ARTÍCULO

Oficio: revolcador de mierda

Anagrama, Barcelona, 1998
266 págs.
 

Los datos que nos ofrece la editorial sobre Pedro Juan Gutiérrez, autor de esta singularísima Trilogía sucia de La Habana son de una desconcertante ambigüedad. Nacido en Cuba (¿en qué lugar de Cuba?) en 1950, ha sido vendedor de helados y periódicos, soldado, instructor de natación, técnico en obras de construcción, periodista y locutor de radio y televisión. Experiencias que, sin duda, forman el sustrato de su escritura. ¿O es al revés? Se nos dice, y no hay razón para no creerlo, que es autor de varios libros de poesía, sin que se nos especifiquen títulos, editorial o fecha de publicación. Vive en La Habana, donde trabaja como periodista en una revista cuyo nombre ignoramos, aunque no ignoramos que en Cuba las publicaciones son siempre de carácter oficial. Tanta vaguedad invita a pensar que Pedro Juan Gutiérrez es, sin duda, el protagonista de muchos relatos de la trilogía, pero que, por el contenido de dichos relatos, no puede ser su verdadero autor. El obvio talento narrativo y el más obvio desparpajo y sentido del humor invitan a pensar, más sensatamente, que hay una perfecta identificación entre autor y personaje, por lo que ambos resultan simultáneamente ficticios y reales.

En la literatura cubana hay antecedentes de una escritura con una fuerte carga sexual: Reinaldo Arenas sería uno de los mejores ejemplos. A la carga sexual puede añadirse el sórdido mundo de la realidad cotidiana, denunciado, por ejemplo, por Zoe Valdés. Pero ahora estamos hablando de un escritor que escribe desde la Cuba castrista y que, por lo menos a través de su escritura, parece haber optado, en una sociedad escindida entre los que huyen y los que se quedan, por ser de los que se quedan, porque La Habana «semeja una ciudad bombardeada y deshabitada. Se cae a pedazos, pero es hermosa esta cabrona ciudad donde he amado y odiado tanto...».

Uno de los aspectos originales del libro es que está escrito al margen de cualquier ideología. La crítica al castrismo está hecha desde el interior de la isla y no apela a ninguna fuerza redentora: se limita a ser cronista de un derrumbe. Cronista, se nos dirá, parcial, puesto que no se mueve del sector más humilde de la sociedad. En este sentido, los relatos de Pedro Juan Gutiérrez pertenecen a la tradición picaresca: por su humor tan desenfadado como cruel, por su falta de respeto a las instituciones oficiales y por la negación de todo principio moral en nombre de la supervivencia: «Nunca he comprendido muy bien todos esos valores éticos con derechos y deberes. Yo soy un cínico. Así es más fácil». Es precisamente la amoralidad la que permite desenmascarar los falsos valores morales impuestos desde el poder.

Por lo demás, los relatos no pertenecen a ninguna tradición literaria visible. Hay un homenaje antirretórico a Lezama Lima. De Cabrera Infante aparece el mundo de las azoteas y los cuartos de La Habana para un infante difunto o la visión del trópico identificada con el bolero. Bukowski y Allen Ginsberg, cuya visita a La Habana, con su defensa de la libertad homosexual, fue explosiva, representan una identificación con la rebeldía y el inconformismo del narrador.

Pero lo atractivo de estos relatos no depende de las citadas huellas literarias, por lo demás significativas. Surge de una eficaz naturalidad narrativa. Esta naturalidad explica que muchas veces el relato carezca de tensión argumental: es un fluir de hechos que el lector «presencia» como presenciamos los extraordinarios hechos cotidianos en una ciudad donde todo se convierte en sorpresa y donde aceptamos las más desenfrenadas hipérboles. Las situaciones se repiten, no para caer en la torpe reiteración fruto de la pobreza imaginativa, sino porque el autor ha conseguido hacernos familiar este mundo demencial, demencial este mundo familiar. Apenas si se advierte que es una trilogía. Los relatos de Anclado en tierra de nadie ocurren en su mayoría en 1994. El narrador tiene cuarenta y cuatro años y el país vive, desde 1991, la hambruna más seria de su historia. La crisis se pone al rojo vivo en 1995, fecha en la que ocurren la mayoría de los relatos de Nada que hacer. La trilogía se cierra con Sabor a mí, donde se hace referencia a una manifestación contra el gobierno en 1994, pero también a hechos ocurridos en 1997.

