ARTÍCULO

¿Tendrían la bondad de levantar la mano los lectores que practiquen el sexo oral, por favor?

 

Hace ya varios siglos (Mythologies, 1957), Roland Barthes, uno de nuestros Padres Fundadores, afirmaba que, puesto que el universo es infinitamente sugestivo, todo podía convertirse en mito. «Cada objeto del mundo», decía «puede pasar de una existencia cerrada, muda, a un estado oral, abierto a la apropiación de la sociedad». Un mito, explicaba también el viejo Barthes, es una representación que, al articular un sistema de significados coherentes, silencia otras posibles alternativas. Seguramente es a partir de este último sentido en el que hay que entender su apodíctica afirmación de que un mito es palabra despolitizada.

Los ciudadanos estadounidenses han aprendido mucho de los mitos –y de su formación– en las últimas semanas. A ello han contribuido, desde luego, los viejos medios de masas: las grandes cadenas de televisión, las emisoras de radio, los periódicos serios y los tabloides. Hasta aquí, nada especial: el caso ClintonLewinsky, sucesor del caso Clinton Jones y del caso Clinton-Flowers en la agitada vida sexual extramatrimonial del presidente de la nación más poderosa del mundo, ofrecía todos los ingredientes de un vodevil mediático, una especie de Burlador de Washington con un dramatis personae digno de la mitología de nuestra posmodernidad. En primer lugar, el Seductor, el hombre de cuyas decisiones depende en buena medida la marcha del planeta: ¿qué héroe complejo podría medírselas con él (ustedes ya me entienden) en la era de pos-poscomunismo? Esta especie de Príapo a quien, al decir de algunos, sólo el sexo oral parece aliviar la tremenda oestromanía, ha contribuido a enriquecer, como quería el Reader's Digest, el vocabulario (técnico-sexual) de los norteamericanos: felación, cunnilingus, orogenitalismo, auparishtaka. Un kamasutra elaboradísimo que los medios han difundido por todo el país, desde las ciudades industriales del norte hasta las aldeas más recónditas del cinturón bíblico del sur y del middle west. Un líder mundial que, además, es capaz de proponer a la Nación una nueva lectura de la Biblia –el gran best-seller–, de la que resulte que el sexo oral no cuente como forma de infidelidad conyugal: como los grandes conductores, Clinton reinterpreta el Texto Sagrado. En segundo lugar están las víctimas, tan significativas en sus distintas caracterizaciones: la experta cortesana Flowers; la ambiciosa transformista Jones, la tierna demi-vierge Lewinsky, la imperturbable y sólida Hillary (que, en una muestra más de su prudente sabiduría, ha dejado de referirse a Clinton como the President para convertirlo en myhusband, todo junto). Luego viene el resto del reparto: el maligno fanático Starr, la falsa amiga Tripp, la maternal y desgarrada secretaria Currie. Y los comparsas: asesores, asistentes, secretarios, funcionarios y agentes que pueblan las dependencias del Castillo y que algo, quizás, en algún momento, pudieron, oír, ver, tocar, gustar, oler. Incluso hubo, dicen, quien encontró un pañuelo de papel con rastros de carmín y otras manchas en el pequeño gabinete en el que se suele aislar –para meditar tranquilo– el héroe de nuestro tiempo.

Lo nuevo, lo excepcional de la cobertura mediática de este vodevil, es la consagración definitiva de la Red como medio de comunicación de masas. Gracias a la Red, que como la realidad real también cuenta con sus periódicos serios y sus tabloides, los ciudadanos han podido disfrutar en muchos casos de una información directa, sin filtros, con una libertad de tono y una espontaneidad tanto más notable cuanto que no necesitaba estar pendiente del codificado lenguaje de lo políticamente correcto, tan necesario al establishment mediático. Algunos periódicos que sólo existen en la Red (HotWired, Salon, State), nutridos por magníficos profesionales tránsfugas de los medios tradicionales, han podido adelantarse a los gigantes de la información que, nerviosos, llegaron a publicar bajo presión noticias sin verificar que más tarde se vieron obligados a desmentir. Lo que ha quedado claro, en cualquier caso, es que la prensa electrónica se ha convertido definitivamente en un rival peligroso que va a plantear profundos cambios en el modo de entender la comunicación de masas. Y todo gracias al vodevil.

