ARTÍCULO

Teoría y práctica en la historiografía posmoderna

 

En las tres últimas décadas se ha producido un interesante y concurrido debate en el mundo historiográfico anglosajón entre partidarios y detractores de «nuevas» formas de entender y representar el conocimiento histórico. Se han utilizado distintas nomenclaturas para intentar clasificar a esta nueva ola historiográfica. Historia posmoderna, deconstructiva o historia ligada al «giro lingüístico» son algunos de los nombres aplicados a este complejo fenómeno. No obstante, y a pesar de las notables diferencias entre estas versiones, hay un punto en común: la crítica a las deficiencias de los dos grandes programas de la historiografía moderna (reconstructivistas y constructivistas, según la clasificación elaborada por Alun Munslow y Keith Jenkins)Alun Munslow y Keith Jenkins, The Nature of History Reader, Londres, Routledge, 2004, pp. 4 y ss., y la apuesta por la pluralidad de historias posibles. Advertir que todo relato histórico está atravesado por múltiples mediaciones (ideológicas, tropológicas, de género, culturales) que lo convierten, en el mejor de los casos, en una visión interesada e incompleta del pasado, o señalar que un mismo acontecimiento o proceso puede ser visto desde distintas perspectivas, dando lugar a variadas –y no necesariamente contradictorias– narraciones («un pasado, muchas historias»), no parecen ideas radicalmente nuevas o, en todo caso, afirmaciones que no puedan ser asumidas dentro de la larga tradición del pensamiento crítico.
Si abundamos en la obra reciente de tres de los más importantes representantes de la historiografía posmoderna confirmaremos lo dicho. Es el caso de Frank R. Ankersmit, quien en su obra Historia y tropología realiza una minuciosa crítica de la filosofía y de la teoría de la historia tradicional. Desde una perspectiva deconstructivista y hermenéutica, Ankersmit estudia el discurso historiográfico como un todo organizado, tramado, aproximándolo a la literatura, como vienen haciendo también Hans Kellner, Robert F. Berkhofer o Elizabeth Clark, entre otrosHans Kellner, Language and Historical Representation. Getting the Story Crooked, Madison, The University of Wisconsin Press, 1989; Robert F. Berkhofer Jr., Beyond the Great Story. History as Text and Discourse, Cambridge, Harvard University Press, 1995; Elizabeth A. Clark, History, Theory, Text. Historians and the Linguistic Turn, Cambridge, Harvard University Press, 2004.. Como su homólogo neopragmatista Richard Rorty, propone excluir la categoría de verdad de la historiografía, ya que ésta sólo puede predicarse de enunciados particulares del discurso, no del discurso en sí, as a whole. Influido por Ernst H. Gombrich y, sobre todo, por Arthur C. Danto, Ankersmit concibe el texto historiográfico desde el punto de vista de la representación sustitutiva, marginando la orientación puramente descriptiva y explicativa, epistemológica, de la historia. Presenta una distinción básica, pero ya conocida, entre la investigación histórica y el escrito histórico. Por más que en la fase investigadora el historiador pueda establecer qué ocurrió en el pasado y cómo, de forma descriptiva y explicativa, los discursos historiográficos en sí, es decir, las monografías históricas, no son más que interpretaciones narrativas, representaciones en suma, y éstas no son sino Gestalten, organizaciones del conocimiento, más que conocimiento en sí mismo. De estas representaciones no puede predicarse verdad (o verificabilidad) alguna, por su misma naturaleza interpretativa y narrativa. Para Ankersmit, la teoría posmodernista de la historia que defiende no es más que una radicalización del historismo clásico, pasado por el tamiz de la hermenéutica gadameriana. El último de los ensayos del libro despliega una maniobra hacia la categoría de experiencia histórica, donde lo importante es cómo el individuo y la sociedad perciben su relación con el pasadoSobre la categoría de experiencia, véase Martin Jay, Songs of Experience: Modern American and European Variations on a Universal Theme, Berkeley, University of California Press, 2005..
Si la experiencia cultural del pasado es importante, como afirma Ankersmit, porque son las imágenes del pasado y no el pasado literal lo que condiciona nuestro presente y nuestro futuroGeorge Steiner, En el castillo de Barbazul, trad. de Alberto L. Budo, Barcelona, Gedisa, 1992, p. 17., cabe preguntarse por el lugar o la importancia de esas imágenes en nuestra cultura. Esta es la tarea que se propone el texto de Martin L. Davies. Historics es un libro de crítica cultural en el que se ofrece un análisis profundo e informado de una cultura, la nuestra, historizada. Una cultura que concibe el conocimiento histórico como elemento fundamental del ámbito social y de las humanidades. Nuestro mundo ya historizado es una creación del pasado, un mundo no sólo dominado por la historia, sino dominado por la historia entendida como conocimiento ya sabido. Esta es la razón por la que Historics rechaza la idea de que la historia tenga un efecto potencial subversivo, ni siquiera su variante posmoderna. La historia es un sexto sentido, como creía Nietzsche, inextirpable pero fatal. ¿Debemos, por tanto, continuar desarrollando la forma en la que venía investigándose el pasado (la historiografía tradicional) o debemos desplegar nuevas formas de imaginar, representar y experimentar el pasado? Es esta última la posición que mantienen autores como Dominick LaCapra, Elizabeth D. Ermarth, Alun Munslow o Robert A. Rosenstone, pero no existe consenso al respecto. Por ejemplo, nuestro tercer autor, Keith Jenkins, con una sustancial obra teórica a sus espaldasEstá en marcha la traducción y publicación en Siglo XXI de su clásico Rethinking History, publicado en Londres por Routledge en 1991., considera que «para avanzar hacia el futuro en formas radicales y emancipatorias todo lo que necesitamos son imaginarios posmodernos sans historie». En su libro ¿Por qué la historia?, recientemente traducido al castellano, Jenkins despliega una demoledora crítica de la «historia con minúsculas» (la historia académica tradicional) y señala que dicha historia desaparecerá con la cultura que la ha engendrado.
