ARTÍCULO

Mística con guiño

Pre-Textos, Valencia, 2007
130 pp. 13 €
 

De la beata valdemosina Catalina Tomàs, muy venerada en toda la isla de Mallorca, se dice que tuvo visiones de ángeles y santos desde muy pequeña. Según sostienen sus hagiógrafos también tuvo varios encuentros con el diablo, que intento tentarla como pudo y nunca obtuvo resultados. Cuando la beata fue canonizada por el papa Pío XI, en 1930, el escritor Cristóbal Serra (Palma, 1922) contaba ocho años de edad. Tal vez su último libro, Tanteos crepusculares, habría agradado a la santa visionaria, a cuya voluntad de elevación añade un aliño de humor mallorquín.
La cita de Max Nordau que abre este volumen habla, por un lado, de cierta melancolía crepuscular que se adueña del espíritu de un hombre ya mayor al observar todo lo que ha hecho en su vida; por otro lado, habla de la inquietud que le provocan los proyectos que quedan inconclusos y de las ganas de realizarlos. Entre estos dos extremos, la reflexión sobre lo llevado a cabo en el pasado y la necesidad de seguir proyectándose en el futuro, circulan los cuarenta y dos capítulos de este breve libro.
Sin embargo, como en toda refriega, aquí hay un vencedor y un vencido, y está claro que el pasado gana al futuro en esta miscelánea de recuerdos de otras obras, reflexiones sobre lo que representaron en su momento y lo que significan ahora, y reelaboraciones de asuntos que el autor ya había abordado con anterioridad. Tanteos crepusculares tiene más de compendio y de apología, con una levedad fresca que recuerda ciertos versos de William Blake, sin duda uno de los padres poéticos de Serra: «¡Vengan burlas, burlas vengan, Rousseau y Voltaire! / ¡Vengan burlas, burlas vengan, que todo es en vano! / Arrojas la arena contra el viento / y el viento te la devuelve apenas», decía que el libro tiene más de la melancolía crepuscular que de la inquietud por lo inconcluso.
De este modo, Serra continúa lo que comenzó Las líneas de mi vida (2000), una primera entrega de su autobiografía literaria en la que, como en ésta, prima lo ensayístico sobre lo vital. Desde el principio el autor nos informa de la intensidad con que a mediados de los años setenta se dedicó a leer a los profetas de la Biblia y el Apocalipsis, que despertaron en él una necesidad de exégesis y de emulación como sólo la sienten los que tienen algo de sangre levítica, ya sean éstos filósofos, legisladores o directamente sacerdotes, y que en su momento dio lugar a Diario del Apocalipsis (1980).
Y desde ese comienzo, que adelanta tanto el talante místico del autor como el ángulo principal desde el que suele tratar muchos de los asuntos que aborda, estos Tanteos avanzan cuajados de citas y de recuerdos –como el de las relaciones epistolares que mantuvo con Juan Larrea, del que elaboró una antología de obras en prosa en 1979–, de juicios humanos y literarios sobre algunos escritores admirados –Michaux, Bloy, Milosz–, de precisiones léxicas, de ironías mezcladas con veras y, como ya se dijo, de opiniones expresadas en otras obras.
En uno de sus recuerdos, por ejemplo, Serra narra la visita que le hizo un grupo de personas a los que él llama los «embajadores del aforismo». Estos señores, después de regalarle un cesto de higos secos sin aplastar, departieron con el autor sobre el género literario en cuestión, del que dijo «que no había expresión más vieja que la aforística, ni más aliada con la sabiduría». Cuando uno de los «embajadores» mencionó los aforismos de Camus, el narrador se apresuró a objetar que aquello no eran aforismos, sino «máximas de buena salud moral», porque el aforismo tiene siempre «dos caras» y un punto burlón.
Y esto lleva necesariamente a advertir sobre su ánimo polémico y chistoso. Valga por ejemplo la seriedad, que sólo puede ser irónica, con que se toma la entretenida y disparatada Orígenes ibéricos del pueblo judío, obra del diplomático lituano O.W. Milosz publicada en 1932. Sin embargo, no creo que lo sea su reflexión sobre la Biblia y el pueblo judío en tanto que raza, en donde da muestras de valentía dada la moda actual de deshacerse en alabanzas a todo lo hebreo (tan ridícula y ramplona como la opuesta de denostarlo).
Es de suponer que está en la misma vena cuando afirma «a todos los vientos, que la maternidad del latín sobre el castellano constituye todo un fraude», cuando defiende el origen judío de los vascos, o cuando apoya la curiosa tesis de que la Humanidad tuvo su cuna en la Península Ibérica. Por fin, los últimos capítulos del libro están dedicados a «dejar constancia de las inmensas posibilidades que ofrece la ciencia asnal», disciplina muy querida por Serra y a la que ya dedicó El asno inverosímil.
Todo responde, creo yo, al gusto de este ensayista burlón por jugar con palabras y conceptos, por parodiar la pomposidad académica y el engolamiento de las grandes verdades. Sin embargo, al mismo tiempo que lo hace no deja de proponer con seriedad su propia visión de Cristo, de la Iglesia y del judaísmo, entre otras cuestiones que admiten un acercamiento místico. En esto actúa de manera parecida a William Blake, quien tuvo visiones de ángeles y tratos con diablos como santa Catalina Tomàs, y que al mismo tiempo que escribía sus grandes libros proféticos se dedicó a parodiar los panfletos inconformistas que se publicaban en la Inglaterra del siglo xviii.
Dice el autor respecto a la asnología que no será él quien agote las posibilidades de esta materia, ni yo quien compendie en toda su extensión el ingenio entretenido, anti-histórico –por místico–, y bueno para la melancolía de Cristóbal Serra.

01/09/2008

 
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