ARTÍCULO

Totalitarismos: lo vivido y lo pintado

 

¿Estamos asistiendo a un revival del totalitarismo como tema de estudio de las ciencias sociales? ¿Nos enfrentamos incluso a una amenaza totalitaria, que la caída del muro de Berlín en 1989 parecía haber conjurado para siempre? El historial de este concepto político, acuñado en los años veinte en la Italia fascista, registra tal cantidad de altibajos, eclipses, declives y reapariciones que cualquier diagnóstico sobre su presente y su futuro debe hacerse con la máxima prudencia. Cuenta Abbott Gleason, en su excelente libro Totalitarianism. The Inner History of the Cold War (Oxford, Oxford University Press, 1995), que en 1965 el término totalitarismo fue considerado ya una reliquia de una etapa definitivamente superada, tras el fin de la primera guerra fría (1945-1962) y el comienzo de la distensión. Otros especialistas sitúan igualmente en los años sesenta el «ignominioso declive» del concepto (Anson Rabinbach) y el «eclipse de la idea de totalitarismo» (Enzo Traverso). A finales de aquella década, Herbert Spiro y Benjamin R. Barber propusieron directamente su eliminación del vocabulario político, por ser un «concepto esencialista utilizado como piedra de toque de la contraideología americana en la guerra fría». Considerado una pieza clave del discurso antisoviético, su suerte pareció echada con el comienzo del deshielo entre los dos bloques y el nuevo lenguaje, menos beligerante y tremendista, de la distensión. Aunque Gleason habla de un «totalitarian revival» a principios de los ochenta, durante la llamada segunda guerra fría, la nueva distensión propiciada por Gorbachov y, muy pronto, la desintegración del bloque soviético convirtieron la voz totalitarismo en una antigualla de un lenguaje a punto de desaparecer con el siglo en el que nació y vivió.
¿O no? Un estudio micro de su evolución muestra un factor de especial importancia, escasamente valorado hasta ahora, para explicar su ocaso: lo que deja al término totalitarismo sin una función específica que justifique su uso no es sólo la desaparición del enemigo soviético, sino la emergencia, a partir de 1979, de la amenaza islamista y de la voz fundamentalismo como representación del nuevo enemigo planetario. No es casualidad seguramente que desde 1985 este último término superara a totalitarismo en número de usos por The New York Times, marcando así una tendencia que los acontecimientos posteriores –los atentados del 11 de septiembre, por ejemplo– no han hecho más que reforzar. De ahí la sensación de que no fue sólo, ni principalmente, el fin de la Guerra Fría lo que dejó obsoleto el concepto de totalitarismo, sino también la eclosión de un viejo término, fundamentalismo, que, adaptado al nuevo contexto histórico, resultó ser un competidor imbatible como encarnación del «enemigo». Y, sin embargo, hay datos recientes que apuntan a un resurgir actual de aquel concepto, en parte favorecido por las mismas circunstancias que provocaron su declive. Se trataría en realidad de tres motivaciones distintas y aun contradictorias que habrían confluido en este nuevo «totalitarian revival»: 1) la interpretación por algunos autores del fundamentalismo islámico como una versión retro del totalitarismo, uno y otro como cabal expresión de un despotismo de cuño oriental; 2) la reaparición de Rusia como potencia expansionista condenada –como vaticinara Tocqueville hace casi dos siglos– a rivalizar con Estados Unidos por la hegemonía mundial, una vez despojada Rusia de la hoja de parra ideológica, en expresión de Thomas Lifka, que utilizó durante la etapa soviética para tapar sus vergüenzas imperialistas; y 3) la deriva totalitaria que, según cierta corriente de opinión, habrían seguido en los últimos tiempos las democracias occidentales, y en particular la norteamericana, sobre todo tras el ataque terrorista de septiembre de 2001 y el triunfo de la seguridad como valor supremo de la política occidental.
