ARTÍCULO

Torrente Ballester: novedades en su centenario

 

Gonzalo Torrente Ballester nació en 1910 (Serantes, Ferrol) y en este año del centenario de su nacimiento han aparecido reediciones de algunas de sus obras. Por un lado, la editorial Castalia ha publicado La saga/fuga de J. B. dentro de su colección «Clásicos del siglo XX». Por otro, la editorial Salto de Página saca a la luz uno de los primeros y más olvidados libros del gran escritor: El golpe de Estado de Guadalupe Limón.
La edición crítica de La saga/fuga de J. B. ha sido preparada por los profesores Carmen Becerra y Antonio J. Gil González, y cuenta con una introducción biográfica y crítica, y más de seiscientas notas aclaratorias. En la introducción se presenta un interesante estudio de la magistral novela mediante el análisis de los distintos elementos que la componen: la construcción del escenario o ámbito físico, Castroforte del Baralla, como un auténtico personaje, con un pasado histórico y mítico que conforma las actitudes y vivencias de los personajes humanos; la presencia de las diferentes encarnaciones de ese «J. B.» que aparece en el título de la obra, en una sorprendente mixtura de niveles narrativos y dramáticos; lo que llaman los propios editores «espacios textuales», pormenor del escenario que acoge todas las peripecias novelescas; los juegos narrativos con el tiempo, que introducen montajes paralelos, simultaneidades y circularidades para construir un discurso narrativo riquísimo, en el que la fantasía y la metaficción no excluyen el humor y la sátira.
Con ocasión del trigésimo aniversario de la primera edición de la novela, en el número 75 de Revista de Libros (marzo de 2003), yo mismo señalaba que La saga/fuga de J. B., arriesgado, misterioso, divertido y también irritante texto, de extraordinario ensamblaje material, después de treinta años, y con todas sus desmesuras, se mantenía en plena vitalidad, tanto en lo que tocaba a la ambición y originalidad del proyecto como a la evidente solidez de su resultado formal. Señalaba que sus excesos se descubren fijados por un propósito firme y consciente del autor, que a veces hace invitaciones a saltarse determinadas páginas, sin duda desde la seguridad en la asistencia de ese lector devoto, fiel colaborador, tolerante hasta el sacrificio con sus caprichos, que por lo visto era posible en aquel tiempo. Y también añadía que, en lo literario, en ese Castroforte del Baralla que sirve de escenario a la novela puede haber un recuerdo de la Laputa que gravita sobre la isla de Balnibarbi y que conoció Lemuel Gulliver en sus viajes, pero que la narración rinde con humor homenaje a múltiples tradiciones culturales y literarias: la historia del dormido despertado, la de don Illán y el deán de Santiago, la exageración acumulativa y burlona de Rabelais, el laberinto barroco, el ciclo artúrico, los avatares del hinduismo, el eterno retorno, el sebastianismo, las mil y una noches y el Ulysses de Joyce, por citar las más evidentes. «Pero toda la literatura es hija de la literatura –precisaba yo–, y la grandeza de Torrente Ballester es haber construido una muy verosímil, vibrante, envolvente y simbólica ciudad de la imaginación, que pudiera ser el modelo secreto de cualquier ciudad», sin olvidar que, por debajo de lo fantástico, de lo esperpéntico y hasta de lo surrealista, en lo tocante a la galería de personajes, desde las autoridades civiles y religiosas hasta los prohombres y damas de distinta laya que pululan en sus páginas, va componiéndose un friso bastante reconocible de la vida española en provincias en las primeras décadas de la posguerra, con el tejemaneje de imposturas, injusticias, corruptelas e intereses mezquinos que componían buena parte de la vida cotidiana. Esta edición crítica de Carmen Becerra y Antonio J. Gil González ayudará, sin duda, a conocer mejor y seguir manteniendo en plena vigencia una de las piezas mayores de la narrativa española de todos los tiempos.
El golpe de Estado de Guadalupe Limón puede resultar para el lector un feliz descubrimiento. Esta edición viene precedida de un prólogo de Luis Felipe Torrente en el que presenta «una entrevista que nunca se hizo» con Gonzalo Torrente Ballester, utilizando textos del propio autor dispersos en diversas publicaciones. En ellos manifiesta cómo esta novela, que en principio iba a ser el arranque de una tetralogía que nunca se llevó a cabo, debía tratar de «cómo se forma un mito histórico, cómo culmina, cómo se destruye». La tetralogía no llegó a existir, acaso porque la primera de las novelas que podrían haberla conformado, El golpe de Estado de Guadalupe Limón, fue un completo fracaso editorial y careció, al parecer, de respuesta crítica. El autor recuerda que «todo lo más que se dijo de ella es que era una imitación de Tirano Banderas». Sin embargo, la lectura contemporánea de El golpe de Estado de Guadalupe Limón desvela claramente que Torrente Ballester –cuya primera novela, Javier Mariño, historia de una conversión, narraba los amores de un joven falangista y de una militante comunista en París, y concluía con el regreso a España del protagonista para apoyar la sublevación militar; fue prohibida por la censura a pesar de su indiscutible proclividad al mundo falangista–, tenía mucho que decir en el territorio de la narrativa en lengua española.
