ARTÍCULO

Diarios. Sobrevivir en la escritura

Destino, Barcelona
Trad., introducción y notas de Joaquín Garrigós
703 págs. 26 €
Alba, Madrid
703 págs. 26. Trad., selección e introducción de Katarzyna Olszewska Sonnenberg y Sergio Trigán
503 págs. 27 €
 

El diario personal, como género o subgénero de la memorialística, comporta siempre la recreación del personaje que lo escribe, pero, dependiendo de la actitud de su autor, puede oscilar entre la casi novela y el texto historiográfico.

En esta última dirección se orienta la Crónica del gueto de Varsovia , concebida desde el inicio como una tarea de reconstrucción minuciosa de un episodio terrible por parte de alguien que participa en él como víctima, pero también como protagonista activo. La serenidad y escrúpulo científico de ese narrador-protagonista llega a estremecernos tanto como el horror que describe. (Pasajes como «El gueto baila» o párrafos del estilo de: «El tifus, y después la deportación, fueron los enemigos más temibles de Oneg Shabat», dan una idea de la tensión que se establece entre esa pretensión de severidad historiográfica y la imposible serenidad de quien lee el espanto descrito en detalle.) Consiste el libro en las notas personales de Ringelblum durante su estancia en el gueto de Varsovia y forma parte del llamado Archivo de Oneg Shabat («Los que festejan el Shabat», así llamado por reunirse en sábado los integrantes de la organización consagrada a la recogida de testimonios y objetos que documenten la vida y la realidad en el gueto), un verdadero monumento histórico que ha servido (tal como pretendía, tras ser hallado, enterrado, entre las ruinas del barrio judío de la capital polaca, en 1946 y 1950) para reconstruir lo sucedido en la peculiar sociedad cercada que se origina con las sucesivas decisiones nazis de, primero, confinar a los judíos de Varsovia y otras ciudades, despojarles de sus derechos, posesiones y hasta su condición de seres humanos, y, después, aislarlos del mundo y proceder a su exterminio.

Historiador de profesión y militante socialista, Emanuel Ringelblum (Buczacz, Ucrania, 1900-Varsovia, 1944) viajó en agosto de 1939 a Ginebra para participar en el XXI Congreso Sionista mundial, pero regresó a Varsovia pese a la invasión alemana con la decidida intención de compartir la suerte y la lucha de su pueblo. Como él mismo cuenta, comenzó a trabajar en el archivo y en la redacción de su diario en vísperas de la invasión, y continuó hasta las vísperas del levantamiento del gueto, a principios de 1943. Sobrevivió a la destrucción total del gueto, en mayo, y, junto con varios miles más, continuó la resistencia hasta ser detenido por los nazis y trasladado al campo de la SS de Trawniki. Escapó de él y regresó a Varsovia, donde aguantó hasta el 7 de marzo de 1944, fecha en la que fue capturado y fusilado.

La reconstrucción histórica completa se ha llevado a cabo con ayuda de muchas otras fuentes, pero el diario de Ringelblum, que aquí se reproduce en sus tres cuartas partes, constituye un testimonio humano insustituible, y da cuenta, junto con datos e informaciones de toda condición, de la vida cotidiana de los judíos (aunque también de los polacos cristianos y hasta de los propios alemanes) en aquellas condiciones extremas, y de su debate por sobrevivir y mantener la dignidad. Su estilo sobrio y parco, hasta telegráfico a veces, en busca de la precisión y la objetividad del historiador, acaba constituyéndose en el mejor registro literario para dar cuenta minuciosa del horror y, así, salvar para el mundo el relato de uno de los espantosos episodios del genocidio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial a manos de los nazis. La dificilísima traducción y la escrupulosa y didáctica edición a cargo de Olszewska y Trigán, constituyen un mérito añadido de este libro por sí mismo memorable e insustituible.