El libro que acaba de publicar Sheldon S. Wolin, profesor emérito de la Universidad de Princeton, corresponde a esta tercera interpretación del resurgirmiento totalitario. Si el incendio provocado en febrero de 1933, en oscuras circunstancias, hizo del Reichstag alemán la zona cero de una democracia agonizante, la destrucción de las Torres Gemelas en septiembre de 2001 fue el detonante –afirma Wolin– de una nueva crisis de la democracia occidental, que presenta caracteres totalmente distintos de su colapso en el período de entreguerras. Es lo que Wolin llama «totalitarismo invertido», porque, a diferencia de los totalitarismos de entonces, no supone mayores dosis de intervencionismo estatal, sino todo lo contrario: mayor libertad de mercado y de empresa; no supone, como en el caso de Hitler, Mussolini o Stalin, la exacerbación del poder carismático del líder político, sino la instrumentalización de gobernantes prefabricados al servicio de las grandes corporaciones; no supone, por último, la movilización de grandes masas humanas, ni siquiera como elemento coreográfico, como hicieran los viejos totalitarismos, sino la instauración de una «discouraged democracy» que pretende, mediante la desmovilización social, dejar campo libre a las corporaciones industriales y financieras, verdadero poder metapolítico que maneja a su antojo la «managed democracy» de nuestro tiempo. De ahí la «democracia sin ciudadanos» que venimos padeciendo y el riesgo de que este híbrido de elitismo y populismo derive en un nuevo totalitarismo, menos perceptible y, por tanto, menos vulnerable que el tradicional. Politización de las corporaciones y despolitización de los ciudadanos: tal es la apariencia travestida que adopta el «espectro del totalitarismo invertido».
La facilidad del autor para acuñar fórmulas más o menos ingeniosas está muy por encima de la originalidad de su planteamiento, que al final se reduce a los viejos argumentos esgrimidos contra la democracia desde que el mundo es mundo. El primero de ellos es una teoría conspirativa que, en la versión posmoderna de Wolin, reduce la vida política a la acción de unas élites corporativas constituidas en «minorías altamente organizadas» (p. 156), incansables en su afán de hacer el mal. La «democracia» [sic] no sería otra cosa que la máscara utilizada por ellas para camuflar «una política profundamente manipuladora». El segundo es la puesta al día de la clásica interpretación marxista del régimen parlamentario como una dictadura encubierta al servicio de la clase dominante, una función que, desaparecida la vieja burguesía, correspondería a las modernas corporaciones. ¿Qué fueron los atentados contra el Pentágono y el World Trade Center, símbolos del poder militar y corporativo, sino una suerte de mensaje cifrado que la historia envió a la humanidad para mostrarle, con su dedo acusador, el verdadero centro del poder en la sociedad actual?
No podía faltar, por último, un viejo reproche que los impugnadores de la democracia moderna han venido utilizando contra ella: que, mientras haya desigualdad, no habrá verdadera democracia. Esta enmienda a la totalidad al régimen representativo –única forma conocida de democracia, siquiera aproximada, mientras no se demuestre lo contrario– lleva al autor a formular un sombrío balance de la historia de Estados Unidos, que tiene como contrapunto el relato melancólico de la historia que pudo ser y no fue. Todo empezó mal, nos dice Wolin, cuando la lucha por la independencia en el siglo XVIII otorgó a las élites norteamericanas un protagonismo político que les permitió crear un sistema a su imagen y semejanza. Y lo peor es que la apropiación de la causa de la independencia por aquella coalición de esclavistas del sur y puritanos de Nueva Inglaterra frustró la lucha revolucionaria que, desde «aproximadamente 1690», venía librando una masa abigarrada formada por miembros de la clase obrera, mujeres, indios, esclavos negros y demás representantes de aquella especie de new left que poblaba las trece colonias. El hecho es que, desde entonces, la historia de la (falsa) democracia americana se vio marcada a sangre y fuego por el triunfo de unas minorías organizadas que ya no soltaron el poder. Si acaso lo reforzaron en aquellos episodios que podían haber alterado el rumbo seguido desde 1776, como la Guerra de Secesión.