El golpe de Estado de Guadalupe Limón se publicó en el año 1946 y en ella aparece una perspectiva que, según el propio escritor, supone «un cambio radical de mi mentalidad, la instauración y aceptación de una actitud crítica, nacida de mi propia experiencia, de mi propia vida, sin contaminaciones ideológicas o teóricas». Quiero apuntar que, a mi juicio, en El golpe de Estado de Guadalupe Limón hay una serie de remotos pero seguros antecedentes de La saga/fuga de J. B. Es su segunda novela, el autor tiene poco más de los treinta años de edad cuando la escribe, y entre ella y La saga/fuga de J. B. van a mediar muchos años y muchos libros concebidos desde planteamientos estéticos diversos, pero sin duda podemos encontrar en ella elementos importantes para subrayar esa condición de antecedente. Lo primero que llama la atención es el enfoque formal del libro, totalmente alejado del modelo de tradición realista en boga en su momento. Además, El golpe de Estado de Guadalupe Limón está filtrado por la mirada sarcástica, sin pretensiones de establecer conexiones con las circunstancias contemporáneas del autor, y sin embargo, como sucedería luego en La saga/fuga de J. B., deja vislumbrar un sentido alegórico sobre determinados comportamientos y actitudes.
El núcleo de la historia, que sucede en una república hispanoamericana independizada recientemente de la metrópoli, lo compone el radical enfrentamiento entre dos mujeres, Guadalupe Limón, joven acaudalada, y Rosalía Prados, autora de una novela titulada Arminda, o la mujer entre dos hombres. Guadalupe Limón, supuesta hija del último virrey, pero cuyo origen familiar no parece claro, tiene treinta años y «cuando en Europa la gente comenzaba a suicidarse por amor, vivía aún como en el siglo XVIII; un siglo XVIII semitropical y todavía barroco, y el amor para ella fluctuaba entre gusto y diversión, sin grandes apasionamientos [...]. Cuando alcanzó la mayoría de edad era muy rica e imaginariamente libertina, aunque su libertinaje no hubiera tenido ocasión de concretarse en escándalos». Sorprende que la rigurosísima censura de la época, que con tanta dureza trató Javier Mariño, novela partidaria de la sublevación franquista, fuese tan tolerante con la conducta de esta joven soltera, que disfruta de sus amantes con toda naturalidad y que conduce con destreza la manipulación política, aunque lo cierto es que en las páginas de la novela no hay ninguna escena escabrosa. Por su parte, la escritora Rosalía Prados, en cuya condición criolla hay algo de mestizo, además de adversaria política de Guadalupe, es una arribista que pretende, y consigue, convertirse en la primera dama de la república.
Del intento de Guadalupe Limón para frustrar los proyectos de Rosalía Prados resultará no sólo la enemistad violenta entre ambas, sino una sucesión de importantes mudanzas históricas. Así, la narración expondrá la sucesión de tres jefes supremos de la república –Clavijo, Lizárraga y Mendoza– a través de dos revoluciones, en cuya preparación tendrá mucha importancia la actuación de determinados núcleos de conspiración. El papel de estos núcleos conspiratorios –que fraguan sus designios en diversas fiestas y reuniones– es un precedente de los colectivos de todo tipo –algunos con fines esotéricos– que abundan en las páginas de La saga/fuga de J. B. y de sus componentes individuales, y aunque en el caso de esta última novela lleguen a ser tratados desde la perspectiva del esperpento, tienen con los de esta otra novela primeriza bastante familiaridad en su trazo humorístico; así, el banquero Jesús Uriarte y su esposa, el brigadier Lizón, el coronel Sandino, el diputado Menéndez o el profesor Saavedra, caracterizados todos ellos por la ambición y el oportunismo. En el bando adversario están Lizárraga –que en su día derrocó a Clavijo– y su gabinete ministerial, cauteloso hasta la cobardía.
En el conjunto de conspiradores, por un lado, y de colaboradores y esbirros del jefe supremo, por otro, destacan con mayor protagonismo algunos personajes: es el caso del «traidor» Villegas, amigo y mentor de Guadalupe; o del capitán Suárez, que la odia con convincente aborrecimiento; o del inefable señor Martín, «de origen incierto y nacionalidad dudosa, de quien se sospechaba haber sido confidente de Fouché durante el Imperio napoleónico». Pero entre todos ellos destaca por su singularidad el capitán Ramiro Mendoza, un personaje entregado a sus particulares convicciones morales, que acabará dirigiendo el motín contra Lizárraga en nombre del repentinamente mitificado general Clavijo, y bajo el disfraz de una misteriosa identidad.