Y, por último, la fiesta demótica. La Red se ha convertido en un gigantesco zoco de ideas, informaciones y productos referidos al zippergate (zipper, cremallera). La visitadísima página de fans de Mónica Lewinsky, por ejemplo (www.d-zyn.com/monica), es un curioso epítome de ese bullicioso zoco. Además de las informaciones puestas al día, de conexiones con otras páginas interesantes (la de Linda Tripp, la de los que piden firmas para que dimita el fiscal Starr, la de la avispada Paula Jones, que solicita donativos para mantener su titánica lucha contra el gigante), la web de Lewinsky ofrece la posibilidad de adquirir camisetas fornigate (10,95 dólares las tallas normales, 12,95 la XXL) con efigies de la joven heroína y leyendas como no es inmoral si sólo es oral. Ni siquiera Huxley pudo imaginar un mundo tan perfecto. De todo este fenómeno mediático también se ha hecho eco, como era de esperar, la industria del libro norteamericana, tan sensible a cualquier tinta del mercado. Libros como Presidential Sex, de Wesley Hagood, o The Dysfunctional President: Inside the Mindof Bill Clinton, de Paul Fick, que se habían publicado antes del escándalo, se han reeditado para satisfacer una demanda mimética y hambrienta. Y se anuncian muchos más: aquí van a aparecer memorias, testimonios y revelaciones hasta del señor de la limpieza. Estados Unidos, como se sabe, es el país de las oportunidades: uno las ve venir y, ¡zas!, las coge al vuelo. Pero el libro más esperado es el de la última víctima del presunto sátiro perpetuamente erecto. Por eso los compatriotas de Lewinsky esperan que la chica no pierda esa oportunidad de oro: Mónica debería aceptar esa oferta de cinco millones de dólares que ya empiezan a manejar como anticipo a cuenta de derechos de autor algunas corporaciones de la edición. Claro que, para ello, la heroína debería mantener tranquila la lengua (¡ah, la polisemia, qué infierno!) por lo menos hasta la aparición del libro. Y eso, en este interminable vodevil, y con un personaje tan obstinado como Starr, va a ser muy difícil. Bueno, vodevil siempre y cuando no descubramos -no estemos descubriendo ya– que a Clinton también le pone el fragor de los B-52 mientras se dirigen a restablecer el nuevo orden mundial en la guarida del Ogro, el comparsa que todavía no había hecho su aparición en el escenario. Y es que el mito, como decía Barthes, tiene a su cargo fundamentar, como naturaleza, lo que es intención histórica.

En 1948, Sartre –perdónenme por citarlo, ahora que está en el Infierno– escribió: «Todas las obras del espíritu contienen en sí mismas la imagen del lector a quien van destinadas» (Qu'est-ce que la littérature?). Pienso en ello a propósito de Herbert Marcuse (1898-1979), otro olvidado de quien este año podría celebrarse el centenario. De su lectura marxista de Freud –probablemente la más radical de toda la Escuela de Frankfurt– ya no se acuerda casi nadie, ni siquiera los pleistocénicos sesentayocheros jubilados hace años del diván lacaniano, como tampoco se acuerda nadie de su crítica de la sociedad industrial y de la estrecha razón tecnológica que la fundamenta. Sin ningún motivo consciente, ayer rescaté del estante más alto un deteriorado ejemplar de El hombre unidimensional con algunas páginas subrayadas. Dentro encontré un billete antiquísimo del metro de Madrid, una servilleta de papel con algunos garabatos ininteligibles, y la certeza de haber envejecido.

01/03/1998

 
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