La realidad impone una unidad narrativa que con frecuencia es traicionada por la ficción. Posiblemente por la pasión por narrar que con el protagonista comparten tantos personajes y que hasta es instrumento de excitación sexual. Se confunden los nombres de las esposas y las amantes, de pronto aparecen familiares que no vuelven a reaparecer porque ya no son narrativamente necesarios. La misma personalidad de Pedro Juan es, como la del escritor, sumamente contradictoria. Esencialmente es un derrotado, un sentimental que trata de endurecerse y que con frecuencia lo consigue. Fue periodista durante veinte años, «suponiendo de antemano que era el dueño de la verdad, intentando cambiarles las ideas a la gente, y ya no podía seguir así». Se dedica a todo tipo de trabajos, verdadero pícaro en un mundo de pícaros. Cultiva el cinismo, es políticamente un escéptico, busca la soledad y encontrarse a sí mismo, pero necesita la compañía de los demás y se deja vencer por la melancolía y hasta por la ternura. Es un sobreviviente entre sobrevivientes, por eso unas veces los relatos cuentan experiencias personales, en otros es simplemente testigo y otras veces son relatos en tercera persona.

En todo caso, los centros temáticos son siempre los mismos, aunque introduciendo continuamente nuevos elementos. El ron, la marihuana y el sexo para vencer la furia, porque «la única forma de vivir aquí es loco, borracho o dormido». La obsesión por el dinero, sobre todo por los dólares, y la falta de trabajo. La miseria y el hambre. La sórdida suciedad de las casas, donde los inquilinos viven rodeados de excrementos. El resultado es el egoísmo, la falta de solidaridad, el miedo a la policía, la prostitución, la cárcel, el suicidio, la locura, el sueño, no compartido por el narrador, de huir en una balsa a Miami. La añoranza también de un pasado cuando fueron felices y una visión negativa de la revolución: «El dinero lo aplasta todo. Treinta y cinco años construyendo el hombre nuevo. Ya se acabó».

«No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso [...] El arte sólo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas.» La decepción, el sentimiento de derrumbe y la sordidez son los aspectos dominantes. Y sin embargo, este no es un libro simplemente sórdido. Es asimismo dinámico, divertido, lleno de color, con situaciones que rozan el absurdo, con conversaciones llenas de gracia. Las jineteras y los jineteros que se venden a los turistas, la promiscuidad, la homosexualidad perseguida y cultivada, las proezas sexuales, el voyeurismo, las infinitas situaciones que invitan a la masturbación, la pasión por la pinga y por los culos. Porque el sexo, «si sólo es ternura y espiritualidad etérea entonces se queda en una parodia estéril de lo que pudo ser».

Junto a la exuberante actividad sexual de homosexuales y heterosexuales, castas viudas y fantasmas, sexo del cuerpo y del lenguaje, está Cuba y, con Cuba, el escenario dominante, La Habana y muy especialmente el Malecón, donde «siempre encontraban algo a pesar de los sobresaltos que les proporcionaba el resto de la fauna nocturna: putas, borrachos, policías, mendigos».

El lector tomará sin duda partido al leer este libro que está hecho de relatos que no siempre son relatos para formar una novela que no es una novela. Y se dejará arrastrar asimismo por una crónica poblada por los más curiosos personajes y escrita como una incesante aventura de la realidad y de la imaginación, incesante porque «debo rehacer el cuento. Ahora será mucho más fuerte. Sin una sola mentira. Sólo cambio los nombres. Ese es mi oficio: revolcador de mierda...»

01/08/1999

 
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