ARTÍCULO

Obsesiones de un narrador

Alfaguara, Madrid, 1996
457
 

El desorden de tu nombre ya marcó en 1988 un hito clave en la trayectoria narrativa de Juan José Millás (Valencia, 1946) porque, a través de la aventura vital de los personajes, condensaba los logros del mundo anteriormente imaginado por el autor y permitía rastrear gran parte de los especiales y fascinantes elementos que, poco a poco, lo habían ido modelando. En la actualidad, esta sexta novela de Millás vuelve de nuevo a tomar fuerza encabezando la Trilogía de la soledad; trilogía que se complementa con otras dos obras igualmente exitosas y repletas de enjundia como son La soledad era esto y Volver a casa. Todo un mundo, obsesionante, por el que afloran, torrenciales, problemáticas de gran calado que, además, presentan la característica de estar llenas de actualidad, por remitir a una realidad concreta como la que envuelve y asfixia hoy al ser humano. La identidad y la memoria, la apariencia y la realidad, la literatura y la vida, el yo y el otro..., enfrentados o complementándose, acompañan a pasiones y sentimientos que, a la postre, siempre recalan en el hondón de la soledad, como muy bien anticipa el mismo autor en el título que acoge y centra el conjunto de estas tres novelas.

El desorden de tu nombre ofrece el esquema de un triángulo. Clásico, aunque agrandado al desbordar los límites marcados por la costumbre. Tres personajes –Julio Orgaz, Carlos Rodó y Laura– luchan a brazo partido con una realidad que les es adversa. A los tres, ésta les está vapuleando con fuerza, a su manera, y, en ocasiones, sin tener conciencia de ello. El aislamiento, la soledad constituyen el eje común de sus vidas en su presentación en la novela, incluso para aquellos personajes que, en apariencia, gozan de los lazos de una convivencia común como Carlos y Laura. Julio ha perdido a Teresa, su mujer, en un accidente de tráfico y queda sumido en la nostalgia del recuerdo, si bien el olvido ya camina en lontananza. Carlos, psicoanalista que sólo vive para la profesión y que no ve más allá de sus narices, roba incluso el tiempo que debe dedicar a la convivencia y al amor. Laura, mujer de Carlos, hastiada en su vacío, se pudre en la nimiedad de las «caseromagnitudes». Cuando Julio y Laura coinciden, funcionará el triángulo. Y con él, toda la gama de problemas queridos por Millás, donde el odio, el dolor, la muerte, el deseo, las relaciones humanas... llegarán a tejer una crónica fiable de la realidad.

Sin embargo, siendo lo anterior importante, de la lectura de El desorden de tu nombre todavía se pueden derivar otros aspectos de interés. Por un lado, la permanente actividad lectora que conlleva la asunción de una historia como la diseñada por Millás, donde, tras cualquier esquina, está agazapada la interrogación y la reflexión. Por otro, la densidad temática –apariencia, realidad, vida, literatura...–, que añade intensidad a ese momento temporal fragmentado y a las circunstancias que los sostienen. Y, todo ello, sin olvidar, además el afán por la simetría, la permanente obsesión por la imposibilidad de unión entre el yo y lo otro o, incluso, la presencia temática acerca del acto de narrar... Al final, la muerte actúa de liberación y de recomposición. Así se conforma en el Diario de Laura y en la reflexión final de Julio que, por añadidura, funde en un solo cuerpo los niveles de imaginación y realidad.

Una mezcla similar de reflexión, realidad urbana y metarrelato aflora de nuevo en el proceso evolutivo o, mejor, en el proceso de metamorfosis que la protagonista, Elena Rincón, dibuja en La soledad era esto, novela con la que Millás conquistó el Premio Nadal de 1990 y obtuvo un merecido reconocimiento de público y crítica. El microcosmos familiar actúa de adecuado marco para narrar un desencuentro, el sufrido por Elena, casada con Enrique, de quien, pese a haber compartido rebeldía juvenil, alcohol, compañía y trayectoria vital, se va a alejar. Al igual que lo hará de otros seres a los que le unen lazos o relaciones de corte íntimo, personal, familiar o colectivo. A partir de una intuición acerca de la falsedad del mundo que la envuelve, representado por Enrique, saltará la voz de alarma en Elena –coincide con la muerte de su madre, un recuerdo del Mersault de Camus, aunque no es único dado que también existen otros como el de Gregorio Samsa, explícitamente mencionado en el texto– y se abrirá la espita para salir de la indiferencia en que estaba hundida. Así, se podrá observar, con crudeza, la verdadera realidad. Una realidad en la que Laura no tiene cabida y una realidad tejida por continuas relaciones en las que ella no participa. Elena, a partir de entonces, se enfrenta a la recomposición de su pasado y, también, de su presente, en la que sólo la soledad queda clara y manifiesta. La ironía, como es habitual en Millás, ejerce su papel de bálsamo y actúa como tabla de salvación.

En Volver a casa, parecidas recurrencias, semejantes situaciones y el mundo, tan propio del autor, lleno de obsesiones, simetrías y fricciones. Laura, aparentemente mujer del novelista José Estrade, llama a Juan que reside en Barcelona, ciudad a la que huyó para desprenderse de su pasado, y le insta a que venga a Madrid, José, su hermano –y marido de Laura-ha desaparecido. Laura, pues, pide la intervención del otro. Y saltan los problemas que devienen en temas o ensanchan temas. Y los objetos: la permanente presencia del espejo que devuelve un panorama desolador; la radio, la televisión, el teléfono o los armarios como compañeros ante el peso de la soledad y el aislamiento... Y así, todo un alud hasta recuperar la identidad perdida. Y, también, la literatura de por medio luchando con la realidad.

En suma, un gran acierto la publicación de esta trilogía por lo que tiene de construcción y aún de reconstrucción de un todo compacto, anteriormente publicado en momentos diferentes y en tres partes, también perfectamente aislables. Y un acierto porque la complejidad toma cuerpo gratamente, aunque se adense por la acumulación y la superposición; ello, conlleva una claridad que ayuda en la comprensión, asunción y degustación del fascinante y obsesivo mundo de Millás quien, además, ha
porticado la entrega con un suculento, interesante y significativo prólogo titulado «Síndrome de Antón» que, con ironía, nos ayuda a armar el puzzle de la realidad narrativa de Juan José Millás.

01/12/1996

 
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