Al parecer, Ramiro Mendoza debería haber sido el personaje central de la tetralogía soñada algún día por Torrente Ballester y que el rotundo fracaso de El golpe de Estado de Guadalupe Limón debió de imposibilitar para siempre, como señalé antes, y en su composición, desde los primeros momentos –sus intervenciones y silencios en las reuniones sociales, sus conversiones y controversias con Guadalupe Limón, sus dudas políticas–, hay una voluntad de elaborar un personaje de largo alcance, muy en consonancia con ese propósito de representar las circunstancias de creación y destrucción de un mito histórico que animaba al principio el proyecto del autor. En todo caso, el derrocamiento del general Clavijo, su posterior recuperación mítica, y la ascensión de Ramiro Mendoza, ya como general triunfante de la revolución contra Lizárraga, esbozan el círculo que podría haber supuesto la nunca realizada tetralogía.
Hay que puntualizar que en todo este panorama no hay nada que no pueda aceptarse desde la verosimilitud de lo ordinario y que, sin embargo, está trascendido, ya que no por las extrañezas de lo fantástico, sí por esa distancia a la que aludí y que le da a la novela un aire no naturalista, una atmósfera de tinglado teatral en el que el personaje central serían los grupos humanos como generadores de insidias y de engaños sucesivos, al servicio de sus intereses más inmediatos y en nombre de sagrados referentes. La filiación sutil que pretendo señalar entre esta novela y La saga/fuga de J. B. no sólo está también en ese tono de espectáculo, sino en el gusto por la alternancia de textos. Aunque en él no se susciten peripecias fantásticas, se marca decididamente otro tipo de distancia, y a lo largo del discurso novelesco hay ocasiones, sorprendentes para el lector, en las que el narrador sintetiza determinadas actuaciones mediante extractos de correspondencia, o en las que, separándose bruscamente de la crónica cercana de los sucesos e introduciendo una voz que nos habla del pasado, incluye textos, como coplas populares o romances –una «vidalita»– e incluso escenas de piezas teatrales que habrían pretendido reproducir, en algún incierto futuro, determinados momentos de la conspiración de Guadalupe Limón para derrocar al general Lizárraga, o, con la ayuda de notas a pie de página, habla de la historia como si perteneciese a un pasado legendario y sus personajes formasen parte del acervo de la imaginación popular y del patrimonio de la ficción escrita. He aquí una voluntad mitificadora que en La saga/fuga de J. B. será llevada a sus extremos.
La elección del escenario, una república hispanoamericana en los años posteriores a la independencia, le da a la novela una personalidad especial, y la enlaza, ciertamente, con Tirano Banderas, pero sobre todo por lo raro que ha sido en la historia de la literatura española localizar sus ficciones en los espacios de ultramar. Pero del mismo modo que Castroforte del Baralla es la capital de la quinta provincia gallega, no recogida en los mapas ni en los repertorios catastrales, la innominada república en que Guadalupe Limón teje la trama de su golpe de Estado, es una especie de territorio metaliterario, aislado de estrictos referentes contemporáneos, aunque sin abandonar la sugestión de época, naturalmente. En la entrevista apócrifa que antecede a esta edición del libro, el autor lo explica con claridad: «El hecho de haber utilizado materiales americanos, aunque sean sólo secundarios, mantiene la ligazón [...] con determinada tierra, con determinado tiempo, incluso con determinada sociedad. A este respecto, no se le puede aplicar una crítica estricta y reclamar fidelidad literal, porque se trata de una novela imaginaria, no de una novela histórica».
Por último, así como en La saga/fuga de J. B. hay un personaje central, José Bastida, soñador bastante quijotesco que acaba saltando desde Castroforte del Baralla al suelo firme, acompañado de Julia, su amor recién descubierto, en El golpe de Estado de Guadalupe Limón hay un personaje, el que da título a la novela, que enlaza con muchas de las mujeres de nuestra literatura clásica –y pienso sobre todo en Lope de Vega y en Miguel de Cervantes– por su capacidad de autonomía, la asunción lúcida de su libertad y su naturaleza de «mujer de acción». En este sentido, del mismo modo que todavía no se ha hecho justicia a nuestros clásicos, desde determinados análisis, en su enfoque de la mujer, pienso que Guadalupe Limón representa ejemplarmente, en los momentos en que se escribió, no sólo una tradición, sino una mirada de lo femenino propia de la más rigurosa modernidad.

Gonzalo Torrente Ballester, La saga/fuga de J. B. Edición, introducción y notas de Carmen Becerra y Antonio J. Gil González. Castalia, 2010
Gonzalo Torrente Ballester, El golpe de Estado de Guadalupe Limón. Salto de Página, 2010

01/12/2010

 
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