Si las ideas que proponen los historiadores posmodernos no son radicalmente nuevas o, en todo caso, no son más que consecuencia lógica del pensamiento crítico, ¿cómo explicar entonces las enconadas polémicas que han generado y que ha llevado a insignes historiadores como Geoffrey Elton, Pérez Zagorin, Richard J. Evans, Arthur Marwick, Keith Windschuttle o Gertrude Himmelfarb a proferir todo tipo de invectivas, cuando no insultos, contra los promotores de la «nueva» historia? Creemos que no son las ideas, sino las prácticas y la identidad disciplinar de los promotores de la historiografía posmoderna,los dos factores que han contribuido a generar resistencias en el gremio y que han entorpecido cualquier posible intercambio de ideas. Una de las características más llamativas, por novedosa, de esta tendencia historiográfica ha sido la proliferación, junto con sus presupuestos teóricos, de realizaciones prácticas. Los experimentos de Simon Schama, Carolyn Steedman, Greg Dening, Richard Price, Sven Lindqvist, Hans U. Gumbrecht o Greil Marcus son sólo algunos ejemplos de esta producción. Relatos basados en fuentes indirectas o en marcas poco convencionales a través de las que se indaga lo excepcional frente a lo regular; narraciones corales que desafían la idea de verdad basada en el sujeto cognosciente cartesiano; textos escritos en primera persona que desestabilizan el «efecto de realidad» de la historiografía tradicional, o collages historiográficos que permiten al lector confeccionar su propio menú y construir sus propias historias, son sus marcas. La existencia de esas prácticas devuelve a los historiadores dos imágenes incómodas que están detrás de la irritación y de la hostilidad. Por un lado, una imagen de eficacia, en sintonía con los valores defendidos por la historiografía tradicional. La historiografía posmoderna no es un mero ejercicio retórico o simple especulación diletante que puede ignorarse: tiene su propia producción. Por otro, esas mismas prácticas, consecuencia, en muchos casos, de ideas supuestamente aceptadas en el gremio, enfrenta a éste con un problema de ina­de­cuación entre teoría y práctica. Si bien las ideas sobre la historia han cambiado notablemente en el si­glo XX, esos cambios no se han visto secundados en las formas de construcción del discurso histórico, que en poco o nada se ha modificado desde la profesionalización de la dis­ciplina. Los cambios en las formas de entender el pasado no se han visto seguidos de cambios en la forma de representarlo: los historiadores siguen anclados en los presupuestos de la novela realista, escribiendo en tercera persona o usando el impersonal –como si el relato fuese la reconstrucción acabada y transparente del pasado– y leyendo las fuentes como si ellas permitieran un acceso limpio y directo a lo acontecido, aplicándoles la sofisticada técnica de exégesis textual que consiste, entre otras cosas, en inferir de la intención del autor el significado del texto. La historiografía posmoderna, gracias a la circulación de otras formas de escritura, ha enfrentado a los historiadores tradicionales con su propia incoherencia, según la cual piensan una cosa –por ejemplo, reconocen la diferencia entre pasado e historia o la relación siempre conflictiva entre fuente y realidad– y hacen otra: construyen relatos miméticos sobre el pasado.
Pero aún hay otro factor que ayuda a entender las reacciones ante el debate historiográfico: la identidad de los promotores de esta «nueva» historiografía. Un número importante de sus defensores son historiadores profesionales que han hecho suyas ideas que ya estaban en circulación en otras disciplinas, como la filosofía o la crítica literaria. Mientras la situación fue ésa (filósofos o literatos criticando el trabajo de los historiadores o intentando advertirles de sus inconsistencias), los historiadores parecían estar a salvo: después de todo, se trataba de outsiders y aficionados a la mera especulación intelectual que pertenecían a disciplinas con un estatuto científico muy débil. Sin embargo, el panorama cambió cuando se abrió una brecha dentro del mismo gremio y fueron otros historiadores profesionales como Hayden White, Ankersmit, Davies o LaCapra quienes comenzaron a promocionar y difundir propuestas críticas, generando la sensación, acertada, de que algo amenazaba a la disciplina. Por supuesto, no se habló de una amenaza al gremio o de una cierta inestabilidad introducida en una forma particular, históricamente condicionada, de entender el estatuto de la disciplina, sino que se lanzó la señal de alarma, afirmando que el conocimiento histórico estaba en peligro. En palabras de Richard Evans, los bárbaros intelectuales estaban llamando a las puertas de la historiaRichard J. Evans, In Defence of History, Londres, Granta, 1997, p. 8..
La historiografía se construyó como disciplina gracias a una metodología propia –fundada en la búsqueda e interpretación de fuentes primarias– y a una forma particular de escribir que le permitió diferenciar su trabajo de la ficción histórica y de otras representaciones del pasado llevadas a cabo por historiadores no académicosOliver J. Daddow, «No Philosophy Please, We’re Historians», en Rethinking History, vol. 9, núm. 1, marzo de 2005, pp. 105-109.. Así pues, lo que resulta tan irritante de la «nueva» historiografía no son sus ­ideas, sino sus prácticas –que pretenden difuminar los límites disciplinares y acercarlos a esos otros campos, la literatura o la filosofía, de los que han tenido que diferenciarse para poder tener entidad– y sus practicantes –que ya no son otros, sino una parte importante de la comunidad–, porque, en ambos casos, se atenta contra esa identidad disciplinar, rígida y tradicionalmente considerada. Ahora bien, no estaría de más considerar la advertencia de Gerald Izenberg: «Para los historiadores, evitar examinar ciertas [...] teorías, simplemente porque no podrían seguir trabajando como lo han hecho si las teorías son ciertas, no es precisamente una posición cómoda de adoptar para una disciplina que se enorgullece de la racionalidad de sus procedimientos»Gerald N. Izenberg, «Text, Context and Psychology in Intellectual History», en Henry Kozicki (ed.), Developments in Modern Historiography, Basingstoke, Palgrave, 1998, p. 42..

