ARTÍCULO

Traducir lo intraducible

Cátedra, Universidad de Valencia, Madrid, 1996
Edición de Desiderio Navarro Frónesis
267 págs.
 

Quiso Lotman ver el mundo como un texto y se inventó la semiosfera. En analogía con el concepto de biosfera que acuñó otro gran científico de San Petersburgo, discípulo de Mendeleiev, Vladimir Vernadski (1863-1945), autor de Pensamiento filosófico de un naturalista en donde se puede leer: «el hombre, como en general todo lo que es vivo, no constituye un objeto en sí mismo, independiente del ambiente que le circunda» o «la biosfera tiene una estructura perfectamente definida que determina sin exclusiones todo lo que acaece en su interior».

En esa línea, Lotman considera que, puesto que estamos inmersos en un espacio semiótico del que formamos parte, es imposible separar al hombre del espacio de las lenguas, de los signos, de los símbolos. A este espacio semiótico ha dado en denominarlo semiosfera, fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis. Sólo la existencia de tal universo –la semiosfera– hace realidad el acto sígnico particular.

Este espacio está compuesto de textos, mecanismos pensantes como gusta de llamarlos, cuya función es generar nuevos sentidos. Dicho sucintamente, el texto restaura el recuerdo y genera nuevos sentidos. Si nos referimos a la dinámica cultural ésta no puede ser representada ni como proceso inmanente aislado ni como esfera sujeta pasivamente a influencias externas. Ambas tendencias se realizan según nuestro autor en una tensión recíproca que explicaría por ejemplo el que la cultura no crea sólo su organización interna sino también su propio tipo de desorganización externa. Ejemplo: la Antigüedad creó «los bárbaros», los «otros», «ellos», los que «están afuera», los que –recordando la etimología– «balbucean». Por decirlo con Montaigne, «cada cual llama barbarie a lo que no forma parte de su costumbre».

Lotman, al hilo de estas consideraciones, ha optado por la interacción, por el diálogo –en claro reconocimiento a Bajtin–, como cuando sostiene «el diálogo precede al lenguaje y lo genera», por el plurilingüismo cultural y semiótico («la cultura es siempre interacción de sistemas semióticos diversamente estructurados donde no cabe suponer la uniformidad interna del espacio semiótico»), por la traducción... Por ello la valoración de los espacios interior y exterior no es significativa. Significativo, dice Lotman, es el hecho mismo de la presencia de una frontera.

La primera pregunta que inmediatamente surge ante la lectura de estas suposiciones es ¿dónde se sitúa la frontera de este espacio de sentido? Bien que la respuesta no sea ni precisa ni clara Lotman, entre líneas, recurre a una analogía, esta vez con las matemáticas. Como se sabe, la frontera en matemáticas es un conjunto de puntos pertenecientes simultáneamente al espacio interior y al espacio exterior. Con esta analogía –que sin cautela puede conducir a conclusiones apresuradas o ser fuente de errores, en el caso contrario puede ser un método capaz de revelar los rasgos profundos y de otro modo inaccesibles de los fenómenos–, Lotman considera la frontera un mecanismo bilingüe que traduce los mensajes externos en el lenguaje interno de la semiosfera y viceversa.

La función de toda frontera y película (desde la membrana de la célula viva hasta la biosfera de Vernardski –película que cubre nuestro planeta– y hasta la frontera de la semiosfera) se reduce, según Lotman, a limitar la penetración de lo exterior en lo interior, a filtrarlo y a elaborarlo para su ulterior adaptación. Característico de la semiosfera es la separación de lo propio respecto de lo ajeno, el filtro de los textos externos y la traducción de éstos al propio lenguaje. Dicho con sus propias palabras, la semiotización de lo que entra de afuera y su conversión en información. Así todos los mecanismos de traducción que están al servicio de los contactos externos pertenecen a la estructura de la frontera de la semiosfera.

