ARTÍCULO

Borrar la memoria

Plaza y Janés, Barcelona, 1999
272 págs. 2.650 ptas.
 

Cuando a fines del siglo pasado comenzó a desarrollarse en España el movimiento naturalista, muchas fueron las voces que advirtieron de la superficialidad que podía encerrar aquella moda narrativa. El objeto de la literatura era ––y sigue siéndolo– crear microcosmos vitales en los que todos y cada uno de los elementos se necesitaran entre sí. La inclusión de la parte más cruel y fea de la realidad era justificable en la medida que contribuyera al desarrollo de la ficción. De nada servía «meter con calzador» ––permítaseme la expresión– prolijas descripciones de animales muertos, escenas escatológicas... si poco o nada enriquecían el proyecto narrativo. La historia se repite. Sin embargo, el curso del tiempo no se curva – como quería Vattimo– para llenar con nuevos bríos las viejas bases de nuestra cultura. A imagen y semejanza de aquellos mediocres escritores adscritos al movimiento de origen francés, una pléyade de jóvenes creadores llenan las páginas de sus novelas con marcas de género. Digámoslo de manera más simple. Para que una obra sea considerada desde el punto de vista editorial ha de albergar en su seno una serie de premisas que, por supuesto, nada tienen que ver con el verdadero ejercicio del cultivo de la palabra: juventud, ambigüedad sexual, una surtida gama de drogas... Junto a los «estigmas» argumentales, otros ¿técnicos?: narración en primera persona, tanto mejor cuanto más desdibujada, inexistencia de un proyecto narrativo coherente, superficialidad a la hora de forjar los personajes... Metamos todos estos ingredientes en la suculenta coctelera del negocio editorial y tendremos una novela a la moda y con todas las garantías de convertirse en un éxito de ventas. Todo esto –y nada más– hay en Tokio ya no nos quiere.

Como en tantas otras ocasiones, pretensiones y resultados transitan sendas muy alejadas. Loriga sitúa su novela en un tiempo próximo y en una enorme variedad de espacios (Berlín, Madrid, Tokio, Arizona...), unidos por los objetivos comunes de las gentes que los habitan: la necesidad de borrar, a través de la utilización de «química» (droga de última generación), partes enteras de memoria. El lector contempla ese universo decadente de la mano del protagonista y narrador, un vendedor de dicho producto, incapaz de recordar nada de su pasado y condenado, por ello, a vivir una existencia sin referentes, asida, en la desesperación, a un presente que, tan pronto como es vivido, desaparece para siempre. Loriga partía, pues, de un inmejorable marco argumental. La chispa de la inspiración, por el contrario, se enciende tan sólo una vez. Todo lo demás –y es ahí donde reside la gloria de la literatura– es oficio. El escritor madrileño podría haber explorado las razones que llevan al protagonista a querer borrar todo vestigio de su historia personal; indagar en la desesperada situación que implica la abolición del pasado, tanto individual como colectivo; en definitiva, crear un «yo» narrativo vehículo de estados del alma. Sin embargo, escarbar en la psicología de los personajes conlleva la existencia previa de esos mismos personajes. La tautología no parece ser asumida por todos. Ahí reside el gran problema de Tokio ya no nos quiere. Más que de un narrador-personaje debemos hablar de un sujeto gramatical –por ello, intercambiable y prescindible– al que se le endosan acciones arbitrarias e intranscendentes, encaminadas, en apariencia, a forjar su inexistente psicología. Con ello, el motivo del que parte la novela se ve anulado en sí mismo. A fin de cuentas, tras la lectura de las primeras páginas, descubre uno que, más que ante una obra singular, está de nuevo ante la retahíla de episodios que, por su reiteración en tantas y tantas novelas al uso, ha perdido ––si es que algún día lo tuvieron– todo el interés. En resumen, que vale tanto –más bien tan poco– leer la última como la primera novela de Loriga, pues, grosso modo, no hay ninguna diferencia; y lo que es peor, lo mismo da Tokio ya no nos quiere que muchas otras obras de muchos otros «rebeldes» de nuestro tiempo, porque, como aquellos naturalistas de manual, los recursos empleados son los mismos y el fondo ninguno.

La rebeldía contra lo unánimemente admitido, el nihilismo existencial..., marbetes de todo un grupo de jóvenes narradores, quedan transformados en guiños pueriles dirigidos a un receptor que se busca, descaradamente, de antemano. Como muestra un botón: «Por supuesto hay luz blanca en Europa y en América, pero por supuesto no es lo mismo. Sacar la droga de aquí es tan difícil como mearse en la tumba de Ho Chi Minh y puede que aún más peligroso» (págs. 80-81). Cualquier atisbo de lucidez queda abolido por lo que parece el estribillo de una canción de moda: «Después me como otro TT y follamos» (pág. 120). Por supuesto, el «TT» es intercambiable por «GPG» o lo que ustedes quieran. El colmo de la incoherencia llega cuando el fantoche que hace las veces de protagonista es capaz de sacar conclusiones antropológicas como la que sigue: «No hay nada tan bueno como follar con una mujer triste y es por eso y que dios me perdone que las viudas y las madres y las hermanas de los muertos son siempre, con diferencia, los mejores polvos» (pág. 104).

Cuando parece que la novela llega a su fin, aterrizamos en «Viernes Santo» penúltima de las nueve partes en que se divide Tokio... Ray Loriga se muestra, más que nunca, incoherente y arbitrario. Más de doscientas páginas consagradas a la superficialidad en su grado máximo, para acabar con un protagonista que se plantea, tras una fracasada cura de memoria, el porqué de la pertinaz fe católica que llena los rincones de España. O lo que es peor, explicitar una moraleja que quedaba clara, por su obviedad, desde los primeros acordes de la obra. Sin que sirva de precedente, argumento y finalidad coinciden en Tokio...: bórrese de la memoria.

01/05/1999

 
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