ARTÍCULO

Tom Wolfe: la sombra de una duda

Farrar, Strauss & Giroux, Nueva York, 1998. Esta novela será publicada enespañol por Ediciones B elpróximo otoño
 

En 1989, en plena resaca del éxito alcanzado por su primera obra de ficción, La hoguera de las vanidades, publicada dos años antes, Tom Wolfe dio a conocer un manifiesto en el que exponía su teoría de la novela. Según él, la concepción dieciochesca del realismo introducida por Richardson, Fielding y Smollett supuso en el terreno de la literatura una revolución equivalente a la incorporación de la electricidad en la ingeniería. Gracias a estos autores, era posible adentrarse en el sistema nervioso y en la mente de los personajes. Novelistas posteriores, como Dickens, Dostoievski, Balzac, Zola y Sinclair Lewis dejaron claro que el escritor de ficción tenía que ser capaz de trascender la experiencia personal. En tanto que cronista de su época, la misión del novelista era adentrarse en los escondrijos del sistema social pertrechado de un cuaderno de notas y una pluma y, conforme al término empleado por Zola, documentarse. «Especialmente en una era como la que nos ha tocado vivir, el periodismo es esencial para lograr los más brillantes efectos de la literatura», escribía Wolfe. Deplorando la pusilanimidad y el ombliguismo de los novelistas norteamericanos contemporáneos, e invocando una vez más el ejemplo de Zola, quien en 1884 descendió a las minas de Anzin a fin de reunir la documentación que serviría de base a Germinal, el padre del nuevo periodismo diagnosticaba: «Necesitamos un batallón, una brigada de Zolas, para adentrarnos en este país tan salvaje, extraño, imprevisible y barroco, y reclamar lo que nos pertenece literariamente». Con la esperanza de que América tuviera una literatura a la altura de la vastedad y complejidad del país, concluía: «Si los narradores de ficción no hacen frente a lo obvio, la segunda mitad del siglo XX pasará a la historia literaria como la época en que los periodistas no sólo se adueñaron de la riqueza de la vida norteamericana como si fuera su propio dominio, sino que también se apropiaron de las altas tierras de la literatura misma». Wolfe hablaba con la autoridad y experiencia que le conferían el haber revolucionado la expresión periodística de su época. Verdadero intérprete de los nuevos tiempos, el periodista tenía la obligación de imprimirle al lenguaje de la no ficción el rigor y la perfección artística hasta entonces reservados a la retórica del discurso literario.

Tom Wolfe nació en Richmond, Virginia, en 1931. Tras cursar estudios superiores en las universidades de Lee y Washington, en 1959 se doctoró por Yale con una tesis sobre la influencia del comunismo en los escritores norteamericanos. Se inició en el periodismo haciendo reportajes sobre el mundo de los suburbios para el Washington Post. Tardó poco en agotar las posibilidades que le ofrecía la capital federal, y decidió trasladarse a Nueva York. En 1963, sus colaboraciones para el suplemento dominical del Herald Tribune, lo habían convertido –para bien y para mal– en el centro de atención de los círculos literarios del país. Su singularísimo estilo –un lenguaje rayano en lo delirante, un ingenio maléfico y burlón, una sutilísima capacidad para la captación del detalle concreto, una perspicacia inigualable para penetrar en el interior emocional de sus personajes, una agudísima capacidad para la sátira y la ironía– creó escuela. Su aporte más original consistió en incorporar a la no ficción un elemento propio de la ficción: el punto de vista, en el sentido que le daba Henry James al término. Su sagacidad como observador de lo real, sobre todo en el plano público, hizo de Wolfe un cronista inigualable de las costumbres sociales. El éxito de sus artículos provocó que revistas como Esquire, New York y Rolling Stone compitieran ferozmente por su firma. Cuando sus piezas periodísticas más idiosincráticas se publicaron bajo el abracadabrante título de The Kandy-Kolored TangerineFlake Streamline Baby, se agotaron tres ediciones de gran tirada en el espacio de un año, poniendo de manifiesto que el talento de Wolfe trascendía ampliamente el carácter efímero inherente al género periodístico. En libros sucesivos sometería a examen diversos fenómenos de la sociedad de masas: la generación beat y la cultura de las drogas; la historia de los Panteras Negras; la contracultura y el radicalismo de los años sesenta; la carrera espacial; el mundo del arte. Sus títulos, hilarantes, irreverentes, y muchos de ellos trabalenguas virtualmente intraducibles (The Electric Kool-Aid Test, The Pump House Gang, Radical Chic & Mau-Mauing the Flak Catchers, Mauve Gloves and Madmen, Clutter and Vine), etiquetaban a la perfección una forma de sátira social desde entonces indisolublemente asociada a su nombre. Había cincelado un estilo único, un lenguaje personalísimo y, pese a sus muchos imitadores, irrepetible. Provocativa y demoníaca, su risa daba al traste con todo. En 1979 dirigió el punto de mira hacia el programa espacial del gobierno norteamericano. El producto resultante, la «novela no ficticia» titulada The Right Stuff (1979), sigue siendo para muchos su mejor obra.