Con esta perspectiva se supera ora el formalismo ora ciertos análisis estructurales en la concepción de su mismo objeto de análisis, el texto. Para esas escuelas el texto (o discurso), piedra angular de sus análisis, se representa como una entidad separada, aislada, estable y autónoma. En esta nueva línea de investigación, el texto ya no es un objeto aislado, sino un espacio semiótico en el interior del cual los lenguajes interactúan, se interfieren y se autoorganizan jerárquicamente; además puede manifestarse el texto como una obra, una parte de la misma, un género o la literatura misma. Mas no se trata de simple ampliación –evocando el viejo dictum de Hjelmslev, la dimensión del signo no es pertinente–. La verdadera diferencia consiste en la introducción del autor y del público. Como sostiene el mismo Lotman el punto de vista contemporáneo se basa en la representación del texto como resultado de la intersección de los puntos de vista del autor y del lector. Por ejemplo, hablando del público Lotman alguna vez sostuvo: «El texto crea al público a su imagen y semejanza». En algún momento Lotman recurre a una imagen para sugerir qué sea la semiosfera: «Imaginemos la sala de un museo en la cual estén expuestos objetos que pertenecen a siglos diversos, inscripciones en lenguas notas e ignotas, instrucción para descifrarlos, un texto explicativo redactado por los organizadores, los esquemas de itinerarios para la visita de la exposición, las reglas de comportamiento para los visitantes. Si colocamos también los visitantes con sus mundos semióticos, tendremos algo que recuerda el cuadro de la semiosfera».

La cultura en su totalidad puede ser considerado un texto. Pero es extraordinariamente importante subrayar, advierte Lotman, que es un texto organizado con gran complejidad que se descompone en una jerarquía de «textos en los textos» y que forman complejos tejidos de textos. Puesto que la propia palabra texto encierra en su etimología el significado de «tejido» podemos comprobar que mediante esa interpretación se le devuelve al concepto «texto» su significado inicial. Cuando Lotman habla de explosión y más precisamente de explosión de sentido –que algunos se han apresurado a entrever paralelismos con la revolución científica de Kuhn, con la catástrofe de Thom, o con la irreversibilidad de Prigogine, quiere referirse a cómo en un momento la explosión interrumpe la cadena de causas y efectos y proyecta sobre la superficie un espacio de acontecimientos igualmente probables de los que por definición no es posible decir cuál va a realizarse.

Un ejemplo clarificador de su propuesta de la explosión de sentido la encontramos en esta afirmación: «La traducibilidad de lo intraducible que exige elevadísima tensión es precisamente lo que crea las premisas para una explosión de sentido. La imposibilidad de una traducción literal de la lengua de la poesía a la lengua de la pintura, o incluso de la lengua del teatro a la lengua aparentemente parecida del cine, es fuente generadora de nuevos sentidos».

Iuri M. Lotman (1922-1993) pertenece a ese extraordinario grupo, en la cultura rusa, de pensadores de raza que ha dado nombres como Propp, Bajtin o Jakobson, por mencionar solamente a los más conocidos. Máximo representante con su estrecho colaborador B. Uspenskij de la llamada Escuela de TartuMoscú, autor de centenares de artículos dispersos y siempre breves, deja como herencia un proyecto tan ambicioso cual es el de construir toda una Teoría de la Cultura –que así gustaba definir a la semiótica en sus últimos trabajos– a través de sus textos.

Contemporáneamente con su muerte han aparecido dos libros, La cultura y la explosión y Buscar el camino. Más recientemente también en Italia se ha publicado el libro de B. Uspenskij Linguistica, storia e semiotica que abre significativamente con un texto intitulado «Sobre la génesis de la escuela semiótica de Tartu-Moscú». De esta escuela la editorial Cátedra ya publicó una selección de textos en 1979. Ahora la misma editorial ofrece un primer volumen al que seguirán dos más, con quince artículos de Lotman –en su mayoría de los años ochenta, siendo el más reciente de 1992– en edición de Desiderio Navarro quien los ha traducido directamente del ruso.

En momentos como los de ahora, en que hablar de semiótica concita la más fáciles gracias de café..., una lectura atenta de estos textos, no sólo hace crecer el interés por su proyecto sino que procura sin lugar a dudas un análisis textual más inteligente.

01/10/1997

 
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