaturas de empresarios para desarrollar productos de esta y parecida índole.
Estos y otros muchos casos descritos en el libro forman un documentado informe que rebosa escepticismo sobre las promesas que se han hecho en relación con el futuro neurobiológico del hombre, al tiempo que reclama una urgente regulación ética de la investigación cerebral y, especialmente, sobre sus posibles aplicaciones. Steven Rose es, en suma, un ferviente opositor al determinismo biológico y aboga por la naturaleza social del ser humano. Nada que objetar al espíritu que anima tanto este como otros libros similares del mismo autorSteven Rose ha desarrollado sus tesis sobre las investigaciones cerebrales, sus fundamentos biológicos y sus implicaciones éticas, en From Brains to Consciousness? Essays on the New Sciences of the Mind (Hammondsworth, Penguin, 1998) y Lifelines. Biology, Freedom, Determinism (Hammondsworth, Penguin, 1998), entre otros.. Con todo, sus argumentos e ideas distan de ser indiscutibles. Como neurobiólogo con experiencia práctica en los fundamentos moleculares del comportamiento, Rose sabe muy bien que no hay nada mágico en el cerebro y toda actividad humana: violencia, creación artística, memoria, etc., resultan de la actividad de núcleos concretos del cerebro. Por tanto, del mismo modo que el tratamiento de un atleta con anabolizantes facilita un desarrollo muscular más allá de lo normal y, muy probablemente, la consecución de un récord, cabe esperar que el tratamiento con potenciadores de la memoria permita lograr estudiantes y profesionales excepcionales.
Sobre el tratamiento de la violencia, el tema podría formularse con esta pregunta: ¿le gustaría que la decisión de iniciar una guerra estuviese en manos de un dirigente con disfunción cerebral? Para mayor aclaración puede consultarse la historia reciente. ¿No sería recomendable un análisis neurológico de los candidatos a ciertos puestos de responsabilidad? Por ejemplo, jueces. Ni siquiera Steven Rose duda de que eso será factible en el futuro próximo. La cuestión es: ¿es deseable? La necesidad de una reflexión ética sobre las implicaciones de estas y otras muchas medidas factibles empieza a ser generalmente aceptada. Por desgracia, los asesoramientos éticos resultan ser con frecuencia un proceso mucho más complejo que la materia sobre la que asesorar. Valdría la pena, en todo caso, empezar a andar el camino, aunque no podamos saber adónde nos llevaUna lectura recomendable por su anticipación y fuente de argumentos para el debate es el libro de José Manuel Rodríguez Delgado, Control físico de la mente. Hacia una sociedad psicocivilizada (Madrid, Espasa-Calpe, 1983). .
Por último, la excelente traducción del libro no concuerda con la mala elección del título. Nada en el texto indica «Cómo será la mente del futuro» sino, en todo caso, justo lo contrario. El título original: The 21st-Century Brain. Explaining, Mending and Manipulating the Mind, resulta más ajustado al contenido. Con todo, una lectura muy recomendable.

01/05/2009

 
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