ARTÍCULO

Tácticas de los signos

 

A la iniciativa de Lucrecia Escudero, aliada con Eliseo Verón –director de la colección y autor del prólogo–, se debe que haya en el mundo un libro de Paolo Fabbri, quien siempre se prodigó más oralmente que por escrito y nunca había reunido sus textos dispersos en un volumen. Así ocurre que este semiólogo italiano publique su primer libro en español, lo que los hispanohablantes hemos de agradecer a Escudero, Verón y Gedisa. Ser autor de contundentes pero dispersos artículos no ha impedido a Fabbri ejercer una gran influencia donde se atiende a la palabra hablada. En este país nuestro de conversadores, la universidad no ha consolidado, tras el enmudecedor franquismo, una dinámica de discusión de ideas entre estudiosos e investigadores, esencial para la formación de una comunidad investigadora y para el progreso del conocimiento. Aquí Fabbri habría tenido quizá escasa influencia. Pero en Bolonia, en París, en California, allí donde ha enseñado y sin cesar discutido con lingüistas, semiólogos, filósofos, sociólogos, historiadores de la ciencia, matemáticos, comunicólogos y cualesquiera estudiosos de los lenguajes y la significación, las ideas de este brillante profesor, cortés pero riguroso polemista y cordial conversador, se han hecho ineludibles. Hay que decir esto también para que pese contra el prólogo de este volumen, más preocupado por colocar a los autores en imaginarios podiums numerados y adscribirlos a sus respectivas cuadras que por entender la singular aportación de cada uno y, en el caso que le toca, la de Fabbri.

No es siguiendo el hilo de las influencias que ha recibido como comprenderemos la obra de este autor, un curioso apasionado e inagotable buscador que se apropia generosamente de las más variadas sugerencias. Busca la inteligencia de una observación perdida, o la estupidez escondida en un brillante sistema. No ha dejado de estudiar los grandes sistemas de nuestro tiempo, pero éstos parecen ser extraños a su genio. Quizá porque, como los borgianos metafísicos de Tlön, sabe que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno de ellos. Y cuando todo esté subordinado, a Fabbri le interesará justamente lo que queda por comprender. Como para los filósofos pragmatistas, para él la verdad está frente a nosotros, nunca alcanzada, siempre una pasión del sujeto que la persigue. En su actitud hacia el conocimiento, el respeto de lo que queda por saber no lleva al cómodo refugio de lo incognoscible, sino que nos desafía a continuar buscando en la contradicción que incomoda, en la paradoja que obliga al sujeto a desplazarse del lugar del supuesto saber (toca a la semiótica «comprender lo que el acto de comprender hace incomprensible», el fenómeno originario del pasmarse y del inmutarse, estado naciente del sujeto, pág. 261).

El secreto es objeto de especial atención precisamente porque nunca podremos iluminar completamente las sombras que hacen posible la comunicación y porque lo propio del secreto consiste en desplazarse de uno a otro objeto conservando su función no tanto de ocultar información como de crear vínculos de fidelidad entre los conjurados y, por tanto, potencialidad de traición: quien está más cerca de uno puede ser su peor enemigo; la unión en la más intensa relación de fidelidad es al tiempo la más radical y amenazadora relación con el otro (pág. 18). Pues todos pertenecemos a más de un equipo y estamos sujetos a múltiples fidelidades, todos somos agentes dobles, tentados por la voluptuosidad máxima de la traición, de llegar a ser otro sin dejar de ser uno mismo (pág. 109).

¿Por qué insiste Fabbri en que toda traducción modifica la lengua de partida tanto como la lengua de llegada? Porque es uno de los modos de argumentar su resistencia a la cosificación de las lenguas, de la interpretación, de los significados y los textos. La lengua es código en formación, o mejor, en proceso de constante metamorfosis y traducción, pues el lenguaje sólo tiene sentido en la diferencia de las hablas (págs. 133-140). La inteligencia artificial no conseguirá comprender una lengua natural como lo hace un ser humano porque ha de idealizar las funciones comunicativas fijando como gramaticalidad lo que en la comunicación humana es sólo aceptabilidad y como codificación y descodificación lo que es interpretación abierta a la conjetura, comprensión a partir de contextos que recrea los códigos (págs. 93-97). Quienes reprochan a la semiótica tratar la comprensión de los textos como descodificación y la comunicación como regida por un código (Sperber y Wilson, Larelevancia, Visor, 1994) dejaron de leer semiótica en los primeros años setenta, cuando, por ejemplo, Eco y Fabbri, en fructífero debate con otros colegas, destruyeron la ilusión de la comunicación como comprensión entre un emisor y un receptor que comparten un código único: entonces se dijo que los códigos de los receptores difieren siempre de los de los emisores, lo que hace del malentendido y la incomprensión la norma más que la excepción de la comunicación. Fabbri reflexiona a continuación sobre la especularidad del mecanismo estratégico por el que, al comunicar, anticipamos la interpretación del interlocutor e integramos en nuestro proyecto un simulacro del proyecto del otro, que a su vez, trata de evaluar el nuestro. Un mecanismo paralelo al deseo de pasar al otro lado del espejo o de experimentar la indivisión del yo y el tú previa al acto predicativo que la manifiesta y separa (pág. 109). El sujeto no está en un campo definido: «pertenecer» no es un estado, sino una tensión variable (pág. 114). Aquí habría que aludir al extraordinario proyecto de elaborar una semiótica de las pasiones, del que Fabbri fue convencido acicate en el círculo de los semiólogos greimasianos de París. Si ese círculo hoy huérfano cerró tan lábil tema en un sistema y se cerró en una jerga altiva, éste no es el problema de Fabbri. Tendría que señalar, por ejemplo, puesto que he mencionado el deseo, su crítica al concepto de deseo fundado en la carencia, que tuvo una «desgraciada publicidad» durante los años setenta (págs. 203-222); su colosal síntesis de los estudios sobre emociones y de las teorías del significado que podrían integrar tal campo de problemas (págs. 165-202). Pero todo esto y mucho más habrá de quedar para la curiosidad del lector.

Seguir a Fabbri en la lectura no es fácil, y los artículos numerados 2 y 3, casi al comienzo del volumen, dificultarán la continuación a más de uno. Lo que puede animar a persistir en la lectura son las «iluminaciones profanas» de una inteligencia que no se da tregua, como no se la da al lector de unas páginas que cruzan, a altísima velocidad, ideas provenientes de múltiples campos. La autora de esta selección de artículos de Fabbri, Lucrecia Escudero, presenta en Malvinas: el gran relato, un estudio del tratamiento de ese conflicto en los medios de comunicación que debería contribuir a curarnos de la ceguera con que colaboramos a los engaños que satisfacen nuestro deseo de pertenecer y de ser protagonistas de acciones grandiosas. La sabiduría semiótica no deja de mostrar la ingenuidad y la afectividad inherentes a la perspectiva del participante en un «proyecto nacional», en una exposición brillante y muy documentada que se lee con placer.

01/03/1997

 
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