ARTÍCULO

El empresario compasivo

Seix Barral, Barcelona, 222 págs.
Trad. del inglés del propio autor
 

Graham Blake, el empresario compasivo que protagoniza esta nueva novela de Ariel Dorfman (Buenos Aires, 1942), parece inspirado en algunos de los personajes de Voltaire: tiene bastante de Cándido, y sin lugar a dudas comparte parecidos con Zadig, aquel rico y apuesto babilonio, que estaba convencido de ser sumamente bueno. Y es que Blake, experto en marketing, tiene el excelente propósito de querer hacer el bien todo el tiempo: anhela que sus productos sean beneficiosos y que sus factorías no dañen la naturaleza, desea que sus trabajadores se sientan a gusto y bien pagados, necesita ampliar sus empresas para llevar empleo a lugares desfavorecidos... Pero hay cosas que se resisten a funcionar: su matrimonio se vino abajo, sus enemigos industriales lo acechan, su vida sexual cabalga en retirada y un terrible insomnio se ha apoderado de sus noches.

Una carísima terapia, articulada sobre el dominio absoluto del paciente sobre las vidas de una familia obrera, a la que contempla en su intimidad a través de monitores, acabará inicialmente con el trastorno de sueño de Blake, aunque dejará abiertas numerosas grietas en su forma de apreciar el funcionamiento de la realidad. Durante treinta días, Blake es encerrado en una sala de máquinas hospitalaria. Mientras es vigilado puede seguir «la vida en directo» y transformar el destino de todos los habitantes de esa casa transparente; como un Gran Hermano en el que un único espectador tuviera en sus manos el destino de los participantes. La terapia es un éxito; de hecho, funciona siempre con todos los pacientes. Pero la pasión que le ha despertado una de las mujeres de la casa, Roxanna, se convierte en una obsesión que le quitará la venda mental a Blake (en un desarrollo que tiene mucho de paradoja: alguien que lo que desea es poder cerrar los ojos se ve obligado a abrirlos al máximo), quien tendrá que librar una lucha entre hechos y simulaciones.

Terapia desea ser emparejada con Ladivina comedia y cada uno de los capítulos de la novela va abierto por una cita del Dante; Blake está a la mitad del camino de su vida y el aparente final abierto que le concede Dorfman no lo es tanto porque el itinerario que sigue comienza en el Infierno y pasa al Purgatorio, pero terminará en el Paraíso. Dante no es la única referencia propuesta; La vida essueño de Calderón funciona como un estribillo en esta novela, claramente utópica pero con una apariencia formal contrautópica. Y sin citarse, la Canción deNavidad de Dickens suena a menudo. En el texto de Dickens, Mr. Scrooge recibe la visita de los Espíritus de la Navidad, guías de su viaje por el presente, el pasado y el futuro, que acaban trocando la ruindad del empresario en generosidad. Y es que el carácter alegórico (e iniciático) que ha imprimido a Terapia parece servir, de hecho, para que la opinión de Dorfman sobre la solución al estado de las cosas se perciba con mayor nitidez: es posible transformar la realidad si cada uno de nosotros cambia; además, añade el escritor chileno, el amor tiene que ser uno de los ingredientes fundamentales de esa transformación.

Un amor múltiple y una sexualidad múltiple. Aunque la novela más erótica de Dorfman es La Nana y el iceberg (Seix Barral, 1999), Terapia explora otras formas del juego: el mironeo en su expresión actual (y del que nos hacen cómplices día a día Internet y la televisión), o la pseudoexperiencia frente al sexo real (Jeremy Rifkin es uno de los teóricos más interesantes de la materia, y conviene leer su reciente monografía La era del acceso, Paidós, 2000).

«Qué saben los demás de nosotros», otro de los temas centrales que aborda Dorfman, aparecía de forma destacada en Konfidenz (Alfaguara, 1995), donde una mujer recibía una llamada de teléfono en la que alguien le informaba de acontecimiento que nadie más que ella creía conocer. Graham Blake, el poderoso, siente reconocer hechos que tuvieron gran importancia en su infancia reproducidos en el tratamiento psicodramático que lleva a cabo su terapeuta, el doctor Tolgate, una suerte de Mefisto tentador. Blake necesita saber (y esa indagación recuerda a la de Lamuerte y la doncella). Blake mira y es al mismo tiempo mirado. Puede alterar muchas de las vidas que observa y sin duda es manipulado por quien le observa. Una guerra fría social, y tecnológica, a la que el empresario compasivo se incorpora tarde como elemento de distensión.

En esa red de espionaje en círculos concéntricos, la imagen tiene una importancia clave. Blake, que destruyó todas las fotografías de su pasado, recuerdos de un hogar roto, queda fascinado por los sistemas de vigilancia con vídeo, y progresivamente sustituye los encuentros físicos por los encuentros grabados. Cree encontrar en las imágenes una realidad más real de la que ha conocido. Todo ello sin que modifique su voluntad de hacer el bien. Blake se siente curado mientras deja que su obsesión, Roxanna metamorfoseada en Rose, se desarrolle libremente. La elegía se apodera del tono de la novela.

La vinculación de Rose con América Latina remite al ensayo autobiográfico de Dorfman, Rumbo al Sur, deseando el Norte (Planeta, 1988), en el que exponía las complicadas relaciones de su familia con Estados Unidos (que se repiten de padre a hijo: represalia en el Sur, acogida en el Norte). De ahí deriva un tema lateral, el exilio (o emigración económica), que sirve para explorar las interacciones entre la sociedad desarrollada y la sociedad desamparada. La crítica del capitalismo no le es nada ajena al escritor chileno, que consiguió tanto éxito con su ensayo Para leer al Pato Donald.

José Saramago ha relacionado el clima de Terapia con las novelas de Kafka; pero difícilmente se puede aceptar la idea de un Kafka optimista que sintiera que «la compasión y la competitividad no son incompatibles», y esa es la proposición de Ariel Dorfman. Quizás estemos demasiado acostumbrados al lado oscuro –las ficciones de Philip K. Dick, de Gibson, Matrix, el tráfico de imágenes de Días extraños– pero el contrafuturo ecuménico que propone Dorfman resulta demasiado dulce.

01/02/2002

 
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