ARTÍCULO

«El mejor libro del mundo»

Alianza, Madrid
Trad. de Joan Francesc Vidal Jové
890 pp. 29 euros
Algar, Valencia
Versión de Joan Enric Pellicer
716 pp. 35 euros
Algar, Valencia
Versión para jóvenes de Josep Palomero y Vicente Muñoz Puelles
152 pp. 25 euros
 

Así definió Miguel de Cervantes el Tirant lo Blanc y, desde luego, a lo largo de los últimos siglos no han faltado elogios tan apasionados como ese. Menéndez Pelayo lo consideraba «uno de los mejores libros de caballerías que se han escrito»; Dámaso Alonso sopesó cuidadosamente los elementos que lo convertían en «la primera novela moderna»; Mario Vargas Llosa lo llamó, con feliz acierto, «novela total», por la suma de perspectivas y posibilidades narrativas que mostraba; Pedro Gimferrer nos advertía de que «su riqueza parece no tener límites»; y, recientemente,The New York Times lo ha calificado como «la novela de caballerías más divertida de la literatura universal». Ante alabanzas tan unánimes, es lógico preguntarse cuáles son las características más notables de la obra que escribió Joanot Martorell hacia 1464.
La primera, desde luego, es su incipiente realismo. En principio, Tirant lo Blanc no deja de ser un relato de caballerías medieval, parecido, en líneas generales, a las ficciones artúricas o al Amadís de Gaula. Basta fijarse, por ejemplo, en que el protagonista se nos presenta como un simple caballero de Bretaña, como Tristán, Lanzarote del Lago o el mismo Amadís. Sin embargo, frente al marcado tono ficticio de esas narraciones, el Tirant apuesta por el verismo más cercano. Su acción no se desarrolla en un paraje ilusorio, repleto de bosques encantados, hadas y señores crueles, sino en Inglaterra, Sicilia, la isla de Rodas, Constantinopla... Lugares, en fin, que sus lectores conocían y podían señalar sobre un mapa. De igual manera, su acción no se sitúa en un pasado remoto e indefinido, sino unos pocos años antes de su escritura, de manera que muchos de los acontecimientos narrados (la boda del rey de Inglaterra, como la celebrada en 1445; el ataque de los turcos a Rodas, como el ocurrido en 1444) también se reconocen de inmediato como algo real, lo que contribuye a reforzar ese tono verista. Hasta el protagonista,Tirant, parece haberse modelado a partir de personajes históricos tan conocidos por todos como Roger de Flor, el almogávar que se casó con la heredera del imperio bizantino, o János Húnyadi, «el caballero blanco», voivoda de Hungría, quien derrotó a los turcos en 1448 y 1456.Asimismo, las proezas de los caballeros, el tiempo que emplean en sus viajes, las fiestas que se celebran, los edificios que se describen: todo, en fin, responde a lo que podríamos encontrar en la realidad. Una realidad sorprendente, majestuosa y deslumbrante, pero no más que cualquiera de los torneos o fiestas caballerescas que relatan las crónicas del siglo XV.
En suma, puede decirse que todo en esta obra refleja una visión del mundo esencialmente veraz. Los caballeros conversan amigablemente, son heridos, mueren en sus camas; las damas se enamoran, se hacen confidencias, sienten celos... Si los personajes de los relatos tradicionales parecían hechos de una sola pieza, pura maldad o puro heroísmo, los del Tirant participan, en diferente medida, de todas las pasiones humanas, por lo que resultan mucho más complejos o, si se quiere, mucho más reales. Eso hace que reflejen a la perfección todas las flaquezas: la emperatriz de Constantinopla, por ejemplo, de la más noble alcurnia, sucumbirá ante los encantos de un joven arribista, e Hipólito, sobrino de Tirant, descubrirá que es más fácil convertirse en emperador entre las sábanas de aquélla que en el campo de batalla.
Todo ello conlleva una abundante dosis de escenas humorísticas, en las que los principales tópicos de las narraciones caballerescas (el amor ideal,el honor,los modelos aristocráticos de comportamiento, el poder real) quedan ridiculizados o, por lo menos,se contemplan de manera muy irónica. Son excelentes, en ese sentido, las escenas nocturnas en el palacio del emperador, magnífico ejemplo de vodevil... en el siglo XV; la divertida forma en que se descubre que Roberto, rey de Sicilia, no es hijo del anterior monarca sino de su panadero; o los desvelos de Tirant por disculpar las estupideces del príncipe Felipe de Francia ante su enamorada, Ricomana.
Y aún habría que señalar un último detalle que singulariza el Tirant frente a los relatos tradicionales, y es su alta dosis de erotismo. En efecto, no faltaban en esas otras obras escenas subidas de tono (baste recordar cómo se escandalizaban los clérigos y los moralistas ante ellas), pero nunca habían alcanzado las cotas de ésta, en la que la doncella Placerdemivida guía las manos de Tirant sobre el cuerpo desnudo de Carmesina o espía tras una puerta las proezas amorosas de sus amigas.
Todas estas características, en fin, convirtieron al Tirant en un texto único, distinto de todos los que se habían escrito hasta el momento, y en el más próximo a los que, unos siglos más adelante, empezarían a llamarse novelas. No es de extrañar, pues, su éxito, materializado en dos ediciones incunables (1490 y 1497) y en traducciones al castellano (1511), al italiano (1538), al francés (1737) y, en estos últimos años, a casi todas las lenguas modernas de Europa.