Si la arquitectura argumental del libro sorprende por su fragilidad, no puede decirse que la parte llamémosla empírica ayude a sostener la obra. Su afirmación de que el estalinismo dedicó sus mejores esfuerzos a perseguir a la izquierda lleva a preguntarse qué idea tendrá Wolin de lo que fueron el estalinismo y sus víctimas. La Guerra Fría habría terminado, según él, con la caída del muro de Berlín en 1987 (p. 40), dos años antes, por tanto, de la fecha real de este acontecimiento decisivo. Ya se ve que el rigor histórico no es algo que le quite el sueño al profesor emérito de Princeton. En cuanto a sus alternativas ante la oleada de totalitarismo que nos invade, Wolin descarta que una mayoría demócrata en el Capitolio y en la Casa Blanca sirviera para cambiar las cosas, puesto que el poder oculto de las corporaciones siempre quedaría a salvo de cualquier contingencia electoral. Así pues, al final todo se reduce a una lucha puramente resistencial, llevada a cabo por una «contra-élite» de funcionarios públicos y ONG que dirigieran sus esfuerzos, primordialmente, hacia la vida local como un espacio a resguardo de los superpoderes que nos gobiernan. Se trataría, en suma, de defender lo que, en esta era posdemocrática, nos queda de la vieja democracia, conclusión paradójica, además de frustrante, en un libro que presenta el pasado como una marcha imparable hacia el Apocalipsis, sin ningún motivo para la nostalgia por una democracia que, según el autor, nunca existió.
El nihilismo pseudoprogresista de Sheldon Wolin contrasta vivamente con el vitalismo contagioso que impregna las memorias de uno de los grandes especialistas en la historia de los totalitarismos: el historiador judío, alemán de nacimiento y norteamericano de adopción, George L. Mosse (1919-1999), autor de obras clásicas como The Nationalization of the Masses o Fallen Soldiers: Reshaping the Memory of the World Wars. Miembro de una acaudalada familia berlinesa, en la que cultura y negocios iban de la mano –su padre era el propietario del periódico Berliner Tageblatt–, Mosse recibió una esmerada educación en el ambiente liberal y cosmopolita de la República de Weimar. Con tales antecedentes, si aplicáramos una teoría de la predestinación a su experiencia personal, habría que decir que la conjunción entre sus raíces judías, su entorno social y familiar y su país de origen, la Alemania de entreguerras, lo condenaba a ser un hombre de cultura y a morir en el Holocausto. Por fortuna, se cumplió sólo la primera parte de lo que parecía ser un destino inevitable, aunque ese cumplimiento a medias bastó seguramente para que, según afirma en su autobiografía, su principal empeño como historiador fuera descifrar este inquietante enigma de nuestra civilización: «Por qué la cultura ha estado unida tantas veces a la catástrofe».
De ahí que el largo y fatigoso camino recorrido por Mosse desde su Alemania natal hasta su fallecimiento en Madison, Estados Unidos, en 1995 pueda verse como una doble búsqueda de sí mismo y de la respuesta a la pregunta anterior sobre el papel de las catástrofes históricas como detonante del pensamiento contemporáneo. Son dos procesos conexos, en los que se entrecruzan con gran naturalidad los sentimientos y los lugares (Berlín, Cambridge, Londres, Iowa, Madison, Jerusalén...) que van conformando la conciencia del autor en un continuo vaivén entre el desarraigo y la afirmación, cada vez más nítida, de su propia identidad. Esa búsqueda de sí mismo se adaptó sin grandes traumas a los accidentes del terreno y a los innumerables recodos del camino, de forma que ni la experiencia del Tercer Reich, ni su vida de judío errante, ni su homosexualidad, de la que habla abiertamente al final del libro, le impidieron sentirse «extraordinariamente afortunado» al hacer balance de su vida, ejemplo insuperable, en ese continuo ir y venir, de eso que a él le gustaba llamar «el ritmo de la historia».