Durante los largos años en que cultivó su singular forma de realismo social, Wolfe no se cansaba de repetir que lo que estaba haciendo con la no ficción era en realidad una labor que les correspondía a los novelistas norteamericanos, sólo que éstos, empeñados en la experimentación formal, descuidaban sus obligaciones. Por fin, en 1987 tomó la decisión de entrar a saco en el terreno de la ficción. Para su primera incursión novelística, eligió la ciudad de Nueva York, como resumen y nódulo de la realidad norteamericana, llevando a cabo una exploración paralela (y desigualmente lograda) del mundo yuppie de los accionistas de Wall Street y del ghetto, haciendo del conflicto racial y la erótica del dinero los ejes de su universo narrativo. La hoguera de las vanidades fue un bestseller de proporciones colosales a escala nacional e internacional. Unos la proclamaron la novela de la década. Otros la rebajaron a la categoría de mero montaje publicitario. Hubieron de pasar once años antes de que viera la luz su segunda obra de ficción. Entretanto, el autor logró superar una crisis cardíaca de suma gravedad y una depresión profunda. Wolfe había cumplido los 67 años cuando se publicó A Man in Full. Las circunstancias espectaculares que rodearon la aparición de su primera novela una década antes, se volvieron a repetir, sólo que a mayor escala todavía: un avance de un millón de dólares y una tirada inicial de un millón de ejemplares. El título copó inmediatamente el número uno de las listas de superventas. Las reseñas, incluidas las de críticos serios y novelistas muy respetables fueron mayoritariamente elogiosas.

No es fácil hacer una valoración objetiva de A Man in Full. Tom Wolfe es un novelista estigmatizado. La leyenda que rodea su figura y la desmesura de su éxito lo hacen sospechoso a ojos del lector culto. La historia de la recepción de A Man in Full en su país de origen puede ayudar a poner las cosas en perspectiva. Un crítico que valoró positivamente la obra resumió bien el estado de la cuestión cuando dijo que la polémica desatada en torno a la novela era tan fascinante como la experiencia de leerla. A Man in Full se reseñó en la práctica totalidad de las publicaciones del país, desde las más frívolas hasta las de mayor prestigio intelectual. Aunque hubo división de opiniones, la balanza se inclinó notablemente hacia un veredicto favorable. En el fondo lo que se estaba discutiendo era si Wolfe era digno o no de ser admitido en el sancta sanctórum del canon. Pese a la cantidad y calidad de las opiniones a favor, el dictamen de dos santones del establishment literario le asestó un golpe mortal a la reputación del libro. Desde las páginas del New Yorker, decano de la prensa literaria neoyorquina y frecuente blanco de los dardos envenenados disparados por Wolfe a lo largo de los años, John Updike emitió un veredicto lapidario: A Man in Full es mero entretenimiento, no literatura. Tom Wolfe no llega siquiera a la categoría de aspirante a literato. A su vez, Norman Mailer, en un artículo extensísimo publicado en el academizante New York Review of Books, se mostró más imparcial pero a la postre no menos negativo. Tras confesar abiertamente que había disfrutado con muchos pasajes de la novela, y sin negarle en ningún momento a Wolfe el talento necesario para escribir gran literatura, Mailer diagnosticó que el problema sencillamente consistía en que el autor había optado por escribir un mega-best-seller, y ahora estaba condenado a padecer las consecuencias. El sumo pontífice de la crítica norteamericana y árbitro del canon occidental, Harold Bloom, valoró positivamente la novela. Más habituado al escrutinio de los clásicos que a mediar en polémicas de actualidad, a Bloom le parece que Wolfe es una especie de Balzac en tono menor.

