ARTÍCULO

Nada que no hayamos vivido

Anagrama, Barcelona
200 pp. 17 €
 

Tiempo de vida no cuenta nada extraordinario, nada que no hayamos vivido o estemos viviendo todos, pero nos hace reflexionar. Se trata de la relación de un hijo (la del propio Giralt Torrente) con su padre, una relación que no es fácil y que pasa por distintos momentos, mejores y peores, hasta que surge la enfermedad y la posterior muerte del progenitor. Pero no es la primera vez que Giralt Torrente (Madrid, 1968) aborda el tema del padre.
Casi al principio de este libro, cuenta que su abuelo materno (Torrente Ballester) le había advertido en una ocasión de que «no es recomendable en las primeras obras retratarse mediante la escritura, que obtura la imaginación y crea vicios difíciles de reparar». Tiempo de vida es el tercer libro de Marcos Giralt, después de París y de Los seres felices, y aunque el autor se justifique diciendo que intentó seguir el consejo del abuelo en sus primeros cuentos, huyendo de su experiencia personal, todo apunta a que mucho caso no le hizo (o no supo hacerle). De todos modos, en esta nueva entrega (desde mi punto de vista, muy superior a las anteriores), la diferencia no está tanto en lo que cuenta, o en cómo lo cuenta, sino en el punto de partida.
Creo que Tiempo de vida es, por encima de todo, un ejercicio de amor. La muerte del padre, un pintor perteneciente a la burguesía madrileña, al que Giralt Torrente presenta como un hombre bohemio, culto e independiente, y el sufrimiento que acarrea esta pérdida, son el detonante. Y, como tantas veces ocurre en que la literatura se nutre de la infelicidad, este hecho doloroso se convierte en materia prima, en excusa para contar –o mejor dicho, retomar– una historia que, según refiere el propio autor, acaba siendo «una historia feliz». Una despedida. Una reconciliación. Porque todo lo que en las otras novelas había sido resentimiento, ahora es desgarrada ternura («he perdido la rabia con la que antes escribía»), y el libro está escrito desde el cariño y el sentimiento de deuda hacia el padre.
Con una prosa despojada y enumerativa, después de contar los motivos que le llevan a escribir este libro, el autor comienza hablando de la primera infancia, de la presencia constante del padre en esos años, de cómo lo acompañaba a la ruta escolar contándole cuentos, de cómo le enseñó a montar en bicicleta, de cómo buscaban juntos babosas en el jardín, de cómo pasaban las tardes en el estudio del padre, dibujando juntos.
Luego vienen los problemas entre el matrimonio, la ausencia cada vez más evidente del padre, la huida y los devaneos de éste, el relevo de la madre en el cuidado del hijo, la vida de un hijo con padres separados, las dificultades económicas que atraviesan madre e hijo, la indiferencia del padre, los reproches, los malentendidos y la creciente ira del hijo hacia él. A partir de ahí, Giralt Torrente pasa a relatar su relación adulta con su padre, teñida básicamente de resentimiento hasta el momento en que éste cae enfermo.
Los personajes de este libro son básicamente cuatro: él, la madre, el padre y la nueva mujer del padre (a la que despectivamente llama, durante todo el libro –y este sutil desdén apelativo me parece magistral–, «la amiga que conoció en Brasil»). Desde un yo a veces pueril pero muy valiente, el autor los presenta de una manera radicalmente partidista: la madre es siempre buena («es ella quien paga mi educación, quien me viste [...], quien percibe mis carencias, quien busca soluciones, [...] quien me marca el camino, quien me convence de lo contrario cuando proclamo que no quiero estudiar una carrera»), el padre es el culpable de sus desdichas («¿De qué le acuso? De todo»), una culpabilidad que, a medida que avanza la historia, se reparte y diluye con la que atribuye a «la amiga que conoció en Brasil».
Con esto no quiero decir que no me guste este partidismo. Al contrario, es lo que más me gusta del libro. Porque, a pesar de que los personajes son presentados desde el prisma más subjetivo del autor (¿por qué no?), están muy bien definidos por sus relaciones con los demás, tienen vida propia, sienten y respiran. Tal vez esto sea algo que Giralt Torrente haya logrado de manera involuntaria (o intuitiva), pero a medida que la historia se despliega, estos personajes acaban siendo independientes. Porque lo que el autor exhibe de sí mismo (y esto sí creo que es voluntario, un acto de valentía), no son sus encantos secretos, sino las obsesiones que le atormentan.
De modo que el lector acaba por sacar sus propias conclusiones: la madre no puede ser siempre angelical; la actitud del padre es absolutamente comprensible porque es un ser frágil –y esto se ve muy bien– que tiene sus propias carencias, como todos, y en este sentido, es un personaje mucho más creíble que el de la madre; el autor, por su parte, puede que esté exigiendo demasiado al padre, tal vez porque, como él mismo explica, es hijo único y no tiene con quien compararse, y «la amiga que conoció en Brasil» actúa como todas las madrastras habidas y por haber en la historia de la humanidad, es decir, barriendo para dentro. Tiempo de vida es la vida misma, cosa que, como lectora, agradezco infinitamente.
A partir de la enfermedad, el autor hace borrón y cuenta nueva en su relación con el padre. Y, como ocurre muy a menudo en la vida, los papeles se cambian y el hijo se convierte en padre y el padre en hijo. El hijo deja a un lado su vida y pasa a ser la «compañía principal [del padre], su interlocutor ante los médicos, su psicólogo, su ayudante». Él es «quien lo acompañaba al hospital los días de quimioterapia, quien estaba con él mientras se la administraban, quien lo devolvía a casa [...], quien proporcionaba las estrategias del engaño para mantener la esperanza». Por su parte, el padre, aunque inválido ya, empieza a darle el afecto que pudo haberle negado con anterioridad.
Dos son las sensaciones que le quedan a uno al terminar de leer este libro. Primero, que aunque en toda novela haya, inevitablemente, muchos componentes autobiográficos, ésta es un magnífico y valiente strip-tease, con el que todos, en algún momento, nos sentimos identificados; y segundo, que por mucho que se quiera evitar (o «vestir»), los libros se escriben principalmente con obsesiones y no a partir de decisiones. 

01/10/2010

 
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