Pero la prueba más clara de su éxito y su importancia es, sin duda, la manera en que lo aprovechó Cervantes para escribir el Quijote. Salvo el erotismo, que detestaba (y por eso merecería su autor «que le echaran a galeras por todos los días de su vida», como se hacía con proxenetas, alcahuetes, sodomitas y cuantos infringían las buenas costumbres de la época), todas las innovaciones narrativas del Tirant reaparecen en esta obra. La acción vuelve a no transcurrir en un lugar exótico y misterioso ni en un pasado remoto; los personajes no son meros estereotipos y las situaciones con las que se encuentran son las que le podrían suceder a cualquiera. La realidad, en fin, con sus grandezas y sus miserias, contemplada a ratos en serio y a ratos con una buena dosis de humor e ironía, había llegado a la novela.
Por todos estos motivos, las tres versiones del Tirant que acaban de aparecer no sólo permitirán un fácil acercamiento a un excelente relato de caballerías o a una divertidísima historia amorosa, sino que también pondrán al alcance del gran público, cada una a su manera, una pieza capital para entender la gestación de la novela moderna. Por notoriedad, la primera que hay que mencionar es la meritoria traducción (la primera y la única en castellano moderno) que realizó Joan Francesc Vidal Jové en 1969 y que ha venido reimprimiéndose con desigual fortuna hasta nuestros días. Se trata de un buen texto, a veces demasiado literal y a veces demasiado influido por la antigua versión castellana de 1511, pero la valoración general es altamente satisfactoria. No puede decirse lo mismo de su breve introducción y sus notas, las cuales, por desgracia, han quedado irremediablemente obsoletas, pues las investigaciones sobre el Tirant de los últimos años han dado un vuelco espectacular.Así, por ejemplo, hoy se ha desestimado por completo que Martí Joan de Galba participara en la redacción de la obra, pero esta edición mantiene su nombre en la portada junto al de Joanot Martorell.
Pero, más allá de las precisiones filológicas (que, al fin y al cabo, en nada afectan a la traducción), el lector disfrutará, sobre todo, con la sabrosa «Carta de batalla por Tirant lo Blanc» de Mario Vargas Llosa que le sirve de prólogo (como sucedía, también, en la primera edición de 1969). Esta brevísima presentación, que intenta plasmar la multiplicidad de lecturas que ofrece el relato (novela de caballerías, novela histórica, novela costumbrista, novela erótica, novela psicológica), puede considerarse, en buena medida, la principal responsable del éxito contemporáneo del Tirant, pues es la que más fama le ha dado y la que, a la postre, ha conseguido que esta narración medieval (en otras circunstancias, un fósil limitado al consumo de unos pocos eruditos), haya llegado en los últimos treinta años a ser un libro conocido en todo el mundo.
La versión de Joan Enric Pellicer, por su parte, intenta adaptar el Tirant al gusto de los lectores actuales. Por eso, aunque básicamente mantiene el hilo argumental de la obra, suprime buena parte de sus parlamentos y cartas, aligera las descripciones de las batallas y las fiestas cortesanas y reescribe por completo el texto primitivo. No se trata, pues, de una traducción al castellano, sino de una nueva versión, completamente refundida, hasta el extremo de que los cuatrocientos ochenta y siete capítulos del original se redistribuyen sólo en treinta y seis, estructurados en cinco grandes partes (que coinciden, además, con los cinco libros de la traducción castellana de 1511). Si, en efecto, lo único que pretende el lector es conocer el argumento del Tirant, puede acudir a esta versión sin el menor reparo, aunque hay que señalar que se perderá casi todo su encanto; el Tirant no es sólo un centón de aventuras caballerescas y amorosas, susceptibles de ser narradas (o renarradas) por cualquiera, sino toda una forma nueva, fijada por Joanot Martorell, de entender la literatura. Si su relato está salpicado de parlamentos, cartas y embajadas, o si las descripciones son morosamente detallistas, es porque así lo imaginó su autor, y muchos de esos elementos son guiños literarios concretos (ecos de Petrarca, de Dante o de Roís de Corella) que dirige a sus lectores. Para alguien realmente interesado en conocer el Tirant, aunque fuera de una manera superficial, quizá habría sido más acertado seleccionar los pasajes que más y mejor podían representarlo, respetar la redacción original, y llenar los huecos del argumento con resúmenes del mismo, éstos sí, redactados expresamente para la ocasión. Se trata, sin embargo, de una opinión personal, que en ningún sentido aspira a convertirse en un modelo de conducta literaria.
Algo parecido podría predicarse de la traducción castellana que ha realizado Vicente Muñoz Puelles a partir de la versión muy abreviada que realizó Josep Palomero hace unos meses. En esta ocasión, sin embargo, son comprensibles tanto la abreviación como la reescritura, pues su público no hay que buscarlo entre los adultos interesados en conocer el relato de Joanot Martorell sino, fundamentalmente, entre los lectores más jóvenes. Eso explica que el resumen no incluya sino las principales aventuras del protagonista y, sobre todo, que se acompañen de algunas de las magníficas ilustraciones que realizó Manuel Boix en 1979. Estas últimas son, desde luego, y a pesar de lo toscamente que se han reproducido, lo más destacable de esta edición, pues por su exuberancia y su detallismo (herederos, en buena medida, de las ensoñaciones caballerescas de Aubrey Beardsley) se muestran muy cercanas al espíritu de la narración original.
Sea como fuere, cualquiera de las tres versiones, con sus limitaciones y sus aciertos, es sobre todo una excelente oportunidad para redescubrir esta obra, siempre más citada que leída. En plena resaca del centenario del Quijote y del nacimiento de la novela realista, bueno será volver los ojos al que, en muchos sentidos, puede considerarse su principal antecesor:Tirant lo Blanc.

 

01/06/2006

 
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