Falta mencionar otra crítica digna de consideración, ésta de signo ditirámbico. Más de uno levantó las cejas al leer en el prestigioso suplemento literario del New York Times que Tom Wolfe es uno de los escritores norteamericanos más importantes de nuestro tiempo, y si ciertos autores de renombre se negaban a reconocerlo era porque les resultaba muy difícil aceptar que los superara no sólo en amenidad, sino también en calidad, ello sin entrar en la astronómica diferencia en cuanto al número de ventas.

El escenario de A Man in Full es la ciudad de Atlanta, urbe postolímpica y ultramoderna, capital del estado de Georgia, síntesis y cifra del vasto tapiz social que son los Estados Unidos de hoy, emblema perfecto de una América corporativa, conflictiva, multirracial y multicultural, territorio inestablemente compartido por negros, blancos y asiáticos. Fiel a sus principios, antes de escribir una sola línea, el autor dedicó largos años a investigar su tema, reuniendo una documentación exhaustiva. Wolfe visitó las grandes plantaciones de Georgia, se sentó a la mesa de los hombres más ricos y poderosos del estado, entrevistó a banqueros, políticos, deportistas y abogados, le tomó el pulso a las instituciones, devoró una ingente cantidad de publicaciones, viajó a los suburbios, se documentó escrupulosamente sobre la historia, la arquitectura y el urbanismo de la ciudad, habló con representantes de todas las razas y estamentos sociales, y cuando hubo terminado de estudiar los diversos escenarios en que habría de ubicar al protagonista, el multimillonario Charlie Croker, se desplazó hasta Oakland, al otro extremo del país, con ánimo de registrar minuciosamente todos los detalles y accidentes de la geografía y el ámbito vital del contrapunto narrativo representado por el humilde personaje de Conrad Hensley. En torno a Charlie Croker, magnate de la propiedad inmobiliaria, ex estrella del fútbol (americano) y propietario de una plantación de 29.000 acres, cuyos empleados son todos negros, Wolfe agrupó un reparto de personajes de proporciones dickensianas; Wesley Dobbs Jordan, alcalde de la ciudad, y el abogado Roger White II representan a la aristocracia negra de Atlanta. Fareek Fanon, atleta que recuerda a Mike Tyson, acusado de violación por Elizabeth Armholster, hija de uno de los industriales más poderosos de Atlanta, es el catalizador de una grave amenaza de confrontación racial. En derredor de ellos, un sinfín de personajes de diverso relieve, y que representan a todos los componentes del abigarrado tejido social norteamericano. Wolfe los mueve con destreza por entre los vericuetos de un audaz –Mailer dixit– trazado de argumentos y subargumentos. En este inmenso laberinto, destaca, por lo novedoso y conmovedor, el relato subsidiario protagonizado por Conrad Hensley, un humilde empleado de una de las empresas de Croker, a quien los golpes ciegos del destino llevarán primero a la prisión de Alameda County, y luego al descubrimiento –nueva sorpresa de la imaginación wolfiana– de la filosofía estoica de Epicteto.

Mal que les pese a muchos, a los 67 años Tom Wolfe sigue en forma y mantiene intacta una endiablada capacidad para atrapar con notable exactitud el espíritu de los tiempos. Que éstos, como el protagonista de la novela, sean de una vulgaridad aplastante, es harina de otro costal. Política y estéticamente conservador, en el fondo lo que ha hecho es escribir una comedia de costumbres en la más pura tradición dieciochesca. Se tarda un poco en detectar la anomalía, pero lo que sucede con A Man in Full es que se aplica a un tema de rabiosa actualidad un tratamiento narrativo más bien arcaizante. Como ocurriera con su novela anterior, Wolfe cultiva una forma de realismo social un tanto anacrónica, por más que el envoltorio de la prosa (ortografía psicodélica, letras de rap y de hip-hop) le quieran aplicar un maquillaje más a tono con los tiempos.

