ARTÍCULO

Fragmentos de una vida

Edhasa, Barcelona
Trad. de María Isabel Butler de Foley
440 pp. 28,50 euros
 

Colm Tóibín, de quien ya comentamos en estas mismas páginas su novela El sur, un acercamiento expresionista a lances de nuestra posguerra, es un autor irlandés que practica una escritura vigorosa para reproducir elementos de la realidad, fotografiada a través de unos filtros que, lejos de difuminarla, acentúan su cromatismo. Es decir, Colm Tóibín se nutre de elementos verídicos pero que, en vez de limitarse a una fidelidad, poco plausible en términos ficcionales, los devuelve en un efecto bumerán revestidos del toque artístico que este autor prodiga en una obra en progresión en la que Retrato del novelista adulto supone todo un aldabonazo.Y lo es porque, utilizando elementos ya conocidos –la bibliografía sobre Henry James empieza a ser tan amplia como su obra, ciertamente copiosa–, los reutiliza con sabiduría, centrando su novela, voluminosa, entre 1895 y 1899, es decir, cuando el novelista de los James –el filósofo, William, también se deja ver aquí, anunciando cuánto de novela puede tener también su vida– tenía todavía por delante casi dos décadas de existencia (moriría en Rye en 1916). Y a mí me parece que ahí radica el gran acierto de Tóibín: organizar su libro en torno a esos años de madurez creativa, cuando todo en la vida parece invitar a la reflexión sobre lo acontecido y los novelistas –o al menos ésa es la creencia general– se hallan en un punto crucial. Naturalmente, Colm Tóibín, muy buen artífice o fabbro, domina las técnicas del flash-back, de manera que el lustro en que transcurre su narración viaja hacia atrás en un movimiento tan elegante como espontáneo.Y ahora cabría hablar de la sutileza con que Tóibín desarrolla la posible bisexualidad de James, resuelta en estas páginas, y desde el punto de vista homosexual, con el encuentro –efímero y pleno– con Holmes y los evidentes coqueteos con el escultor Andersen. En cuanto a sus proclividades heterosexuales, aquí aparece Constance Fenimore Woolson, suicida en Venecia (memorables las páginas «italianas» de esta novela, como lo fueron las andanzas de James por el país de la bota en años decisivos para ambos, país y escritor estadounidense) y obvio amor del autor de Retrato de una dama. En su novela Tóibín recrea el lance bien conocido del «entierro» de las ropas de Constance en el Adriático, con el gondolero Tito como testigo horrorizado de cómo el mar devuelve las vestiduras, en nuevo efecto bumerán, esta vez bien patético.Y en este fragmento se demuestra la habilidad de Colm Tóibín para, a partir de la realidad, hacer ficción de elevado contenido estético. En el ámbito puramente humano me quedaría con la evolución del alcoholismo del matrimonio formado por los Smith, es decir, el «cuerpo de casa» de Henry James en Rye, curioso espécimen de la fauna británica tan frecuente en comedias del estilo de Upstairs, Downstairs.Y a propósito de la britanización –evidente– de James, sólo superada por la que condicionó más adelante la vida de T. S. Eliot, otro estadounidense en Londres, vienen muy a cuento las observaciones de su hermano William, quien desdeñaba la posibilidad de que Henry fuese capaz de captar aquello para lo que tan bien dotados estaban Dickens,Trollope o Thackeray, porque «los ingleses no tienen una vida espiritual, sólo una material. El único tema aquí es la clase y es un tema del cual tú no sabes nada» (p. 409). De lo que sin duda sabía Henry James, por haberlo vivido muy de cerca, era de la nueva América que emergía de una crudelísima Guerra de Secesión, donde el viejo Sur esclavista había quedado aniquilado por el Norte, moderno y abolicionista. De la clase social que mostraba cuerpo y cabeza surgía en su esplendor el James admirador de Hawthorne (y son buenas las páginas que a ello dedica Tóibín), quien habría de retratar con énfasis y pasión moderada por la sutileza –de nuevo la palabra– las nuevas castas, en abierta expansión desde Nueva Inglaterra, adonde vuelven una y otra vez las reflexiones de este Henry James en su madurez reflexiva, flotando sobre él la imagen de su hermana Alice, en claro paralelismo con el dúo fraternal compuesto por Dorothy y William Wordsworth, otra esencia familiar y literaria de altísimo fuste y que merece igualmente una novela. De momento hay para ellos un estupendo poema de Seamus Heaney, incluido en Field Work («I had said earlier, "I won't relapse/ From this strange loneliness I've brought us to./ Dorothy and William"»), pero falta la aproximación narrativa que aquí parece apuntar Colm Tóibín, un autor que fagocita con inteligencia cuanto material ha dispuesto en torno a su esfuerzo, bien musculado, y del que da oportuno testimonio en el apartado «agradecimientos». En él incluye una interesante aproximación biobibliográfica a Henry James, que el lector parcial del tema haría bien en no desdeñar. En todo caso,Tóibín inserta con fluidez en su novela aquellas citas o lances de procedencia ajena, de manera que resulten bien empastados en un discurso por lo demás lleno de naturalidad y bien traducido al castellano por María Isabel Butler de Foley. Colm Tóibín, con este Retrato del novelista adulto (que en la portada española conserva el título original inglés de The Master), confirma su talento como novelista, pero sin desdeñar un obvio enraizamiento en la vieja tradición anglosajona de la biografía.Y, por cierto, que el libro se abre con un estreno teatral de Henry James, ese terreno igualmente hollado por el maestro neoyorquino, pero sin trascendencia: no desde luego la que tuvo –y tiene– Oscar Wilde, modelo en el que James se mira, pero como antagonista decididamente celoso y seguidor atento, o eso parece deducirse de la novela de Tóibín, de las desventuras del autor irlandés, crucificado en el Londres victoriano por sus tendencias homófobas.

 

01/11/2006

 
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