ARTÍCULO

Todo sobre mi madre

Anagrama, Barcelona, 192 págs.
Anagrama, Barcelona, 176 págs.
 

Decía Freud que la fase preedípica tenía más importancia en la niña que en el niño y que en esta fase de total dependencia de la niña hacia su madre (antes de dirigir su atención hacia el padre) se halla el germen de ulteriores paranoias en la mujer... Aquello que Freud bautizó con el nombre de «histeria» estaría así enraizada en esa fase de total dependencia hacia la figura materna, dependencia que ha de romper al enfrentarse a ella en el proceso psicológico que Freud llamó complejo de Edipo (o de Electra, si atendemos a una posterior denominación). La rebelión de la niña contra su propia madre se convertiría así, según Freud, en el momento clave de la formación de su personalidad y no dejaría de influir en ella a lo largo de toda su vida...

Disculpará el lector las referencias a Freud (¡y más aún al manoseado complejo de Edipo!) para tratar de explicar lo que a primera vista parece inexplicable, el boom en nuestro país de la literatura «maternal». Desde que Laura Freixas publicara en 1996 su excelente antología Madres e hijas (con relatos «maternales» de casi todas las plumas femeninas del último medio siglo) la cosa ha ido a más, y, a la larga lista de la antología de Freixas, hay que añadir los nombres de Mercedes Abad e Inma Monsó, además de Soledad Puértolas y Esther Tusquets, que ya figuraban en la citada antología.

Yo empiezo a sospechar que, en los últimos tiempos, los hombres hemos dejado de ser el blanco preferido de las iras femeninas (quizás porque ya no tenemos la importancia que antes teníamos) y que las escritoras dirigen ahora sus dardos contra sus progenitoras, que es casi como dirigirlos contra sí mismas. Se trataría, por tanto, de un saludable proceso de katharsis y autocrítica, en el que, por una vez, los hombres estaríamos excluidos... El ya rancio feminismo de los últimos treinta años habría quedado así definitivamente superado y la mujer-escritora se contemplaría ahora en el espejo de su propia madre, abandonando ya definitivamente ese speculum que el hombre fabricara para ella (versión Luce Irigaray).

Naturalmente, en el caso de Esther Tusquets, la cosa viene de antiguo y desde su primera obra (El mismo marde todos los veranos) la relación conflictiva con la madre quedaba ya perfectamente definida. Su violento altercado verbal con su progenitora en su última obra (Correspondencia privada) no hace sino cerrar un ciclo de su obra presidida, sin duda alguna, por la figura de su madre. Presidida no sólo en el sentido de las continuas referencias a su persona sino en el sentido de que es esa persona, esa madre, la responsable última de que Esther Tusquets cogiera la pluma hace ya un cuarto de siglo.

Me explico. Esther se había considerado siempre el «patito feo» en aquella familia de «personajes altos y rubios» (cito de la propia autora) pertenecientes a la alta burguesía de Barcelona. Tanto su abuelo, fundador de la Banca Tusquets, como su padre, empresario y hombre de negocios, como su tío, influyente canónigo inspirador de un catolicismo reaccionario, conformaban una familia de la burguesía más conservadora que la joven Esther habría de rechazar a medida que crecía y desarrollaba su propia personalidad... Pero la inquina de la joven Esther se centraba sobre todo en la figura de su madre, aquella «mujer con irrevocable vocación a la divinidad», rodeada siempre de «una corte de admiradores». Tan perfecta que «parecías saberlo todo sin haber recibido clases de nada», aquella «Pallas Atenea» que en alguna ocasión era capaz de convertirse en una «Arpía»...