El Diario (1935-1944) de Mihail Sebastian, con ser un testimonio agudo y esclarecedor de lo sucedido en la capital rumana en esos años, en particular en sus ambientes intelectuales y artísticos, trasciende con mucho ese valor hasta alcanzar la estricta condición de literatura creativa, de recreación (casi una novela) del personaje narrador mismo, pero también de los que giran o aparecen a su alrededor, algunos de ellos tan señalados como Mircea Eliade, Emil Cioran, Eugène Ionesco, Vulcanescu, Acterian, todos ellos, junto con el autor, integrantes de la llamada, en el período de entreguerras, «Nueva Generación».

Abogado y escritor de mediano éxito en la Bucarest arrogante de los años treinta, Sebastian (de nombre real Iosef Hechter) es, según propia declaración, un «rumano del Danubio, desde luego sin dejar de ser judío», y experimenta el dramático extrañamiento a que conduce el galopante nacionalismo antisemita y reaccionario que inunda su sociedad en ese período, pero también, en un sentido más amplio, la desesperación y perplejidad ante la quiebra de los frágiles vínculos sociales y culturales hasta entonces (en apariencia) predominantes, que hacían de la capital rumana un bullente crisol intelectual y creativo, un «pequeño París» atento a las tendencias artísticas del momento. Con el ascenso de los legionarios de la Guardia de Hierro y la entrada del país en la órbita nazi, todo se quiebra, y hasta los amigos y maestros de Sebastian se dejan seducir (o sencillamente lo encabezan, como Nae Ionescu) por el nuevo patriotismo y las glorias que promete. En este sentido, el relato de la metamorfosis de la ciudad, incluidos el proceso de creación del gueto, la censura, las intrigas, las deportaciones, los crímenes, la guerra y hasta la entrada del Ejército Rojo en 1944, el Diario es un documento detallado y precioso que, a través del prisma individual, proporciona una visión implacable del proceso de encanallamiento general, del envilecimiento que aboca a la catástrofe.

Pero, como decía, con ser lo anterior mucho y escrito con elevado aliento, Sebastian traspasa las fronteras del diario concebido como testimonio de hechos más o menos personales para construir la minuciosa historia de un personaje, él mismo, habitante extraviado de esa ciudad galante y afrancesada, irresponsable y en apariencia encantadora, que lo convierte (tal vez lo es ya él mismo) en un viejo prematuro, un perpetuo enamorado: del amor o de su propia y obsesiva necesidad. En agudo y elocuente contraste con la tragedia general, que se nos va revelando paso a paso, detalle a detalle, traición a traición, asistimos al despliegue de un mundo galante, provincianamente opulento, en el que el personaje-víctima se siente como en casa, aunque siempre y de manera progresiva un tanto extrañado, desplazado: un observador lúcido que ve cómo sus amados congéneres lo devoran y se devoran a sí mismos, sin poder (sin querer) hacer nada para impedirlo. Y así, siempre todo proustiano, la literatura se constituye en la única (junto con la música) forma de vida posible y, al fin, por tanto, en la sola posibilidad (merecida) de sobrevivir. La pátina culta y refinada se revela de este modo, no ya una máscara, sino el mero afeite con que se cree embellecido el perverso poseedor de un rostro aborrecible.

Aunque alcanzó más éxito en vida con su teatro, Sebastian fue un notable novelista (Destino acaba de publicar El accidente), amén de un agudo crítico literario y musical. En todo caso, estos Diarios (acogidos con entusiasmo tras su aparición en 1996, tanto en Rumanía como fuera de ella) lo consagran como finísimo y fundamental escritor que nos transmite una estremecedora lucidez. Murió en un estúpido accidente de tráfico, en mayo de 1945, en la Bucarest recién liberada y nuevamente oportunista.

Digamos por fin, y es poco decir, que el trabajo de traducción y edición realizado por Joaquín Garrigós no sólo es muestra de profundo conocimiento de la lengua, la literatura y la sociedad rumanas, sino que seduce por su brillantez meticulosa, por su difícil precisión, por el domado apasionamiento que nos comunica sin alejarnos de la lectura misma.

01/03/2005

 
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