ARTÍCULO

Puro Mendoza

Seix Barral, Barcelona
190 pp. 16,50 €
 

Habrá que agradecerle a Eduardo Mendoza, una vez más, la publicación de un nuevo libro, porque vuelve, de modo excelente, a convocar a todos los lectores a congraciarse con la literatura y a separar mediante el gusto estético el grano de la paja, o lo que es igual, las formas artísticas de las que no lo son, en un momento en que el mercado se encarga por doquier de suplantar aquéllas por las imposturas de éstas o, peor aún, de igualar a todas con el rasero de la mediocridad. Habrá que agradecerle, asimismo, la invitación a dar un paso más allá de la simple lectura pasiva que persigue el entretenimiento y adentrarse en una interpretación crítica que busca la implicación activa y cómplice del lector. Tres vidas de santos es, en efecto, un convite para el gusto, un solaz para el entendimiento y un erario para la memoria.
Acostumbrado en su ya extensa producción novelística, de todos conocida, a las obras de larga y media distancia, Mendoza opta aquí por la distancia corta e incluye en este volumen una novela breve y dos relatos que se caracterizan, como no podría ser de otro modo, por la intensidad de las anécdotas y la organización cerrada y compacta de las historias; pero también por la creación compleja de los personajes o los ambientes y el tratamiento expresionista y paródico de la realidad que siempre han identificado al novelista catalán. No es fácil crear en tan pocas páginas personajes tan redondos e individuales como los suyos, ofrecer un fresco social con tantos matices como los que aparecen aquí y disponer los elementos narrativos con la combinación y la música ajustada de las palabras.
«La ballena», novela corta que abre el volumen, alcanza sin duda una altura literaria equiparable a la de los grandes títulos del autor, con los que, por otra parte, mantiene no pocos lazos de unión. Lo importante no es la historia que cuenta, de por sí ya sorprendente y aderezada de suficientes golpes de ironía y humor, sino las formas con que el autor lleva a cabo su propósito. Tomando como arranque una fecha histórica para Barcelona (como en otras novelas, por ejemplo La ciudad de los prodigios), el narrador relata las peripecias de varios personajes a partir del Congreso Eucarístico de 1952: la suya propia, la de algunos miembros de su peculiar familia y, sobre todo, la de Fulgencio Putucás, un obispo hispanoamericano participante en el congreso y huésped ocasional en su casa.
Y, entre las grandes virtudes del relato, es necesario destacar al menos tres. En primer lugar, el tratamiento expresionista de la realidad. Mendoza proyecta su mirada acerada y paródica, algo que no es nuevo en su obra, sobre los miembros de una familia burguesa de Barcelona (sin caer en el fácil costumbrismo) para elaborar unos caracteres de fuertes contrastes que pueden llegar a la caricatura y que dan el conveniente movimiento a la narración. Nunca ha tenido reparos el novelista para enfrentarse al entorno social o quitar las máscaras de las apariencias, y tampoco lo hace aquí. Basten los ejemplos de la tía Conchita, del tío Víctor o del padre del narrador protagonista.
A continuación, la creación de monseñor Putucás, un personaje tan complejo e imprevisible, igualmente paródico, que acaba convirtiéndose en una muestra insuperable del tratamiento carnavalesco. No discutiremos sus semejanzas con otros personajes del autor; pero quizá nunca había llegado Mendoza a tal modo carnavalesco de trastocar la realidad y subvertir lo alto y lo bajo, a eliminar los límites entre los contrarios, endebles sobre todo cuando se trata de la moral establecida, y, aún más, a convertir a este personaje en espléndida piedra de toque para desvelar la incoherencia o la hipocresía de los demás.
Y, por último, la voz del narrador. El novelista elige una primera persona cuya apariencia tradicional puede engañar al lector. No se trata de un narrador fácil, porque no sólo actúa en primera persona cuando el protagonista cuenta su propia peripecia, sino también cuando relata, en una sutil alternancia que se sucede sin estridencias, bien como narrador periférico, bien como narrador testigo, según los casos, la de los demás personajes. Son necesarias una gran maestría y una rara habilidad para conducir el relato con tal fluidez y combinar de tal forma estos tres tipos de narrador en un mismo texto sin que se noten los trucos.
Paródico, y no expresionista, «El final de Dubslav» es un relato que se sitúa en una línea muy distinta a la anterior, pero no por ello ajena a la producción del autor. Mendoza añade a la parodia una seria reflexión sobre la civilización contemporánea (como hizo en otras ocasiones), y concibe una fábula en la que enfrenta de forma dialéctica dos tipos de cultura, la occidental globalizada y la del tercer mundo que permanece inalterable en el tiempo. El personaje, además, con su actitud de escapar de su entorno y buscar otra forma de vida, recuerda al Fábregas de La isla inaudita. Hay algo, sin embargo, que le hace ser la menos atractiva de las tres piezas que forman el volumen, a saber: el propósito de transmitir su mensaje de forma tan explícita aborta, por una parte, el poder de sugerencia del cuento y, por otra, elimina el espacio para que el lector se implique en la interpretación del texto.
No sucede lo mismo con «El malentendido», el segundo relato, pues el arte de Mendoza vuelve a subir enteros en el tratamiento paródico y carnavalesco y en la forma de subvertir el orden de la realidad. Tomando como motivo una historia cotidiana e insignificante, protagonizada por una profesora que da clases en una cárcel y un recluso en principio casi analfabeto, el autor crea una trama insólita, pero nunca inverosímil, para volver a desvelar las imposturas de la cultura y la literatura en el funcionamiento social. Como siempre, una simple vuelta de tuerca o un giro de rueda le basta al novelista para formar una realidad descoyuntada en la que los términos se invierten para que de esa subversión salga la verdad.
Y la verdad es que la historia de la profesora Fornillos y el delincuente «Poca Chicha» acaba siendo, y esto es lo importante del relato, la puesta en tela de juicio del propio concepto de la literatura o de su papel y su valoración en la sociedad actual, manejada a su antojo por el mercado y los medios de masas. Más aún, acaba convertida en un texto crítico y teórico sobre el arte literario en el que, con lucidez y valentía, Mendoza defiende la preponderancia de la forma sobre el contenido y del conocimiento técnico sobre la sugestión de la historia, y valora, sobre todo, la música de las palabras y el ritmo de los elementos en su conjunto. No se puede decir más claro.

01/02/2010

 
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