Es decir, el odio de Esther nacía de la propia adoración hacia su madre, de aquella figura para ella absolutamente inalcanzable que trataba, en vano, de fabricarla a su imagen y semejanza... Ella era el «patito feo» en una familia de «cisnes blancos» (al menos, ese era el imaginario que se había montado) y su rebelión consistiría justamente en la propia escritura, es decir, en el público strip-tease de la familia Tusquets. Un strip-tease que comenzaba, naturalmente, por ella misma, por su propia indefinición sexual, en un mundo en el que, por aquel entonces, el sexo estaba perfectamente definido. La idea de una sexualidad «abierta» donde se admitieran relaciones con ambos sexos era tema tabú en aquellos años del franquismo.

Siempre he pensado que con El mismo mar de todos los veranos se iniciaba en España la escritura femenina propiamente dicha, es decir, una escritura de características esencialmente distintas a la escrita por varones. Hay, en las novelas de Tusquets, todos los ingredientes de esta escritura: continuas referencias autobiográficas, uso continuo de la segunda persona (novela epistolar), constantes divagaciones y rememoraciones espontáneas como si se tratara de una charla. Carácter siempre íntimo de la narración, referencias al lesbianismo, etc. Con la posible excepcion de Mercé Rodoreda o Rosa Chacel antes que ella, es Esther Tusquets la primera mujer que escribe como tal, que crea, o re-crea, una voz inequívocamente femenina... La saga de los Tusquets, el ciclo de novelas y narraciones que Esther iniciara hace ya casi un cuarto de siglo, se cierra ahora con esta última entrega, su Correspondencia privada. A partir de ahora, tal como la propia Tusquets ha declarado, comenzará a escribir sobre los demás.

En los antípodas de Esther Tusquets habría que situar la obra de Soledad Puértolas Con mi madre. La exuberancia expresiva de la escritora catalana contrasta fuertemente con la sobriedad de la castellana, a su voluntaria renuncia a todo lo accesorio, a su aspiración a una desnudez expresiva que muy bien podríamos describir como escritura minimalista... Además, la relación de la escritora con su madre fue radicalmente distinta a la de la anterior escritora: llena de cariño y admiración en el caso de la Puértolas, violenta y conflictiva en el caso de la Tusquets... Y sin embargo algo hay que empareja obras tan dispares y es su planteamiento mismo, la necesidad de su escritura como ejercicio de katharsis...

Una katharsis que en el caso de la Tusquets se asemeja más a un ajuste de cuentas y en el caso de Puértolas a un emocionado homenaje a un ser querido y excepcional... Pero katharsis, al fin y al cabo, en ambos casos por el sentido de «liberación» que ambas escritoras experimentan al término de su escritura. Como si al fin se hubieran liberado de una pesadísima losa que las hubiera estado oprimiendo durante toda su vida.

Hay una afirmación de la Puértolas que pondrá, sin duda, los pelos de punta al más cínico de sus lectores, cuando afirma que, al morir su madre, apenas se sintió con fuerzas para seguir viviendo y quiso morir ella también... Sorprende, sobre todo, el impudor mismo de la afirmación, como si la muerte de la madre fuera tan colosal tragedia que cualquier camuflaje literario resultara mezquino, como si sus triunfos literarios y su propia vida familiar de la que tanto nos habla resultaran, a la postre, desdeñables en el momento de la pérdida de su ser más querido...

Toda novela es, por supuesto, autobiografía en la que el autor emplea diferentes máscaras para ocultar su verdadera personalidad... Por eso resulta tan emocionante –y a la vez, tan impúdico– contemplar a estas dos veteranas autoras de nuestro panorama literario despojarse de las máscaras, desnudarse ante el sorprendido lector... Es este rasgo de absoluta sinceridad lo que, en definitiva, concede un valor extraordinario a estas dos obras que acaban de ver la luz... No tienen, desde luego, el nivel de elaboración ni la calidad literaria de sus obras anteriores pero sus lectores asiduos les agradecerán sin duda estas páginas de íntima confesión, como si no fueran afamadas novelistas sino viejas amigas que nos escriben sus penas en dos largas y enternecedoras epístolas.

01/11/2001

 
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