ARTÍCULO

Tiempo, ten piedad. Destrucción, ten piedad

Acantilado, Barcelona
Trad. de Jerzy Slawomirski y Anna Rubió
216 pp. 15 €
Acantilado, Barcelona
Trad. de Xavier Farré
100 PP. 9 €
Acantilado, Barcelona
Trad. de Xavier Farré
80 PP. 11 €
 

Los ensayos le permiten al poeta extenderse en mean­dros en que un poe­ma no puede detenerse. En defensa del fervor habla de la relación de Adam Zagajewski con los poetas polacos que le sirvieron para formarse, de la experiencia de leer a Nietszche en la Polonia comunista, de la inmensidad trascendente de Simone Weil, de la distinta experiencia de un mismo lugar, de las razones para escribir en polaco y de las varias defensas e indefensiones de un poema, entre otras cosas.En los ensayos dedicados a la realidad de la poesía en nuestra época, intrincados y perspicaces, articula las ideas que en sus poemas hierven y cuajan. Si, por ejemplo, afirma en un ensayo que en poesía «las revelaciones fugaces de la belleza están emparentadas de un modo peculiar con los momentos de máxima tristeza y de luto desgarrador», en «Concha», un poema incluido en Tierra de fuego, lo muestra con una imagen en la que se unen la minúscula concha marina con su desdoblamiento mítico. El resultado es una demostración de lo real que nos toca: «Un poema es capaz de retener el eco de la tormenta, como la concha que tocó Orfeo al escapar. El tiempo arrebata la vida, y devuelve memoria, dorada por las llamas y negra por las ascuas». Este viaje de lo pequeño a lo sublime no deja de lado la crítica a la banalidad poética, en un rechazo contundente a aquella «poesía pequeña y pusilánime, obtusa y rastrera, una poesía que escucha servilmente lo que le sopla el espíritu de la época, aquel burócrata desidioso que revolotea a ras de tierra envuelto en una nube sucia de ilusiones». Esto no quiere decir que no pueda compartir, digamos, el espíritu de la época. De esa misma nube seca, a partir de la propia esterilidad y escasez, el esfuerzo poético extrae «el ocre de los lodos», que diría Sergio Mondragón, como pasa en «Largas tardes», poema incluido en Deseo: «Eran largas las tardes cuando la poesía se desvanecía y me quedaba solo con el monstruo opaco de la ciudad, como un pobre viajero delante de la Gare du Nord con una maleta demasiado pesada, atada con un cordel, en la que cae una negra lluvia, una negra lluvia de septiembre».
Zagaiewski es un poeta que pertenece, por origen, por destino y por voluntad propia a varias realidades culturales. Eso le permite moverse con soltura crítica y con simpatía tanto en la sociedad polaca como en la poesía alemana, la vida universitaria estadounidense y la urbana de París –incluso la actual realidad ucrania de su Lvov polaca natal. Propone, quizá sin hacerlo explícito, que la posibilidad del poeta en nuestra época es la de una múltiple pertenencia. Del poeta no como voz de la tribu sino como ejemplo cumplido de humanidad. Una idea que recorre todos sus ensayos es la del mediador, tomada del metaxú platónico, «estar entre», que desactiva las verdades absolutas encarnadas en el crítico y el sacerdote. A lo largo de todo el libro avanza continuamente la puesta en cuestión de cualquier asomo de definitividad: «La inseguridad no está en contraposición con el fervor; si mantenemos en vigor la tensión del metaxú en la que vivimos, la inseguridad no será un cuerpo ajeno, porque nuestra presencia en el “entre” y nuestra fe jamás recibirán la sanción absoluta y permanente por mucho que la deseemos». Tanto en los ensayos como en los poemas la crítica de los absolutos le hace regresar la mirada a los espacios interiores de los pintores flamencos, a la inquietante pasividad de las naturalezas muertas y a la realidad del objeto en sí como materia esencial. También, ese «estar en medio» lo obliga a preguntarse por la condición del poeta como individuo social: «Un fuerte talento poético crea dos fenómenos contradictorios. Por un lado, sugiere una participación intensa en la vida de la época, una inmersión hasta el cuello en la actualidad y una sensibilidad casi obsesiva ante los acontecimientos; por el otro, especie de alienación, distancia, ausencia. Es un juego permanente de acercamientos y alejamientos».
Tanto Tierra de fuego como Deseo son una muestra de esta aseveración. Sus poemas articulan una realidad cotidiana común a todos con ese fervor vital del que habla en sus ensayos. «¿En qué consiste realmente mi trabajo?», se pregunta en el poema «Mi estudio» de Deseo, y nos contesta: «En una larga espera inmóvil, en remover folios, en una paciente meditación. Busco imágenes inexistentes, y si existen están enrolladas y guardadas como la ropa de verano durante el invierno». Y en «Cigarras», del primer libro, hace la siguiente descripción de un momento de la vida real: «Un pequeño autobús trajo a la playa niños deficientes de caras pálidas como esculturas de mármol a medias». Hay que celebrar la insólita política editorial de Acantilado al decidirse a publicar, ejemplar por ejemplar y libro tras libro, toda la obra de Zagajewski. No es común que una editorial en nuestra lengua edite la obra de un poeta contemporáneo de esta manera, menos en traducción. Si incluso quienes escriben en español peregrinan de editorial en editorial en un disfuncional ca­mino de Santiago hasta ver por fin el grial de unas obras reunidas casi siempre verdes, la decisión de Acantilado implica una apuesta inédita. Acostumbrados a leer a los poetas en antologías, lo cual no es desdeñable, la idea del libro individual ha ido desdibujándose, por lo menos en cuanto a aquellas expresiones poéticas que no nos son inmediatas. Si la obra de Zagajewski logra construir un público lector que lo siga, puede ser el principio de una nueva ruta, tanto editorial como comercial, para la poesía. 

 

01/02/2007

 
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