ARTÍCULO

El artista como espectador

Galaxia Gutenberg, Barcelona
Trad. de Rosa Sala
808 págs. 37,50 €
Península, Barcelona
Trad. de Luis Tobío y Bernardo Moreno
256 págs. 15 €
Ediciones B, Barcelona
Trad. de Joan Parra, Diego Friera y María José Díez
271 págs. 16,23 €
 

Somerset Maughan atribuyó a Herman Melville una homosexualidad reprimida que sólo se manifestaba en sus encendidas descripciones de los personajes masculinos. Su incapacidad para asumir sus verdaderos apetitos despertó una frustración creciente que inundaría su literatura de sufrimiento moral. Es imposible comprender su obra sin reparar en esa insatisfacción. El psicoanálisis no tendría que esforzarse demasiado para relacionar la ballena blanca que obsesiona a Ahab con la ambivalencia del deseo. El sexo adquiere su máxima tensión cuando el anhelo de consumar las fantasías de la libido convive con el miedo a ser destruido por ellas. Hermann Kurzke entiende que la existencia de Thomas Mann nunca se apartó de este conflicto. En su admirable biografía, el sexo muestra su naturaleza destructiva. No habría orden social sin la represión del instinto, pero el ser humano no puede eliminar la nostalgia de un placer irrealizable. En el caso de Thomas Mann, la vocación artística nace como una forma de compensación. La imposibilidad de materializar sus impulsos no logró borrar la melancolía ante la contemplación de la belleza masculina. Saber que nunca disfrutaría de esos cuerpos no le impidió recrearse en la perfección de sus formas.

Thomas Mann identificó el placer con el sur. En Tonio Kröger, los países latinos, con su luz, inmediatez y tolerancia, representan la vida, el arte, pero también el desorden, la promiscuidad, mientras que el norte, con sus brumas e imperativos morales, simboliza el orden, la responsabilidad, el deber. Hijo de una mujer hipersensible y con un temperamento soñador, Thomas Mann relacionaba el sur con la herencia materna y el norte con la figura del padre, un hombre voluntarioso que prosperó en el mundo de la política y los negocios. Esta división también se aplicaba a su obra literaria. Lo narrativo, sin otro límite que la propia creatividad, surge de la influencia de la madre; lo ensayístico, más racional y comprometido, procede del padre y expresa la voluntad de participar en cuestiones políticas y sociales. Esta oposición se refleja en los períodos del día. Lo diurno corresponde a las obligaciones paternas, a la necesidad de realizar un proyecto que justifique la propia vida; la noche y el sueño –particularmente las horas de reposo en el lecho– se confunden con el misterio de lo materno. Es un espacio donde el instinto no soporta ninguna coerción y el arte se manifiesta espontáneamente, sin pautas ni mediaciones. La cama es un «mueble metafísico», un artilugio que sirve de matriz a la vida y que nos acompaña en el tránsito hacia la muerte. Thomas Mann fue un pésimo estudiante. No es sorprendente, ya que el papel de la escuela es normalizar, instruir en los hábitos sociales, reprimir las desviaciones, y el verdadero artista, el artífice de las grandes rupturas éticas y estéticas, siempre crece en los márgenes, cerca de la inestabilidad neurótica y las tendencias asociales, solidarizándose con cualquier forma de rebelión. Su inadaptación es el origen de su impulso creador. La escuela, el ejército, el Estado, institucionalizan las prohibiciones paternas. El artista es un transgresor, pero

Thomas Mann reservó su disidencia para el ámbito de la literatura, ajustando su vida privada a las convenciones de la burguesía. Su matrimonio con Katia Pringsheim contrasta con la existencia desordenada de su hermano Heinrich, que hacia el final de sus días se enamora de una jovencísima prostituta. Es inevitable simpatizar con Heinrich, mucho más humano que Thomas. Egocéntrico y autocomplaciente, mezquino en sus afectos e incapaz de reconocer el mérito artístico de su hijo Klaus, su renuncia al deseo homosexual revela una indudable cobardía. Los placeres imaginarios están exentos de riesgos. La realidad siempre nos decepciona. Las elaboraciones oníricas o la ficción literaria están resguardadas de las imperfecciones del mundo real. Kurzke apunta que Thomas Mann no conoció el amor, que implica la renuncia al narcisismo infantil. Sus afectos apenas se desviaron de sí mismo. La contemplación de su propio cuerpo excitaba su ternura. Sus semejantes sólo eran el objeto de sus ensoñaciones eróticas, pero no de un amor sincero, que comporta empatía, conocimiento, disposición al sacrificio. Esos sentimientos los guardó para su obra, donde se despojó de cualquier inhibición, aceptando que el arte exige, de acuerdo con Friedrich Schlegel, la entrega completa del yo. El artista que ignora esta obligación sólo es «un siervo inútil».

Influido por la teoría estética de Nietzsche, Thomas Mann consideraba que la infancia es el territorio donde se gesta el arte, pero el arte no es sólo juego, libertad. El arte es conocimiento y el conocimiento nos enseña que la voluntad de vida y la voluntad de muerte son indisociables. La afinidad con Nietzsche desaparece en el ámbito de los valores. Thomas Mann invoca la herencia ilustrada, que ha convertido a Europa en el continente más civilizado. Esa postura se refleja en su oposición al nacionalsocialismo, doctrina inhumana que invoca la vida para justificar la crueldad de su política. El darwinismo de Hitler, que apela a las leyes de la Naturaleza, es la negación de la cultura europea, donde el principio supremo no es la supervivencia del más apto, sino la dignidad individual. Esta convicción se plasmó en una identificación creciente con las tesis socialistas. La economía de mercado traslada la selección natural al ámbito de las relaciones laborales. El socialismo tardío de Thomas Mann despertó la desconfianza de las autoridades norteamericanas.

01/08/2004

 
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