 

01/04/2008

 
COMENTARIOS

Antonio L.G 15/11/13 23:12
Me parece interesante el campo que abre este Jenkins, sin embargo considero, que ya Max Weber se le había adelantado en este aspecto de los relativismos y su idea de la jaula de hierro. Considero que aunque ya ha sido superado el pensamiento marxista-hegeliano, ni la democracia, ni la ciencia pura han dado respuesta a la emancipación del hombre en sus expectativas de igualdad y justicia. Por lo cual, de una u otra forma la racionalidad económica se vuelve o se ha transformado de manera tan aguda, que subyace o yuta expone –de manera “mecaniscita” – todo aquello a lo que no responda a un pensamiento instrumental o utilitarias que muchas veces se vuelve irracional, es decir que a pesar de los relativos y pluralidades existentes el gran absoluto es el sistema capitalista en su fase monopólica. Por lo cual escribir historia parece relativo, pero no es de esa forma, sino, que este “absoluto” subyace las verdades eternas y naturales. Un ejemplo claro de esto es el llamado desarrollo sostenible, que es una utopía, en un mundo que entre la posmodernidad y la melancolía, no acaba de responder a su ilógica forma de organizarse, frente a un paradigma caótico-esperanzador. Dónde lo antiguo y natural conviven con lo artificial. Pero que es fruto de un desarrollo histórico desenfrenado y cautivador. Una paradoja total, pero que al más estilo matrix se recuerda o se espera un edén, que no es más que el presente. Por lo cual una moral sin ética es reflejo claro de la mente perturbada que ve un mundo revolucionado artificial, sin una sintonía del estado natural del hombre. ¿Bajo el pecado, bajo la gracia, bajo que? Podrían preguntarse. La ciencia es ciencia como tal y dentro de ello la historia, relativas generales. Creo que el libro de Pedro Piedras Monroy “ La crisis de las ciencias sociales” lo aborda de manera para dar los primeros pasos en este sentido. El problema surge que la historiografía clásica hasta Hegel veían los procesos históricos como evolutivos en la sociedad- ahora se aprecian como caos. Y no es un problema único de la historia, sino también de la economía, la física, la medicina, dónde cada vez se vuelven a temas limites de la frontera de la ciencia. Creo que también Chesterton –muy olvidado por historiadores y filósofos- expuso este punto de manera sublime en su libro ortodoxia (1912).

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