El desarrollo narrativo ofrece muchos momentos interesantes, y si el lector hace caso omiso de los prejuicios que pesan sobre el autor, y se limita a dejarse llevar por el vigoroso lenguaje que se despliega en la novela, sucumbirá sin darse cuenta al poder de seducción del relato. A Man in Full se configura como un friso del tardocapitalismo sobre el que descansan simultáneamente el bienestar y el malestar de la cultura norteamericana. Casi todo está ahí: la corrupción de la clase política, los juegos de sociedad de los más privilegiados, el despiadado código de conducta por el que se rige el mundo de las finanzas, el poder de los medios de comunicación, las tensiones raciales, la violencia de la vida callejera, la manipulación comercial de la cultura, la rutina de los ciudadanos sin nombre, o la vida en el interior de una cárcel. Si se ha de resumir en una sola palabra, el gran tema de la novela es el de la mitografía del éxito en sus múltiples formas: el poder, la riqueza, la moral de triunfo, el instinto de propiedad, todo ello medido por el rasero de la masculinidad. Como trasfondo y resumen de todo, el sexo, definido por el mefistofélico narrador como «el gran chiste de Dios».

Junto a los muchos momentos en que la narración procede con gran eficacia, abundan los clichés y no es difícil hacer un inventario de fallos. En general, a Wolfe se le da mejor la construcción de las escenas de grupo que el estudio de la personalidad individual. Como suele suceder en el género costumbrista, sus personajes tienden a ser estereotipados, y el tratamiento de temas como el honor, el deber, el pecado o la religión (uno de los ejes en torno a los que gira la novela) cobran más sentido como formas de expresión colectiva que como manifestaciones de la conducta personal. Wolfe no sabe adentrarse en las interioridades de los personajes femeninos, al igual que no acaba de llegar al fondo psicológico de quienes no son blancos y ricos; la única excepción es Conrad Hensley.

A Man in Full es una novela amena, desenfadada, accesible y ambiciosa, de indudable valor como documento social. Uno de los problemas que plantea el texto es que el lector le exige demasiado, de lo que tiene no poca culpa el autor, por lo prometedor de su propuesta. Escritor maximalista, a Tom Wolfe le gustan los excesos. Cultiva la estética a la contra del más-es-más. Como consecuencia de su falta de mesura, el desarrollo narrativo resulta en su conjunto un tanto inflado y muchas veces peca de superficial. La arquitectura de este inmenso relato no es perfecta. El largo viaje del lector entraña muchas recompensas, pero también no pocas frustraciones, una de las más graves, que Wolfe no sabe poner un final adecuado a proyecto tan ambicioso.

Decíamos más arriba que la historia de la recepción crítica de A Man in Full fue tan azarosa como las peripecias de su argumento. Todavía es preciso dar cuenta de dos episodios de relieve. En medio del fragor de la polémica sobre los méritos literarios del libro, un selecto jurado de notables nominó A Man in Full finalista del Premio Nacional del Libro. Interpretado como un gesto simbólico, partidarios y detractores dieron por hecho que Wolfe se llevaría el galardón. No fue así, y el autor encajó con elegancia este nuevo desaire.

Al igual que el largo relato wolfiano, la historia se cierra con un epílogo. Dado el empecinamiento con que el establishment literario seguía sin dar su brazo a torcer, a muy pocos les parecía plausible que la Academia Americana de Artes y Letras se tomara en serio la candidatura de Tom Wolfe. Cuando hace escasas semanas apareció su nombre entre los de los nuevos miembros de tan patricia institución, se puso punto final a un largo episodio. Pero no a la polémica. El lector de a pie (el lector ingenuo ensalzado por Pedro Salinas en El defensor) no se lo pensará mucho y probablemente comprará su ejemplar de A Man in Full. Además de engrosar las arcas del autor, es muy posible que se lo pase en grande. Para el lector culto las cosas no serán tan fáciles. La crítica le ha fallado: entre tanta discrepancia no está garantizada la calidad del producto. A sus ojos, Tom Wolfe seguirá siendo tan sospechoso como siempre. Fiel a sus prejuicios, le gustaría que Updike y Mailer tuvieran razón. Pero le quedará la sombra de una duda. Decía Peter Handke que hay grandes novelas plagadas de imperfecciones. ¿Será este el caso de A Man in Full? Nadie puede contestar por él esta pregunta. La única salida es embarcarse en su lectura. Y habiendo cerca de un millar de páginas de por medio, la decisión no es fácil.

01/08/1999

 
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