Es inevitable la comparación entre la autobiografía de Mosse y El mundo de ayer de Stefan Zweig, obra excepcional a la que él mismo hace alguna referencia pasajera. Judíos los dos, víctimas del final de una época y de una civilización, uno y otro pertenecieron a un mundo y a una clase social –la burguesía judía de Europa central– que vivieron sus últimos días sin la menor conciencia del peligro que les acechaba. «Ninguna sensación de fatalidad inminente alteró mi infancia», afirma Mosse al principio de su libro, que contiene numerosos testimonios de la actitud relativamente confiada con la que su padre, «como muchos liberales de su generación», contempló el ascenso del nazismo e incluso su primera etapa en el poder. Se entiende que el triunfo del totalitarismo trajera consigo la pérdida de la inocencia del liberalismo, reconvertido en las nuevas generaciones en un compromiso antifascista capaz de aunar democracia y socialismo, con predominio de lo segundo sobre lo primero. Es la experiencia que hizo para siempre de Mosse, según sus palabras, un «liberal de izquierdas», forjado en la guerra de opinión desatada en el mundo occidental por la Guerra Civil española, que le sorprendió en Cambridge al principio de su formación universitaria. Tal vez ese significado iniciático que la guerra de España tuvo para toda una generación explique la sensación que Cambridge dejó en el autor de ser por primera vez él mismo.
Pero es posible también que el encuentro consigo mismo no se consumara hasta muchos años después, cuando sus frecuentes visitas a Israel le permitieron familiarizarse con el experimento sionista de un hogar judío, concebido y organizado según principios sociales y económicos que enlazaban con los ideales de su juventud. Todo aquello era tan distinto de su forma de vivir y entender el judaísmo –hasta entonces, una parte insignificante de su identidad–, que, cuando su anciana madre se mostró asombrada de que su hijo pasara tanto tiempo en Israel, en medio de tanto judío –ni más ni menos que ellos–, a Mosse sólo se le ocurrió una respuesta: «Madre, es que no parecen judíos». También lo era Jacob Talmon, uno de sus colegas más apreciados en la Universidad Hebrea de Jerusalén y reputado especialista en la historia del totalitarismo. Es comprensible la larga nómina de historiadores judíos que, como Mosse y Talmon, dedicaron su vida al estudio de este fenómeno. Al fin y al cabo, el nazismo y el estalinismo, como hoy en día el fundamentalismo islámico, hicieron del antisemitismo una de sus más siniestras señas de identidad. Pero mientras que las obras de autores como Hannah Arendt o el propio Talmon han soportado con dificultad el paso del tiempo, al quedar atrapadas en una interpretación fatalista del totalitarismo como una suerte de maldición bíblica de la modernidad, George Mosse acertó a desentrañar su singular naturaleza histórica, inseparable del proceso de nacionalización de las masas y de «brutalización de la vida política» –la expresión es suya– que desencadenaron la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. El efecto fulminante de ese cambio de civilización –o más bien de ese vacío de civilización– pudo comprobarlo al asistir en los años treinta a mítines multitudinarios en los que el fascismo desplegaba toda su capacidad hipnótica sobre las masas, subyugadas por una liturgia política que incluso en él mismo provocaba una adhesión inconsciente.
Que Sheldon Wolin no cite en su libro ni una sola vez a Mosse indica lo poco que le interesa el debate sobre el verdadero totalitarismo y el fraude conceptual que se esconde tras su noción de «totalitarismo invertido», cortada a medida del pensamiento neocon. Reducir la democracia norteamericana, en su estado actual –no muy boyante, ciertamente–, a su versión neocon es una simplificación tan arriesgada como la de aquellos intelectuales y políticos de izquierdas que en los años treinta definieron el New Deal de Roosevelt como un fascismo a la americana. Frente a la mezcla explosiva de ignorancia y sectarismo que contiene el libro de Wolin, la autobiografía de Mosse es la obra de un historiador magistral, que regala a sus lectores algunos de sus secretos más preciados como hijo y cronista del siglo XX.

01/02/2009

 
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